REFLEXIONES

PONER ETIQUETAS A LOS DEMÁS

 

 

Alejandro Arroyo Carbonell

 

Cuando me presentan a alguien suelo tener problemas para responder a la típica pregunta que te formulan para saber a qué te dedicas, “¿y tú qué eres?” Pues la respuesta que das abre un mundo de conexiones mentales en el que escucha, que en la mayoría de casos están llenas de prejuicios, ya que cada etiqueta va asociada a un sinfín de ingredientes standard.

 

De este modo etiquetamos y calificamos a todo el mundo en función de su ideología política, profesión, carácter, posición social y económica, etc. En el momento que lo hacemos, estamos perdiendo identidad personal para pasar a ser un producto que interesa o no en función de las necesidades y valores del interlocutor.

 

Personalmente siempre huyo de poner etiquetas a los demás y a mí mismo, e incluso muchas veces he llegado a contestar “soy un ser humano ¿y tú? Ya puedes imaginarte la cara de la otra persona.

 

Esta conducta también es aplicada sobre sí mismos, ya que incluso muchos se autosugestionan creyendo que su propia etiqueta les define como el ser humano que son.

 

Respecto a lo laboral, siempre he creído que nadie es escritor, coach o fontanero, por citar unos ejemplos, sino que simplemente trabaja o realiza esas profesiones que mañana mismo pueden ser otras. Solemos identificar el Ser con el hacer y son aspectos bien distintos.

 

Pero el Ser del que te hablo no es la personalidad exterior que se muestra a los demás, basado en apariencias, sino que es nuestra auténtica naturaleza de la cual la mayoría ni siquiera son conscientes.

 

Pienso que las etiquetas sobre las personas son iguales que las de la ropa, lo mejor es romperlas, pero observo que en una sociedad donde muchos viven de cara a la galería y donde lo que prima es el continente por encima del contenido, la superficialidad sobre la autenticidad y la imagen sobre la esencia, las etiquetas se han convertido en otra marca comercial más, que hay que mostrar como sea.

 

En las redes sociales profesionales, como por ejemplo linkedin es sorprendente la cantidad de “marcas” con las que las personas se identifican tratando de destacar. Ahora ya nadie es propietario de su empresa o comercial, eso suena demasiado vulgar y es más cool utilizar anglicismos y llamarse CEO aunque tengas una tienda de ultramarinos o account executive y estés vendiendo servicios de energía en domicilios. Incluso he llegado a ver personas que están sin empleo con la etiqueta de “experto” en lo que sea, ya que el fin de semana anterior realizaron un cursillo maravilloso.

 

Es para tomárselo a risa, si la cosa no fuera tan seria. Pienso que con las nuevas tecnologías de la información hemos ganado rapidez, comodidad y automatización de los procesos, pero hemos perdido el sentido común, la sencillez y la naturalidad.

 

Existe una obsesión por mostrarnos a los demás como personas de éxito y en ese intento las etiquetas son el escaparate para gritar “eh, mira lo bueno que soy”. Dice un sabio proverbio que nadie se engaña más que uno a sí mismo y quizás debiéramos recuperarnos a nosotros en vez de querer aparentar delante de los demás.

 

Escuchaba el otro día al publicista Risto Mejide, decir que estamos en una sociedad donde un producto de calidad media pero con un marketing bueno, es capaz de venderse diez veces más que otro de excelente calidad pero deficiente publicidad. Estoy totalmente de acuerdo en ello y el problema y la decepción se la lleva el cliente que al llegar a casa y abrir el paquete ve que le han “vendido la moto”, aunque en otros casos incluso ni siquiera se es consciente de ello. Te engañan y tan contento.

 

Respecto a las ofertas comerciales aunque no comparto esta conducta que encuentro carente de ética, entiendo que se haga así porque es el único modo con el que algunos pueden colocar su producto o servicio, pero respecto a las personas, creo que las confundimos con los personajes y eso supone la pérdida de autenticidad y honestidad.

 

Pocas cosas son reales, pero parece que a pocos les importa, lo único que vale es lo que aparentas. Quizás el día que volvamos a recuperar la cordura y nos importe más nuestra propia conciencia y el mejoramiento personal, en vez de lo que los demás piensan de nosotros, recuperaremos también algo que muchos buscan fuera y nunca encuentran, ya que la felicidad reside en la sencillez.

 

Esta conducta social que hoy impera me recuerda al chiste de las 2 mamás:

 

– Hola Sofía, ¿qué tal, ya ha encontrado trabajo tu hijo?

 

– Si María,

 

– ¿Y qué hace?

 

– Es responsable de distribución en una multinacional

 

– ¡Vaya, tan joven y con ese puesto de tanta responsabilidad!

 

– Mujer, no te creas, repartir pizzas con la moto tampoco es tan complicado

 

Fuente: http://lasleyesdelexito.es/

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