CUANDO LO PEOR HAYA PASADO
Pablo Ramos
Pez, te amo y te respeto demasiado, pero antes
de que termine el día voy a matarte.
Hemingway, El viejo y el mar
Todo comienza bien. Ella lo deja dormir un poco más y viste al chico en la otra habitación. Ella le trae al chico vestido con el delantal de la guardería, lo inclina sobre la cabecera de la cama y le dice a él que le dé un beso.
—Papá —dice el chico, señalándolo.
—Papá —confirma ella.
Ver al chico con el delantal de la guardería lo hace sonreír. Hoy no irá a trabajar, desconectará el teléfono y se hará un té: se sentará a escribir un cuento.
Sale de la cama, se mete en el baño y abre la ducha. Mientras se afeita el vapor llena el lugar con una nube cálida. Las voces de ella y del chico le llegan desde la cocina: tardías, apenas perceptibles. El agua tibia lo despabila. Se ducha despacio, despreocupado de lo que pueda tardar. Sale del baño, se seca y se pone un calzoncillo limpio y planchado que encuentra en su cajón. Movido por un impulso que él no podría definir se apura y sale al pasillo. Su familia espera el ascensor.
—Chau, papá —dice ella, agitando la mano.
—Chau, papá —se esfuerza su hijo.
Está sentado en el comedor, frente al teclado de su computadora, cuando se acuerda del té. Va hasta la cocina y pone la pava en el fuego. Piensa que lo mejor será apurarse con la idea principal, acelerar las primeras acciones antes de que ella regrese (debería comprarse un microondas, el agua se calienta más rápido en un microondas), aunque seguro, al verlo escribir, ella se irá a la pieza para dejarlo solo. Pero siempre existe la posibilidad de que también le parezca perturbador que ella esté ahí, en la pieza. Y no lo podrá decir. ¿Qué decir? ¿Me molesta que estés en la casa? ¿Mirá, mi amor, te quiero como a nada en el mundo pero necesitaría que hoy desaparezcas hasta las doce de la noche? Siempre le ha costado escribir por la falta de silencio y ahora le cuesta porque hay demasiado silencio. Demasiado silencio por poco tiempo. Demasiado silencio como preludio al ruido de la llave en la cerradura y por lo tanto a la llegada de ella. Así es imposible. Él necesitaría ese mismo silencio por varios días antes de ponerse a escribir. El problema en su casa es que llegan y le hablan directamente a él, le preguntan cosas y se quedan ahí, esperando una respuesta.
¿Por qué piensa en plural?
Vuelca el agua hirviendo en la taza y exprime el saquito hasta dejarlo seco. Al fin y al cabo, piensa, ella tiene algo de razón: a él no hay nada que le venga bien. Toma un sorbo de té y siente ganas de ir al baño, pero le vienen a la mente las primeras palabras, o le vienen a los dedos. Entonces va hacia el comedor, se sienta y escribe: Negros marineros de tu pelo. Las siguientes palabras las tiene en la punta de los dedos. ¿Se podrá decir punta de la mente? Mira la puerta. El tiempo se le escapa. Él se distrae, se pierde, se levanta, suspira y va al baño.
Está sentado en el inodoro cuando escucha la llave en la puerta de entrada. Siente los pasos, el ruido de una bolsas que crujen cuando ella las acomoda. Son las nueve de la mañana y eso significa que hay tiempo de sobra para que el cuento o ahora, quizás, el poema terminen por salir. Sale del baño decidido y se sienta frente a la máquina. Ella está a un costado, sentada sobre el sillón, debajo de la biblioteca de estantes de vidrio. Lee el diario y come un pedazo de pan. Él se distrae mirándola comer. No es en realidad un pedazo sino un pan enorme, entero. Ella come un pan entero y lee los clasificados, deja que las migas le caigan sobre la ropa, las sacude con indiferencia, siempre con la vista sobre los anuncios, como si nadie más existiera.
Él abre un texto viejo y comienza a leerlo en voz apenas alta. En realidad lo murmura, para sí, sin ninguna intención, solamente por la costumbre que tiene de hacerlo. Lee el texto y siente que no está nada mal. Piensa que nada está mal en realidad. Tiene una familia, un empleo, alquila un departamento de tres ambientes, ha dejado definitivamente de tomar.
¿Por qué no comerá un pedazo de pan en vez de un pan entero? Se va a atragantar.
—Te vas a atragantar —le dice en voz baja.
—¿Qué?
—Que soy el mejor jugador de fútbol de la historia —dice él en voz alta—; de fútbol americano. Soy el futuro de la literatura argentina —y esta vez es casi un grito.
¿Por qué dijo esas cosas? No tuvo intenciones de que ella le contestase. Es más, le hubiera molestado que le contestase. Tampoco tuvo intenciones de ser gracioso. Lo dijo porque ella está ahí sentada en lo que a él le parece una actitud expectante, simulando leer el diario, controlándolo todo. ¿Por qué se empeñará en ponerlo en evidencia? ¿Qué espera para irse a la pieza?, ¿el sonido de las teclas?, ¿que él mismo se lo diga?
Miamormiamormiamor, teclea. Siente la necesidad de encender el televisor. Trata de contener el impulso pero lo único que logra es sentir la desesperada necesidad de encender el televisor. Miamormiamormiamor. Encender el televisor tiene grandes posibilidades de ser interpretado equívocamente por ella. Miamormiamormiamor, teclea. No debería encender el televisor. Miamor. Enciende el televisor.
—Voy a llamar al service del lavarropas —dice ella.
Él apaga el televisor y después levanta el teclado y lo tira contra la mesa. Varias teclas saltan de su lugar, se cae el portalápices.
—¡Y ahora qué pasó! —grita ella.
—Pasó que en esta casa no se puede escribir, no se puede leer, no se puede una mierda —dice él, que ahora sabe que tal vez no pueda parar.
—¿Vas a empezar?
—No.
—Porque no sé si te acordás que esta madrugada pateaste el televisor.
—Pateé al boludo que hablaba por televisión.
—Es lo mismo.
—No, no es lo mismo.
—Lo pateaste porque vine a ver qué te pasaba. Es lógico que me preocupe si son las tres de la mañana y estás mirando televisión.
—Estaba escribiendo.
—Estabas mirando televisión y con la televisión encendida no podés escribir. ¡Nadie puede!
—Lo que pasa es que este departamento es muy chico, ya te lo dije, yo pongo la plata y no tengo derecho a nada.
—¡Ahí va mejor! Siempre que no te salga algo te la vas a agarrar con los demás —dice ella, busca en su cartera, saca un cigarrillo y lo enciende.
—Te vas a agarrar cáncer.
—Deberías escribir de noche si tanto te preocupa —dice ella—, en vez de mirar televisión.
Él sabe que no debe enfurecerse, que no debe hacer lo que acaba de hacer, que después de una primera concesión viene una segunda, una tercera y una cuarta, y que el departamento y a veces alguno de los dos terminan por pagar las consecuencias. Pero ella acaba de decir deberías, y él siente que debería: nada.
¿Quién es ella para decirle a él lo que debería? Él mantiene la casa porque hace un año que ella no consigue trabajo. Y eso no es culpa de él, las cosas que pasan no son todas culpa de él. Ella debería dejarlo en paz, salir un rato de la casa para que él pueda escribir.
Va hacia la cocina, saca de la heladera jalea de membrillo y varias rodajas de pan lacteado. Se unta una rodaja con una cantidad generosa de jalea y empieza a comer. Pone el agua en el fuego y mete un saquito de té en una taza grande. Mastica. Se unta otro pan. Cuando le parece que está por calmarse se da cuenta de que ella está detrás con la taza que había quedado sobre el escritorio, limpiando las migas y cerrando el frasco de jalea. Él le dice que está comiendo, que no limpie el lugar mientras él todavía está comiendo. Se lo dice con la boca llena. También le dice que deje la taza sobre su escritorio, que si quiere tomarse diez tés y tener diez tazas sucias sobre su escritorio lo puede hacer. Se lo dice primero y se lo grita después. Entonces se atraganta con el pan. Intenta escupirlo pero es inútil y se queda tosiendo, ahogado, rojo y con los ojos abiertos. Ella se asusta, le pide que se calme un poco, que no se ponga así, que pare la mano. Él sigue tosiendo y apenas puede respirar.
—Hernán, Hernán, ¿estás bien? Hernán, tendríamos que ver a un médico —le dice, mientras le da golpes en la espalda.
Él logra escupir el pan, hecho una bola blanda y mojada, sobre su mano. Siente la repugnante humedad del bolo sobre su mano, la siente y la ve, después la tira en la pileta y hace correr el agua. Quiere decir algo pero le duele la garganta, como si se la hubieran raspado con un rallador. Se saca las pantuflas y entonces ella retrocede. Él la sigue hasta el comedor, le tira una pantufla y le da en la cabeza. Apenas lo hace ya está arrepentido pero, aunque le sería imposible adivinar por qué, sonríe. Tiene la otra pantufla en la mano y más que tirarla la ve volar por el aire. Ella se agacha y la pantufla da contra la biblioteca de estantes de vidrio, voltea la serpiente de hierro forjado que sostiene la hilera de libros y la serpiente parte el estante en dos, justo entre los soportes. Los pedazos quedan haciendo la V de la victoria, apoyados sobre el respaldo del sillón, y los libros se deslizan y caen, aparatosamente, hasta quedar desparramados por el piso.
Otra vez cosas que se rompen. Cosas que él rompe. Tiembla. Tiene miedo, un miedo que lo paraliza. ¿Por qué no se le borra esa mueca de la cara? Amaga recoger los libros pero no lo hace. Amaga patear el sillón pero tampoco lo hace. Sabe que ya no va a poder parar, que lo mejor será que ella salga de la casa lo más rápido posible. Ahora mismo. Andate ya. Ya es lo que quisiera gritarle, pero no puede, porque le duele la garganta, porque uno de los pedazos del estante se resbala y estalla contra el piso.
—Hijo de puta —grita ella, y el tiempo retrocede—, ¿vas a romper todo? ¿Qué vas a hacer? Vas a empezar de nuevo, ¿no?
—¡De nuevo con qué! Yo nunca te hice nada, nunca les hice nada.
—Claro, nada. ¡Hijo de puta! Nunca nos hiciste nada. Te la pasaste colgado de una botella: nada. Desaparecías cada dos por tres: nada. Me pasé todos estos años esperándote de día y de noche, buscándote: bares, hospitales, comisarías, morgues: nada. Destapando cadáveres ajenos: detalles de la vida conyugal. ¡El alcohol te habrá cocinado la cabeza!
Él piensa. La escucha gritar y piensa. Intenta concentrarse para poder defenderse de las acusaciones que ella le está haciendo. ¿Pero cuándo pasaron las cosas que ella dice que pasaron?
—… todas las llaves abiertas, todavía se me hiela la sangre cada vez que pienso —le está diciendo ella—, a las cuatro de la mañana, borracho, tirado en el piso, intentando arreglar el horno.
Él quiere decirle que no siga y no puede hacerlo, quiere avisarle, prevenirla de algo, pero no sabe con exactitud de qué.
—… miren todos al muy machito arreglando el horno —le está diciendo ella—, miren todos al ¡Es-cri-tor! arreglando el horno.
Toma el cuchillo sucio de jalea de arriba de la mesada y empieza a caminar hacia ella. Siente que las cosas no deben quedar así. Si el juego es lastimar, a él no le va a ganar nadie. La dejó soltar la lengua y ahora ella no va a poder evitar que pase lo que tenga que pasar. Avanza con el cuchillo, el rostro inexpresivo, el puño cerrado contra el mango.
—Me voy —dice ella—, calmate que ya me voy.
Él cree que no debe dejar que se escape así porque sí, que llegó el momento de hacerse cargo, y entonces le cierra el paso y ella, aunque más alta que él, rebota contra su cuerpo. Enseguida nota la ventaja que existe entre ser hombre y ser mujer, al menos para estos casos. Ella depende de lo que él decida hacer y él ha decidido algo ahora mismo. Extiende su mano izquierda junto a la cara de ella, se la muestra y se apoya la hoja contra la palma. Mirándola fijo a los ojos comienza a cerrar el puño, lo aprieta más y más, hasta que siente el ardor, y la sangre le inunda el interior de la mano cerrada. Entonces, con el puño desbordado de sangre, le empuja la cara suavemente.
La sangre está en el piso y está en la cara de ella que comienza a llorar.
—Hernán, Hernán, ¿qué hiciste? —suplica ella, cubriéndose la cara con las manos—. Hernán, Hernán, mi amor.
Él se queda parado, con el brazo extendido, mirándola llorar; mirando cómo la sangre cae en circunstanciales chorritos hasta el piso. Ella se abre camino y, despacio, sale del rincón. Sin dejar un instante de llorar, comienza a hablarle. Le dice cosas que lo hacen sentir mejor. Le dice que valora lo que él está haciendo, que está orgullosa del esfuerzo que él hace por dejar de tomar, que hay detalles pero que están en el camino correcto y que no deben permitirse que sucedan estas cosas.
—Vos lo sabés bien, esto no va a durar para siempre, y cuando lo peor haya pasado yo voy a estar acá: al lado tuyo —le dice.
Le envuelve la mano en una toalla, le besa las mejillas, lo lleva hasta el baño, le quita la toalla y le hace correr el agua por la herida.
—No es nada, no es ni siquiera profunda —le dice.
A él no le duele, en lo más mínimo. Se siente mejor y se deja atender por su mujer, se deja poner los desinfectantes y se deja envolver la mano en la gasa suave. Ella, como un cachorrito asustado, no ha parado un instante de gemir. Él le mira las mejillas pegoteadas por las lágrimas, su pelo negro contra la cara húmeda.
—Hernán, Hernán —repite cada tanto—. Querido, querido.
Nuevamente se encuentra sentado frente a la computadora. Ella salió de la casa para buscar al chico, se fue una hora antes, apenas recompuesta, para tomar un poco de aire y que el chico no notase nada. Él se mira la mano lastimada y, ahora sí, siente un pequeño ardor y un latido suave y veloz bajo las vendas.
Entonces lee lo que había escrito antes: Negros marineros de tu pelo; y le llegan las palabras, las siguientes palabras, y escribe: borracho como el océano.
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