REFLEXIONES

LA SALVACIÓN QUE SE TRANSFORMA EN CONDENA

 

 

Julio Bevione

 

Desapegarnos sigue siendo la manera más simple de experimentar felicidad. No podemos sentirnos felices si nos distraemos pensando que necesitamos algo, o alguien, para sentirlo. No porque ese objeto no sea alcanzable, sino porque aún cuando lo tengamos en nuestras manos e invirtamos buena parte de nuestra energía – en recursos como tiempo, dinero o hasta nuestra propia salud física- evitando que se vaya o que se termine, el estado de felicidad será efímero. Esto, si lo alcanzáramos.

Por eso es que después de tener en nuestras manos lo que nos prometimos nos haría felices, nos aferramos y lo atamos como podemos por el temor a que el final llegue. Y comenzamos a pedir más, y más, y más… tratando de garantizar la felicidad, cuando en realidad la tendríamos si no nos hubiésemos apegado. Es decir, la salvación se transforma en condena.

Aprender esta lección es un pendiente que tenemos los seres humanos en nuestra evolución. Porque incluso tratando de evolucionar espiritualmente, muchas veces nos atamos a ritos, textos, filosofías o lugares sagrados. Allí donde asumimos que esta la felicidad, compramos terreno.

Quizás nos sería más fácil salirnos de ese apego si entendiéramos que no debemos renunciar a lo que estamos apegados, sino a la idea que tenemos sobre él. O, mejor dicho, a la ilusión. Es decir, no realmente estamos apegados a nada externo. Lo externo hace visible el pensamiento al que estamos apegados. Y ese pensamiento es la promesa que nos hacemos sobrevalorando el objeto el cuestión. El pensamiento es que no somos suficientes y la promesa es que eso que vemos contiene lo que nos falta para nuestra realización.

Si renunciamos al objeto sin renunciar al pensamiento, terminaremos buscando reemplazo. Un trabajo por una persona, una persona por otra que se fue, lo que pueda comprarme por lo que no pueda controlar… y así sigo atando la cadena.

Pero si renuncio a seguir buscando afuera e inicio un camino hacia mí mismo en rescate de la valoración personal, ese vacío interno se llena de mí. Y de nada, ni nadie más.

En el último retiro de Nueva York, una participante me comentó que se quedaría unos días más para hacer compras aprovechando que estaba en la ciudad y tendría acceso a todas las tiendas que esperaba visitar. Su sorpresa fue que nada realmente le interesó, incluso cuando estuvo frente a la cartera que había soñado comprar.

“Cuando estamos llenos de nosotros, es poco lo que necesitamos”, le dije.

Cuando estamos llenos de nosotros, es poco lo que necesitamos. Lo repito aquí.

 

Fuente: http://juliobevione.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

27 − = 18