REFLEXIONES

DECISIONES Y SENTIMIENTOS: MANTENER LA CABEZA FRÍA


Ricardo Ros

Muchas veces nos hemos encontrado en situaciones en las que debíamos tomar una decisión y en las que, a la incertidumbre de elegir la opción correcta, añadíamos la dificultad de que no podíamos, de ninguna manera, mantener nuestros sentimientos al margen.

Esto equivaldría a pensar que, tomar una decisión teniendo en cuenta las emociones que nos producen, es igual a tomar una decisión al margen de la razón, y por tanto aumentar la posibilidad de error.

Cuando, generalmente, se piensa en una persona capaz de decidir con acierto ante una situación complicada se habla popularmente de alguien que sabe “mantener la cabeza fría”, como si mantenerse al margen de los sentimientos fuese una garantía de éxito ante la toma de decisiones.

No obstante, los sentimientos y emociones son parte consustancial del ser humano, forman parte de su entidad y, como tales, no deben ser ignorados en ningún campo, ni siquiera a la hora de la decisión.

Pensemos en la tremenda importancia que tienen los sentimientos en la toma de mayoría de las decisiones de nuestra vida. No somos indiferentes a la simpatía o antipatía que nos producen ciertas personas para la toma de una postura o de la contraria. Podemos, por ejemplo, implicarnos en un negocio, simplemente por las “buenas vibraciones” que nos produce nuestro futuro socio. También podemos creer en la culpabilidad o inocencia de alguien por la simpatía o antipatía que despierte en nosotros. Nos enamoramos la mayoría de las veces “de quien menos nos conviene”.

Como podemos observar, los sentimientos están continuamente implicados en la toma de decisiones de nuestras vidas, y en la mayoría de las ocasiones de manera positiva.

Se suele decir: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Cuantas veces una corazonada ha tenido la culpa de nuestro éxito. Qué pocas veces una intuición sobre algo nos ha fallado.

Puestos a arriesgarnos, ¿no preferimos mil veces hacerlo por algo positivo, bueno, hermoso, que por aquello otro que no produce en nosotros más que la más pura indiferencia?

En contra de lo que se piensa comúnmente la mayoría de las decisiones que tomamos en nuestra vida no son elecciones ponderadas. Es decir, no son elecciones en las cuales nos hayamos detenido a identificar alternativas que hayamos evaluado de acuerdo a determinados criterios.

Son muy pocas las decisiones que tomamos con esmero y premeditación. La mayoría lo hacemos de manera apresurada, automática. Ello no significa que lo hagamos de manera “alocada” y sin tener en cuenta las consecuencias de nuestros actos.

Esto simplemente significa que la existencia de estos mecanismos decisorios nos ahorran pasos a la hora de actuar, sobre todo ante situaciones inesperadas y que requieren una toma de decisión rápida y eficaz.

En estas ocasiones, la automatización de nuestras reacciones y de la toma de decisiones hace que tomemos una decisión rápida y ésta, sin duda, con independencia de que sea más o menos acertada, es más eficaz que el estatismo que produce la duda.

En situaciones de emergencia vale más una decisión equivocada que una no-decisión. Más vale hacer algo aunque nos equivoquemos.

Profesiones de riesgo, como la policía, los bomberos o los servicios sanitarios de urgencia tienen, en la mayoría de los casos, respuestas automatizadas ante las decisiones que deben tomar. Situaciones de emergencia requieren respuestas de emergencia.

Son momentos en los que sí hace falta “mantener la cabeza fría”.

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Fuente: http://www.ricardoros.com

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