SI NO CAMBIAS DE DIRECCIÓN, ACABARÁS LLEGANDO DONDE TE DIRIGES
Mónica P. Vazquez
El tema del cambio ha llenado páginas y estantes de librerías durante años y posiblemente sea uno de las áreas más delicadas de la persona porque nuestra propia visión parcial de la realidad nos hace vivir de espaldas al cambio: no somos conscientes del paso del tiempo más que cuando lo ponemos en contexto con otro elemento.
Que las cosas no cambien, que continúen tal y como están supone cierto nivel de seguridad. Conocemos lo que nos rodea, nos es familiar y aunque muchas veces no sea lo que deseamos, representa una permanencia.
¿Qué lleva a una mujer maltratada a continuar a lado de quien le hace daño? ¿Qué lleva a un adicto a las drogas a continuar con su adicción aún sabiendo que le costará la vida? ¿Qué nos lleva a las personas, especialmente a las mujeres, a necesitar vernos «10 puntos» siempre, y a pasar por lo que haga falta por conseguirlo?
Cuando pensamos en cambio, pensamos en cambiar hábitos que nos perjudican, en dejar de hacer ciertas cosas para empezar a hacer ciertas otras. Y generalmente nos referimos a circunstancias claramente negativas.
¿Pero qué hay de aquellas cosas que no suscitan tanta controversia social? Las operaciones de cirugía estética por ejemplo. Hoy en día está aceptado que nos quitemos, nos pongamos, nos subamos o nos bajemos porque eso «nos hace sentir mejor». Pero ¿no es acaso nuestra resistencia a aceptar el cambio lo que nos hace sentir mal? ¿Qué cambio es más drástico que el envejecimiento?
Lo que nos hace sentir mal no es nuestro aspecto, nuestra nueva realidad, nuestra actitud, sino su reflejo mental. Por eso quien se hace una operación se hace 100. Lo que no se resuelve en nuestra psique, no se resuelve, sólo se disimula detrás de una nueva careta.
Siempre digo que el mejor servicio que podemos hacernos al enfrentarnos a nuestros demonios es nunca concederles ninguna ventaja: todo movimiento que suponga la resistencia de nuestra mente por cuestión de hábito requiere más que un simple deseo de cambiar.
¿Cómo hacemos para cambiar?
El Dr. James Prochaska habla de cinco estadios o fases involucradas en el cambio. Trabaja con personas que tienen necesidad de efectuar cambios verdaderamente importantes en su vida, y hablar de «estadios» de por sí permite que nos hagamos una idea de que es un proceso más complejo de lo que a priori pensamos. El modelo de cinco fases del Dr. Prochaska es éste:
La precontemplación es el primer estadio y es típico de personas que no ven su necesidad de cambio -ni se sienten capaces de cambiar- y que están allí porque los han llevado otros, familiares normalmente que ven en su actitud síntomas serios.
A esta fase sigue una de contemplación en la que el individuo empieza a tener noción de que la cosa no va bien y un cambio sería necesario pero no tiene la menor idea de por dónde empezar, o qué hacer o cómo enfocarlo.
Si sigue adelante y acepta consejo profesional, entraría en la fase de preparación en la que completamente consciente de que es necesario efectuar cambios empieza a buscar alternativas para llevarlo a cabo.
Como consecuencia de la fase de preparación, entraría en fase de tomar acción haciendo movimientos específicos pre-programados con el fin de ir consiguiendo los objetivos que se haya propuesto.
Y una vez los vaya consiguiendo paralelamente entraría en fase de prevención, con el objetivo no sólo de mantenerse en carrera sino de evitar salirse del camino prefijado.
Lo curioso es que no se trata de un plan para conseguir grandes objetivos. Tanto si nos enfrentamos a dejar las drogas como a un plan para adelgazar, siempre que nos suponga un desafío -es decir que haya resistencia- el proceso a seguir será éste.
Intuyo que la importancia de mantenerse en proceso es permitir que se corten los vínculos mentales que mantenían el antiguo patrón y que se formen nuevas conexiones neuronales, nuevas respuestas a las mismas situaciones.
Cambiar es un proceso, y como tal puede aprenderse.
Una semana sin «peros»
Seguramente es una de las palabras que más escuchamos. Empezamos de niños cuando en nuestro universo infinito nos pillaban en un renuncio y ya nunca dejamos de hacerlo.
«… Quería haber llegado a tiempo a nuestra cita, pero…»
«… Me habría gustado llamarte, pero…»
«Tienes razón, pero…»
No importa lo bien intencionada, afectiva o racional que sea la primera parte de la frase: queda invariablemente reducida a nada, a excusa, a justificación.
Y nos entrena en el uso del «condicional», como si la vida pudiera describirse como una sucesión de cosas que nos habría gustado poder hacer. Transfiere nuestro poder sobre nosotros a circunstancias que están fuera. Para vivir necesitamos usar más el presente simple.
Las palabras tienen un inmenso poder sobre nuestro ser. Modifican nuestra percepción de la realidad porque modifican nuestro ser aquí y ahora.
No en vano el sonido más poderoso y curativo en todas las lenguas conocidas es la palabra Amor.
¿Quieres cambiar tu vida?
Regálate una semana sin la palabra «pero» y observa qué tal te sientes.
Pequeñas cosas pueden realizar grandes servicios.
Pruébalo. Y cuéntame.
Fuente: http://www.mujeresholisticas.com