26
September
2008
Un ingenioso filósofo chino (Lich Tze) contaba esta historia:
Una persona que había perdido un hacha comenzó a sospechar del hijo del vecino. Disimuladamente lo observaba sin quitarle ojo: el modo de caminar, el aspecto, el modo de hablar, los movimientos… todo le parecía propio de un ladrón. No tenía la menor duda.
Un día, al ir a tirar la basura al estercolero, encontró el hacha perdida. Entonces, al volver a mirar al hijo del vecino: el modo de caminar, el aspecto, el modo de hablar, los movimientos… todo le parecía propio de un gentilhombre.
No sólo en China, sino también en cualquier otra parte y cuando convenga, es muy fácil hacer juicios precipitados.
Fuente: http://quechilero.com
Posted: REFLEXIONES
25
September
2008
Miguel Barrios Paulet
Mario Capecchi es genetista molecular.
Es ítalo estadounidense. Ganó el Premio Nobel de Medicina en 2007 junto a sus colegas Oliver Smithies y Martin Evans.
Fueron premiados por sus trabajos pioneros en el campo de la manipulación genética de animales con la intención de ‘imitar’ modelos de enfermedades humanas como el cáncer o la fibrosis quística.
El nos narra esta historia:
- “Tengo 71 años: cuanto más estudio, menos sé y más me divierto. Nací en Verona. La mía es una larga historia. Todo comienza durante la Gran Guerra.
Mi primer recuerdo es cuando vivíamos en los Alpes tiroleses y la Gestapo vino a buscar a mi madre. Yo tenía tres años y medio.
Mi madre, Lucy Ramberg, se enamoró de un aviador italiano: mi padre, Mario Capecchi. Pero luego tuvo que criarme sola. Mamá era una poetisa, una intelectual anti nazi y presentía que iban a ir por ella.
Por eso vendió todo lo que tenía y les dio el dinero a unos granjeros del Tirol para que cuidaran de mí por si algún día a ella le pasaba alguna cosa.
Mamá acabó en un campo de concentración. Los granjeros me cuidaron unos meses, pero un día el dinero de mamá… desapareció. No sé… Algo pasó y…, bueno, yo acabé en la calle…
¡Dios mío! ¡Si sólo tenía cuatro años! Sí, cuatro y medio, y después estuve hasta los nueve años sobreviviendo en las calles con una pandilla de chiquillos. Éramos un grupo de críos y robábamos en pandilla para poder comer por toda la Italia de posguerra. Recuerdo que siempre tenía hambre. Al final me internaron en un hospital en el sur de Verona donde luché contra la fiebre tifoidea que me provocó la malnutrición, desnudo en una cama, durante un año”.
En 1945 su madre fue finalmente liberada de Dachau y luego de 18 meses de búsqueda, finalmente lo encontró. Lucy fue liberada el día en que Mario cumplió nueve años.
-”Le costó dos años encontrarme en aquella pandilla de delincuentes: habíamos salido del Tirol y acabamos en Calabria. Y mamá decidió que nos fuéramos a América, porque ella tenía allí un hermano. Fuimos a Filadelfia.
No aprendí a leer hasta los 13 años, pero entonces ya sabía todo sobre la vida: me las había ingeniado para sobrevivir. Y luego seguí estudiando…progresando…
¡La ciencia de la calle!
Siempre he pensado que lo que aprendí entonces con aquellos ladronzuelos, me sirvió después como investigador: una cierta intuición del porvenir…
En la calle aprendí a confiar en mí. Yo estaba solo. Creo que mi trabajo de hoy como científico está vinculado a esa etapa. Mi mente era mi entretenimiento. Todo el tiempo desarrollaba planes que luego tenía que cumplir…
Yo les enseño a mis alumnos a ser pacientes.
Les digo que en vez de pasar tanto tiempo pensando en algo, es mucho mejor, ir y hacerlo. No hay que darle tanta vuelta. Hay que empezar por algo. Pero para eso hay que tener un plan. Una idea de hacia dónde uno quiere ir. Y desearlo mucho.
Ahora hay como una sensación de que la gratificación tiene que ser inmediata. La gratificación es algo que lleva mucho tiempo, esfuerzo, dedicación y paciencia. Y por eso, es gratificante cuando llega”.
Capecchi siempre sonríe. Dejó atrás una infancia dura. Todo lo que le fue adverso le sirvió para crecer.
Colaboración de Catalina Cordero
Fuente: http://virval.blogspot.com
Posted: MOTIVACIÓN
25
September
2008
Fernando Parrado
Mi forma de pensar se ha visto definitivamente influenciada por el accidente aéreo que sufrí junto a otras cuarenta y cinco personas en los Andes en 1972. Mis conceptos sobre la familia, la confianza y la amistad cambiaron radicalmente a partir de aquellos trágicos días.
El tiempo, que sana todas las heridas, ha colocado un velo sobre mis peores memorias y tristezas. Ahora recuerdo las partes más terribles de nuestra dramática situación, casi como si lo hubiese leído en un libro.
Mi vida familiar se destruyó cuando mi madre y mi hermana murieron en el accidente. Al regresar a casa, tuve la extraña sensación de observar lo que habría sucedido si realmente hubiese muerto. Casi tres meses después, me percaté de que habían regalado mi ropa, mi cuarto ahora lo ocupaba mi hermana mayor –que se había mudado con su familia– mis posters y fotos las habían quitado de la pared y habían vendido mi moto. No había rastro de mí, con la excepción de algunas fotografías en la sala y en el estudio de mi padre.
Un par de días después de mi regreso, fui a la misma pizzería que frecuentaba antes del siniestro. Todos los jóvenes estaban asombrados de verme. Me pidieron autógrafos y el propietario no me quiso cobrar. Yo era la misma persona, pero algo había cambiado en la forma en la que me miraban los demás.
Inmortal
Antes de la catástrofe, mi mente estaba ocupada en mis estudios de la carrera de Empresariales, pero tan pronto como regresé me vi obligado a cambiarlos por un empleo. Nuestro negocio familiar casi había sido destruido, dado que mi madre se encargaba de la mitad del trabajo. Cuando uno es joven, se siente inmortal. No hay nada que te pueda hacer cambiar o destruirte. A través de nuestra dolorosa experiencia, aprendí que la vida está entrelazada con la muerte; que éstas son las únicas realidades de nuestra existencia. Uno nace y morirá algún día; lo que pasa en el camino, nadie lo sabe de verdad.Hay algunas cosas sobre las que he meditado profundamente a lo largo de los años, mi forma de pensar se ha visto influenciada definitivamente por la experiencia de los Andes. Estoy seguro que lo mismo ocurre con los otros supervivientes. Esas cosas son la familia, la confianza y la amistad. A lo largo de los setenta y dos días que pasamos en la montaña, no había absolutamente nada a lo que nos pudiéramos aferrar. Todo había perdido su significado. No había futuro, no había esperanza. Los estudios, el trabajo, las cosas materiales, nada tenía valor alguno. Pero omnipresente en todos estaba la necesidad del afecto. Nuestro deseo de sentirnos seguros en una familia y nuestra necesidad de sentir y de compartir el amor de los nuestros, fue lo único que nos mantuvo en pie. De manera que ahora, después de haber experimentado una situación humana en la que incluso sobrepasamos nuestros límites de sufrimiento físico y mental, he llegado a comprender que la familia es que lo que nos permitió sobrevivir.
Nuestras vidas honran esa realidad. Me siento extremadamente feliz simplemente por el hecho de poder acostar a mis hijas cada noche. Esta realización no me ha separado de mi trabajo o éxito en la vida. Soy el presidente de varias empresas, pero no hay reunión de negocios o actividad comercial alguna que cambiaría por los momentos de felicidad que tengo con Veronique y mis hijas. He aprendido que los momentos no se repiten, pero la próxima vez que esté muriendo, sé lo que estaré recordando: mi afecto y amor, no mis negocios, coches, contratos, préstamos bancarios, ganancias, e-mails, aeropuertos…
Otra de las cosas que se vio influenciada por la experiencia de los Andes fue mi confianza personal. He podido tomar decisiones de una forma relativamente fácil en muchos aspectos de la vida y del trabajo, debido a algo que ocurrió en las montañas. Cuando me encontraba en la cima de un pico de 18.000 metros de altura con Roberto Canessa, observando el vasto escenario de cimas nevadas que nos rodeaba, sabíamos que íbamos a morir. No había absolutamente ninguna forma de salir. Entonces decidimos cómo moriríamos: caminaríamos hacia el sol, al oeste. Era mejor que congelarnos. Esta decisión nos llevó escasamente treinta segundos. Otras decisiones que he tomado más tarde en la vida no parecen más difíciles que decidir sobre mi propia muerte. He logrado confianza en mí mismo, una tranquilidad silenciosa que me ha dado una mejor percepción del mundo que me rodea. Tomar decisiones se me hizo más fácil debido a que yo sabía que lo peor que me podría suceder sería estar equivocado. Comparado con lo que había experimentado, era nada.
Finalmente, está el valor de la amistad, de nuestros sentimientos de afecto y amor. Fue profundamente conmovedor ver a los chicos ayudando a sus amigos de una forma que jamás se hubiesen podido imaginar, incluso arriesgando y dando sus vidas por el prójimo. La amistad fue un factor determinante en nuestras posibilidades de sobrevivir y, después de que lográsemos salvarnos, hicimos de ella una parte muy importante de nuestras vidas.
En ocasiones, me pregunto por qué las personas necesitan experimentar situaciones extremas para comprender los verdaderos valores de la vida. Estos son tan claros y están tan cerca de nosotros… Aún así, los atropellamos en busca de las cosas supuestamente importantes. El calor de mis hijas cuando las acuesto cada noche o la presencia callada de mi esposa Veronique cerca de mí, momentos que no se repetirán, esos son los valores importantes y duraderos. Es mejor decidir y equivocarse, que no decidir. Siempre hay tiempo para volver atrás.
Fuente: http://www.emprendedoresnews.com
Posted: REFLEXIONES