LITERATURA

JUAN Y EL DOLOR DE MUELAS

 

 

Hernán Casciari

 

Hace dos mil años los hombres caminaban por la calle descalzos y se llamaban por el nombre de pila; eran tiempos en que no hacían falta ni apellidos ni zapatos. La vida ya existía en toda su amplitud y maravilla pero, igual que ahora, nadie le daba importancia. Las cuestiones fundamentales, hace dos mil años, ocurrían en el continente asiático. Ahí se cocinaba la historia. Ahí los hombres ya eran víctimas de su esencia, ya destrozaban sus sueños, ya mentían y engañaban, y provocaban intrigas, y se perseguían para confirmarse dueños de sí mismos y de todo aquello que los rodeaba.

En esos tiempos salía el sol, después calentaba un rato y a la tardecita se ocultaba; las tres cosas ocurrían desde tiempos inmemoriales. Toda la tierra giraba alrededor de esa luz amarilla desde un siempre incomprensible, pero los hombres crecían y actuaban como si fueran los protagonistas del universo, como si el leve paso de comedia de sus vidas pudiera dejar alguna huella en el instante que les había tocado en suerte. Cada cual soñaba con ser más poderoso que el otro, y si el otro soñaba lo mismo para sí, o pensaba en otros mecanismos de la felicidad, había que deshacerse de él.

Hace dos mil años, en medio de aquella calentura de la vida, hubo, ajeno a su propio destino de leyenda, un pastor de cuarenta y seis años llamado Juan, hijo de Galindo. Juan era uno de los pocos habitantes de aquel lugar que creía absolutamente las palabras que decía otro, al que casi todos tomaban por demente, por falaz y por peligroso. El otro tenía trece años menos que Juan, era el hijo de un carpintero de Belén y se llamaba Jesús. Lo que Jesús decía lo supo más tarde el mundo.

Juan, hijo de Galindo, empezó a fijarse en Jesús dos años antes, y lo vio varias veces hacer cosas imposibles: milagros y suertes que ningún otro hombre era capaz de realizar. Jesús era muy flaco y algo más alto que las personas que lo seguían. Tenía la barba enmarañada y negra, el pelo por encima de los hombros y un gesto de permanente solemnidad que sin embargo no provocaba distancia. Vestía más pobremente que el más miserable, pero entre la caterva humana se lo podía distinguir enseguida, y a Juan esa distinción le maravillaba cien veces más que todas las cosas imposibles, que todas las magias que hacía Jesús. Era la distinción el milagro más grande de ese hombre, pensaba Juan.

La devoción que al pastor le provocaba el otro fue paulatina. Primero el porte, después los pocos milagros que vio o le contaron y finalmente quedó extasiado cuando lo escuchó hablar. Eso ocurrió en un descanso del camino que unía Tiberíades con Naim, seis meses antes de la muerte de Jesús, y a Juan le impresionó tanto el argumento como el tono de sus palabras. O el acento. Él nunca había oído a nadie decir lo que aquél decía, y tampoco había escuchado nunca explicar las cosas de aquella forma.

Jesús no necesitaba hablar alto para que todos pudiesen oírlo, ni usaba esas palabras extrañas que gustaban exponer los llamados hombres sabios. Jesús decía que había que perdonar muchas veces al que nos ofendía, y decía que había que amar al otro más que a uno propio, y decía que él estaba allí para salvar al hombre. Juan supo enseguida que estaba frente a la verdad más natural y compleja, y se postró ante esa verdad sin medias tintas.

Cuando se corrió la voz de que iban a apresar a Jesús, Juan supo desde las tripas que lo matarían sin darle vueltas al asunto, y también supo que le había tocado presenciar el acontecimiento más trascendente de la historia. Lo comprendió en un segundo, cuando estaba solo en su casa y ya era la noche, y desde entonces no pudo pensar más que en eso. Las siguientes madrugadas Juan no logró descansar: su mente divagaba entre el fervor y la desazón aquel destino injusto.

Descubrió que él, entre las infinitas almas que habían habitado el mundo desde el principio de los tiempos, y entre los innumerables hombres que habrían de poblarlo hasta el final de los días, él, junto a otros pocos, estaba precisamente allí, en el momento indicado. Porque el Destino, pensaba Juan, no solamente había querido ubicarlo en aquel tiempo (un tiempo único y breve en medio de la marea eterna), sino que además lo había puesto allí, en Caná, y no por ejemplo del otro lado de los mares. Juan iba a estar a diez metros de la cruz; él sería una de las personas elegidas para presenciar la imbecilidad más enorme de los hombres contra el hombre. Y además creía con fervor en el que iba a morir.

El Destino también había urdido esto: que él fuera uno de los justos en aquella historia de crueldad y de malos entendidos. Porque Juan no sería el verdugo, ni sería el monarca temible, ni estaría entre las hordas de soldados impiadosos, ni sería uno de los incrédulos, ni ocuparía un lugar en el fárrago de los que irían a burlarse de Jesús. Juan tampoco nunca había adulado a aquél, jamás había recibido de él un beneficio o un milagro, ni tenía por qué creerle. Y sin embargo lo amaba. Juan era un de los justos, de los prudentes, de los castos. Juan era el hombre bueno y anónimo que entendía la verdad con sólo verla, sin necesidad ni presiones. Su dolor sería el más grande, el más sincero, el más absoluto y total de todos los sufrimientos imaginados. Y por alguna razón todo ese dolor, el protagonismo de ese dolor, le provocaba una secreta vanidad.

Cuando Jesús quebrara el cuello y expirase, Juan padecería el dolor absoluto del Hombre. En su corazón, la angustia perfecta, y en sus pupilas, la imagen más salvaje que las turbas hayan podido planear contra su propia sombra. Todo aquello Juan lo sabía, y se revolvía en su catre ansiando que por fin llegase el momento de la muerte. Sin saberlo, esperaba ese instante final con tantas ganas como el verdugo y como las mismas ansias que el soldado impiadoso.

Pero entonces ocurrió la cotidianeidad de la vida.

El día señalado, mientras clavaban a Jesús bajo el sol del mediodía, Juan padeció un vulgar e insoportable dolor de muelas. Unas puntadas terrenales, en el fondo de la boca, que no le permitieron sentir rabia por la crucifixión ni por la muerte del Maestro. Tanto le punzaba la encía superior que no pudo dolerse más que por ella. Tanto sufría por él mismo que no tuvo tiempo para odiar al verdugo, ni para compadecerse de quienes se burlaban, ni mucho menos para tener piedad por la muerte del hijo de Dios.

Juan estaba parado en el sitio que llamaban Monte del Cráneo, a diez metros exactos del hecho más notable de la historia, y no podía dejar de pensar en las puntadas de su propia boca.

Al día siguiente, cuando en toda Galilea sólo se hablaba de la crucifixión del Rey de los Judíos, y se narraban los detalles del espectáculo, Juan no recordaba un solo gesto de Aquél, ni sabía si María había llorado mucho o poco, ni había logrado oír lo que le dijo Jesús al ladrón que tenía a su diestra. El día siguiente a la tragedia Juan no tenía nada: se había quedado con las manos vacías, no tenía una historia para contar a sus nietos, no tenía el corazón destrozado, ni todo aquello que había soñado sentir cada una de aquellas noches.

El día siguiente a la muerte de Jesús, a Juan ni siquiera le dolía la muela.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

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