ENTRE LAS CENIZAS
Luzrosario Aráujo G.
Apenas escucha el primer batir de las alas y el kikirikí del gallo, Martha salta fuera de la cama. Conserva aún los ojos cerrados y su boca repleta de bostezos. Con pereza arrastra los pies, y sus zapatillas la llevan como autómata al patio en busca del baño. Una bandeja y un balde lleno de agua le sirven para su aseo; sólo después de ello logra despertarse completamente.
En la cocina la esperan los carbones que acomodó en el fogón la noche anterior. Pronto, y al primer intento de prenderlos, éstos emanan brillos rojos y amarillos. Se entusiasman al recibir los primeros plátanos verdes que ella hace girar una y otra vez hasta dorarlos. Listos, y luego de triturarlos arma el bolón, que emana su fragancia. Ese aroma, junto con los que desprenden los chicharrones y el café despiertan a su compañero.
Son las seis de la mañana y él se levanta malhumorado y sin ganas. Cuenta con sólo media hora para llegar hasta la esquina, por donde pasará el bus de la compañía que lo llevará hasta la fábrica donde labora.
La noche anterior llovió intensamente. Él se imagina y siente rabia por los diez centímetros de barro que tendrá que amasar al caminar las tres cuadras que aún no están pavimentadas. Sus botas se ensuciarán y él tendrá las mismas discusiones con el chofer del bus y con su jefe. El ingeniero no le permitirá ingresar a su sección; primero tendrá que quitarse las botas y esconderlas para evitar las burlas de los compañeros.
En el desayuno, y al primer bocado…:<< si, si… de acuerdo, le responde a Martha cuando ella le propone ir esa tarde a buscarlo al trabajo. Ambos se embarcarían en el bus, con el grupo del siguiente turno, para que al regreso se queden en el centro de la ciudad comprando los útiles escolares y las telas para los uniformes de los chicos.
Él no tiene ganas de pensar en eso, ni en la tormenta de la noche anterior, ni en los agujeros del techo que lo mantuvieron trasnochado, colocando latas y bandejas por toda la casa. Faltaba tan sólo un mes para que la compañía con la que trabajaba terminase su proyecto y entregue la fábrica y parta a otro lugar. Él ya estaba fatigado de tanto viajar, no comenta con Martha, pero está seguro de que su renuncia es un sueño también de ella.
Se despide con la fugacidad de siempre, se lleva el aroma del desayuno y deja en las mejillas de Martha el perfume del café. Se sube al bus y, lejos de lo temido, nadie repara en sus botas embarradas. Durante los kilómetros que recorren antes de llegar al trabajo, sus compañeros conversan. De rato en rato dejan escapar carcajadas mientras otros bostezan.
Martha almorzó y tuvo todo preparado para que los chicos encontraran qué servirse. Se alejó de su casa caminando sobre el barro que cubría las calles y esperó al bus. El chofer al reconocerla paró; al subirse todas las miradas se dirigieron hacia ella. Al verse así observada sintió una rara sensación, pensó que la experimentaba por ser la única mujer en ese carro lleno de hombres. Se tranquilizó al recordar que todos, de alguna manera, conocían o eran amigos de su compañero.
Recorrieron algunos kilómetros en silencio y luego el chofer lanzó las palabras como si no se dirigiera a nadie:<< el incendio había comenzado temprano, habían muchos muertos>>.
Martha lo escuchó como si lo hiciera desde las nubes, como si dicho asunto no le incumbiera. Cuando reaccionó se puso nerviosa y se intranquilizó. Le regresó la calma cuando le vino a la memoria el recuerdo de su rostro, las imágenes del día en que lo conoció, rodeado de compañeros vestidos de overoles grises, entrando a la cafetería que ella atendía.
Cuando llegaron hasta muy cerca de la fábrica, la policía no dejó que el bus siguiera avanzando. El lugar se encontraba lleno de hombres uniformados. Martha se inquietó cuando vio a lo lejos algunos rostros conocidos, todos lucían sucios y agotados, pero a él no lo divisaba en ninguno de los grupos.
Su mente le comenzó a bombardear imágenes de pesadillas, lo vio asustado, preso de angustia y desesperación.
Entonces, burló la barrera y se acercó al jefe. Percibió en sus ojos el sobresalto, pudo adivinar su impotencia, el tormento que quedaba como rezago después de haber enfrentado una tragedia. Lo escuchó como una voz lejana en el tiempo cuando le dijo: <<todos los heridos ya están hospitalizados y los fallecidos en la morgue; los familiares tendrán que dirigirse al hospital o hablar con la compañía que los ha contratado>>.
Agregó, además, que la fábrica no era responsable de lo acaecido; era la única perjudicada. Que todo se había debido a un cortocircuito en las bodegas de enfriamiento de la cerveza, en donde fallecieron todos los trabajadores; sin excepción.
Las puertas de las bodegas de enfriamiento se abren sólo por dentro, para evitar los contrastes de temperatura. Con el cortocircuito se apagaron todas las luces, y en esa oscuridad los trabajadores se confundieron, y no encontraron la salida. El problema se originó justo cuando estaba instalando las luces de emergencia.
Cuando Martha iba a preguntar por su compañero, dos tenazas ya la habían sujetado y la obligaban a retirarse; la metieron al bus que se regresaba al pueblo.
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Fuente: https://luzrosarioaraujo.wordpress.com/2016/04/18/entre-las-cenizas/