LITERATURA

DESDE QUE FALTA PAPÁ

 

 

Francisco Bescós

 

500 kms. para el destino.

 

Una recta. Una recta encuadrada entre rectas. Una recta que corta en ángulo de noventa grados el segmento que se genera si tomamos como puntos mi cabeza y el sol. Una recta pluscuamderecha, hiperlineal, rectilimorfa sobre un plano pajizo, reseco y, aún así, roturado. Quinientos kilómetros de carretera recta que se van agotando, uno a uno. Avanzar recto, el camino más corto entre A y B. Recto, recto, recto. Y deprisa.

 

Lo único que se retuerce entre la rectitud que me rodea es mi pensamiento, obstinado en girar ciento ochenta grados, en regresar por donde ha venido.

 

Así ocurre desde que falta Papá.

 

«¿Sí? ¿Qué tal, cómo vas?» El tipo que se sienta a mi lado no se cansa de hablar por el móvil. «Ya, ya, entiendo que no será cómodo, perdóname. No podía… Lo sé, lo sé. Pero no es un viaje largo, enseguida llegará el autobús». Habla con dulzura, no escatima en palabras agradables. Uno puede imaginar a una preciosa mujer o a un enternecedor niño pequeño al otro lado del teléfono. El tipo que se sienta a mi lado es el buen padre orgulloso: probablemente concibe la familia como la auténtica misión de su existencia.

 

Hay vínculos que únicamente cobran sentido ante la presencia de ciertas personas.

 

Yo viajo en ventanilla y la carretera transcurre tan llana y pulida que apenas noto el balanceo. El motor del autobús produce un ruido blanco que ya no escucho. Casi ocurre lo mismo con la conversación del Buen Padre: «Me va a ir bien, y lo sabes. ¿Por qué? Porque nos queremos», dice el Buen Padre. Dirijo los ojos hacia el exterior, hacia el campo sembrado, como si metiera la cabeza en una cubeta llena de metal fundido. Son las doce del mediodía, el sol va a prender fuego a todos esos palitroques ensortijados, como viejos sedientos, que alguna voluntad obstinada pretende que crezcan y se hagan flexibles y verdes en este suelo sin posibilidad alguna de sombra. Los esquejes van a estallar, van a estallar en una combustión roja provocada por la fricción del autobús al devorar la recta a mayor velocidad que la luz del sol.

 

400 kms. para el destino.

 

Eugenia ha insistido en que la Primera Comunión de Nino, el hijo de mi hermano Antonio, se celebre por el rito parametalitúrgico. Antonio y Sonsoles, su mujer, han aceptado (Antonio siempre acepta todo). Nino estrena su alma a la Eucaristía este fin de semana.

 

Así que yo suspiro y me subo al autobús rumbo a Casa.

 

Pienso en lo que me espera a mi llegada. Reconoceré la Casa por los libros de Papá y los retratos de Mamá, con la que apenas compartí un par de años de vida. Recordaré también aquella proposición famosa que afirma la imposibilidad de bañarte dos veces en el mismo río, porque ni tú ni el río de la primera vez sois el mismo tú ni el mismo río de la segunda. En cuanto entre por la puerta, lo sé, Eugenia me obligará a agachar la cabeza bajo ese rincón del recibidor en el que ha instalado el crucifijo parametalitúrgico y el cuadrito con la imagen del beato Rafael de Tudela, fundador del movimiento parametalitúrgico y creador del diseño inobjetable (dice Eugenia) del nuevo crucifijo parametalitúrgico. Antes, en esa pared colgaban fotos de mis padres y mis abuelos.

 

Cuando estaba Papá, no había espacio en Casa para el movimiento parametalitúrgico, con todo ese coñazo de que lo que importa son las pequeñas expresiones continuas, porque Dios nos ha hecho expresivos, el único ser completamente expresivo de la naturaleza, para que lo tengamos siempre en nuestras mentes y en nuestras bocas y en nuestros gestos y en nuestro lenguaje corporal y en nuestra comunicación no verbal: ahí reside el gran hallazgo del beato Rafael de Tudela. «Chorradas», decía Papá. También, en aquel momento, a Eugenia le importaban una mierda esas cosas. No tenía tiempo para la religión. Como era la única soltera de entre mis hermanos, cuidó a Papá hasta su muerte. Bueno, yo también estaba soltero. Aún conservo en la memoria la imagen de ella, cuando me despedí después de pasar la última noche en Casa: la esponja empapada aún en la mano, lanzando toallas sucias al tambor de la lavadora; sonriente, a pesar de todo. No quiero imaginar lo sola que debe de haberse sentido.

 

Aún me siente culpable. Por eso, cuando voy a Casa, sigo sin rechistar las normas de Eugenia, empeñada en salvar mi alma (a fin de cuentas, ahora la Casa es su casa, muy a pesar de la opinión de Antonio y Catalina, mis otros dos hermanos). Nunca le niego una reverencia al crucifijo. El rostro del cristo sonríe grotescamente y abre los ojos como un monigote de tebeo. «Claro», dice Eugenia. «Lo que importa es la expresión». También murmuro lo más parecido a una plegaria que puedo inventar ante el icono del beato Rafael de Tudela.

 

Visité la Casa por última vez la pasada Navidad. «El beato Rafael de Tudela destaca la importancia de elevar los ojos al cielo», dijo Eugenia al sentarnos a la mesa, «como una expresión no verbal de que tienes a Dios en mente», dijo (y es cierto que, desde que falta Papá, Eugenia mira hacia al cielo con tanta frecuencia como pestañea, lo cual parece un tic nervioso inquietante). Nos tomamos las manos al tiempo que levantábamos las pupilas; ella retorció tanto los globos oculares hacia las alturas que se le quedaron las cuencas blancas. Humberto soltaba risitas y guiñaba los párpados burlonamente; me invitaba a seguirle mediante muecas. Humberto, mi cuñado, el marido de mi hermana Catalina, luce una musculatura obscena y en Navidad siempre se pone una americana que le viene pequeña para mostrar lo obscena que puede llegar a ser su musculatura. Humberto ni soltaba risitas ni se burlaba de nada cuando estaba Papá. No se atrevía. Tampoco podía presumir de figura: una barriguilla blanda le circundaba el abdomen. Aún no había descubierto los nuevos anabolizantes hormonales de la farmacéutica Merck. «Ya son legales en quince países y puedes comprarlos online», me dijo en una ocasión.

 

Cuando estaba Papá, la mesa se bendecía a la manera tradicional: «Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar». («Fórmula preparametalitúrgica», la llama Eugenia). Humberto agachaba la cabeza sobre el plato y pronunciaba un amén bien perceptible para que Papá lo escuchase alto y claro. Yo me cruzaba de brazos mostrando respeto. Pero ni rezaba ni decía amén.

 

Papá y yo discutíamos violentamente sobre política y economía. El Índice Báltico Seco. Las Credit Default Swaps. La nacionalización de empresas en Latinoamérica. Sólo yo me atrevía. Me intimidaba su forma de agitar la mano para defender aquellos argumentos: esto agitaba a su vez el cigarrillo que siempre sostenía entre los dedos, lo cual agitaba la columnilla de humo que se alzaba ante su rostro, y por tanto agitaba la silueta de mi padre, siempre tras la neblina grisácea del tabaco que sometía la luz a refracción y contagiaba el aroma. Aprendí a sobreponerme y contraatacar con frases memorizadas en blogs y revistas. Sin embargo, él me ganaba fácilmente: echaba por tierra mis argumentos con aquella voz corpórea.

 

Cuando enfermó, perdió habilidad con las palabras. Mi criterio empezó a prevalecer en aquella mesa. Humberto dejó de ocultarse; festejaba sin pudor mis victorias ante aquel anciano que se resignaba a que la comida escapase por las comisuras de su boca y que se ahogaba al beber agua. No tardé en dejar de hablar de política en Casa.

 

Había supuesto que durante el viaje en autobús (rendido ante la imposibilidad de ignorar la perfección de las rectas, sustraído por la lejanía de los horizontes) tendría tiempo y espacio para afrontar la idea: vuelvo a Casa, vuelvo al lugar donde se experimenta la ineficacia del regreso.

 

Recuerdo todas aquellas ocasiones en que, oculto en mi habitación con el pulso aún acelerado, me prometía a mí mismo una huida inmediata. Aborrecía seguir durmiendo bajo el mismo techo que aquel autócrata extemporáneo. Curiosamente, no cumplí la promesa hasta que el déspota se convirtió en un viejo hastiado, un buey inofensivo.

 

Por momentos, la conversación por teléfono de mi compañero de asiento, el Buen Padre, me distrae: «No hace tanto calor, no mientas. Si se te entumecen las piernas, sacúdelas. No seas así, no me vengas con eso». El Buen Padre despide un olor ácido, poco concentrado pero realmente inusual.

 

Me descubro a mí mismo clavándole la mirada. Él se da cuenta. «Te dejo. Hablamos en un rato», dice.

 

300 kms. para el destino.

 

«¿Sabes que en un servicio de tenis se ponen en funcionamiento más de ciento veinte músculos?» Margarita, en mitad del salón, sujetaba la raqueta. «Escápula arriba», dijo Humberto. La niña levantó la raqueta. Las rodillas se doblaron. «Dorsal». Margarita cambió el sentido del impulso, como una catapulta. «Lumbar». La raqueta se proyectó en perfecta circunferencia y pasó rozando la lámpara y la nariz de Antonio.

 

Eugenia rompió a aplaudir. Antonio fingió un par de palmadas inaudibles. «Tengo que tragarme esta mierda del tenis de la niña cada vez que nos reunimos», me acababa de susurrar. Mi hermano Antonio siempre susurra. Yo removía el asado con el tenedor. Eugenia había dibujado unos símbolos parametalitúrgicos con gelatina sobre la piel del pavo y había incluido piñones con forma de cruz en el relleno. Han abierto varias tiendas especializadas en comestibles parametalitúrgicos en las que conocen a Eugenia por su nombre.

 

«Si quieres ir a la escuela de alto rendimiento», dijo Humberto, en ese tono rígido que sólo utiliza con su hija cuando habla de tenis (un tono perturbado cuando un par de femeninos falsetes irrumpen en las sílabas acentuadas; le ocurre desde que empezó a tomar sus anabolizantes hormonales: mi cuñado Humberto suelta pequeños gallitos al hablar), «tendrás que mejorar la torsión de romboides y serrato». Y luego nos dijo a nosotros: «El secreto está en la elasticidad. Hacemos estiramientos juntos todas las mañanas, ¿verdad cariño?»

 

«Lo que nunca dice Humberto es que la niña vomita antes de cada partido», me susurró otra vez Antonio, que apartaba los piñones-crucifijo con disimulo, temeroso de que le viera Eugenia. «Que duerme mal por las noches. Que no sabe jugar con muñecas».

 

Elvira, mi otra sobrina, hija de Antonio y Sonsoles, hermana de Nino, tiene muchas muñecas. Siempre las lleva consigo a todas partes. Elvira y Margarita no se divierten juntas. Como Margarita no sabe jugar con muñecas, intenta que Elvira practique con ella cualquier destreza física, «A ver quién gana», dice constantemente Margarita. Pero Elvira porta una aparatosa ortodoncia de acero inoxidable. Le amarra la mandíbula a una sujeción externa: dos varillas que brotan de unos apoyos en los hombros y terminan en una diadema de goma elástica que le rodea la cabeza. Elvira no puede mover bien el cuello con toda esa quincalla ortopédica; si quiere mirar, debe girar las caderas. Y, para cuando lo consigue, Margarita ya la ha vapuleado en lo que sea que estén compitiendo.

 

«Te he ganado, te he ganado, te he ganado», canturreó Margarita de nuevo la pasada Navidad. Sonsoles, mi cuñada, la madre de Elvira, acarició a su hija, alabó por enésima vez la belleza inigualable de la niña y prometió que le iba a comprar una muñeca nueva y hermosa y cara. Humberto contemplaba a Margarita con orgullo. Catalina, mi hermana, apoyó la sien en los músculos de su marido, que debe ser lo único que tiene importancia en este mundo para ella. Yo oculté el rostro tras una servilleta; la tela olía a incienso porque, según Eugenia, «La membrana pituitaria del Señor aprecia también los gestos expresivos aromáticos».

 

250 kms. para el destino.

 

Parada técnica. El autobús se detiene en un área de servicio. Tenemos quince minutos. Me he bebido dos cervezas en el bar y acabo de pedir una tercera. A mis pies alguien ha sembrado el suelo de huesos de aceituna. Una mosca negra y gorda los relame. Pienso en la posibilidad de resbalar en ellos y romperme un tobillo. Volver a Madrid y pasarme el fin de semana escayolado, reposando la fractura. Huir. Como cuando Papá enfermó.

 

Me he tragado muy rápido la tercera cerveza. Voy al baño. Sé que más tarde lo pagaré. Me estallará la vejiga. Al menos eso me dará una razón para querer llegar. El cuarto de baño está vacío. La gente ya ha tenido tiempo para aliviarse, la mayoría del pasaje espera en el exterior, disfrutando de los treinta y cinco grados a la sombra junto al motor en marcha de los autobuses. Pero una de las cabinas de los retretes continúa ocupada. «No, ahora no. Hemos parado». Mi compañero de asiento, el Buen Padre de familia, habla por el móvil desde dentro. «No, no puedo dejarte salir… Pues ya sabes lo que tienes que hacer. ¡Ya lo has hecho otras veces!» Sus zapatos elegantes y las perneras negras sin planchar asoman a través de la ranura inferior de la puerta. «Ya hemos pasado lo peor… ¡Cállate tú, puta de mierda!» El Buen Padre corta la llamada. Tira de la cadena.

 

200 kms. para el destino.

 

«El beato Rafael de Tudela nos enseña que hay que ofrecerle a Dios cada bocado», le decía Eugenia al pequeño Nino, «y expresarlo mediante una mueca placentera, porque la comida proviene de Dios y debemos hacerle ver que la agradecemos; en este mundo somos invitados de Dios». Y entonces el pequeño Nino, tan obediente como su padre (mi hermano Antonio), se metió un trozo de pavo navideño en la boca y distorsionó el gesto de una forma que resultó, como mínimo, libidinosa.

 

«¿Así, tía?», preguntó. «Así, así. Muy bien». Sonsoles, incómoda, quería sonreír al lado de su hijo. Con voz tenue, Antonio presumía de su acierto al comprar aquel adosado en Marina d’Or justo unos días después de la explosión que destrozó la mayoría de las infraestructuras. «Me costó un cincuenta por ciento menos. Ahora casi no quedan cascotes, ya puedo llegar con el coche a sólo tres manzanas de mi casa. Pronto tendremos agua corriente». Luego Humberto comenzó a recitar nombres de músculos a petición de Eugenia, que considera útil la anatomía para optimizar sus técnicas de expresión corporal.

 

«Mamá», dijo Margarita. «¿Quién ganaría en un pulso, el tío Antonio o papá?» Mi hermana Catalina le respondió algo al oído y la niña sonrió y se perdió corriendo por el pasillo. «Mira cómo lo hace la tía, Nino», dijo Eugenia, al tiempo que mordía un pedazo de pavo e imitaba el éxtasis de Santa Teresa mediante la contracción o relajación de los siguientes músculos: superciliar, buccinador, orbicular y cigomáticos.

 

Yo pensaba en Papá. Y me percataba de la importancia que su orden, su cosmos, había supuesto para nosotros. Incluso aún cumplimos su propia ley de atracción gravitatoria: nos reunimos. Pero únicamente por inercia. Sin él, somos una sinrazón. Somos una pesadilla de la lógica. Somos contenedores de sentidos equidistantes.

 

El pavo se estaba terminando. El plato de Antonio era un sembrado de piñones-crucifijo ocultos bajo la salsa. Elvira apareció en el salón. Llevaba lágrimas en los ojos. Iba seguida de Margarita: «Lo he hecho yo», decía Margarita. Humberto y Catalina liberaron carcajadas. Margarita había adherido todos los imanes de la nevera a la ortodoncia de Elvira. Parecía una cabeza de armadillo con escamas de colores. El rostro de Sonsoles palideció. Humberto reía. Catalina también. «Dile a tu marido», susurró Antonio dirigiéndose a ella, «que esto no tiene ni puta gracia». Eugenia elevó los ojos al cielo.

 

Yo me pregunté qué estábamos haciendo juntos. Qué vínculos podían aún mantenernos allí, alrededor de aquella mesa.

 

100 kms. para el destino.

 

«Mire, la foto de mi hija Paulina». El Buen Padre sostiene su cartera desplegando un portarretrato. Hace unos minutos que escucho un ruido rítmico; proviene de debajo de nuestros pies, como si algo estuviese golpeando en el interior del maletero. No sé si se debe a mi imaginación o a que me han sentado mal las cuatro (al final han sido cuatro) cervezas. Hace unos segundos que el Buen Padre ha entablado conversación conmigo. No entiendo bien de qué estamos hablando. «Oh, es muy guapa», digo yo. «¿Tiene usted hijos?», me pregunta. Y yo: «No, no tengo». «Debería. A mí es lo mejor que me ha pasado». La frecuencia del ruido del maletero se va alargando. Ha de ser una maleta suelta. «Tengo tres sobrinos», le digo, «y tres hermanos». «Ah», contesta él. «Le diré un secreto», me trata de usted y me siento raro porque estoy borracho: «La familia es lo más importante. Yo no permito que nada, ni siquiera mi trabajo, me separe de ella. Hago lo posible para que me acompañen a todas partes, ¿me entiende? Lo posible. ¿Me entiende?» Y yo: «Sí. Sí, le entiendo».

 

50 kms. para el destino.

 

Había un equilibrio. A veces aún sueño con él: Catalina se pinta los ojos, Antonio vuelve de clase, Eugenia corrige exámenes, yo leo una novela; comemos; nos servimos un café; Papá enciende un cigarrillo; hablamos de mi novela y hablamos de los ojos de Catalina y de la clase de Antonio y de los alumnos de Eugenia. Todo natural y cotidiano. Papá lo hacía natural y cotidiano con aquella disciplina de manotazo en la mesa. Cuando enfermó, cuando fue perdiendo vigor hasta convertirse en uno de esos muñecos de goma que sueltan silbiditos quejumbrosos al apretarlos, simplemente me largué. Creí que podría escapar de aquello y regresar cuando todo volviera a ser natural y cotidiano.

 

Las líneas rectas discontinuas, las farolas rectas que hacen ángulo recto con la superficie recta de la recta carretera, los horizontes rectos, sin una sola nube curvilínea que pueda estropear tal espectáculo de recticismo y noventagradismo, continúan sucediéndose a través de la ventanilla. Las líneas rectas que, al contrario que las curvas, al contrario que los círculos, nunca pueden conducir al mismo lugar del que partieron.

 

Mi compañero de asiento ya no habla de su hija. Me ha proporcionado todos los detalles sobre lo mucho que ambos se quieren y se ha quedado satisfecho. El ruido del maletero también cesó hace rato. Hay vínculos que únicamente cobran sentido ante la presencia de ciertas personas. O quizá nunca tengan sentido, sólo que, durante unos años, alguien se ocupa de inventarlo.

 

Necesito ir al baño. Estoy a punto de reventar.

 

Creo que ya llegamos a la estación. Creo que aquella silueta es Eugenia, que me espera en la dársena. Al verme, eleva los ojos al cielo y alza los brazos como el Cristo Redentor del Pan de Azúcar. Yo sonrío. Su cuerpo parece una cruz de madera maciza.

 

¿Qué más cambiará cuando falte Eugenia?

 

Colaboración de Gino Winter

 

Fuente: http://specimens-mag.com/

 

 

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