CIELO
Mariella Sala
Camina por la orilla de un mar desconocido. Erguida, demasiado erguida. Tensa. En su cuerpo se refleja la voluntad. El pelo crespo, largo. Supone la mirada de otros en la playa desierta. Su presunción da sentido a mi acto de contemplación. Pero yo no puedo saber nada de ella, sólo la belleza de su figura permite esta resonancia. De las olas y ella. Descubro un caracol, música de otro tiempo. Bullicio.
El lunes tendremos examen de geografía, no entiendo nada, se lamenta. ¿No quieres venir a mi casa a estudiar?
Rossana es amiga de la infancia. O mejor, es hija de los amigos de mis padres. Me darán permiso. Y será menos aburrido que tratar de estudiar entre mis hermanas. ¿Quedamos entonces para el viernes? Quedamos.
Entrar a la secundaria es más complicado de lo que pensábamos, las tareas ya no son juegos. A los doce tenemos que conocer los países que conforman el mundo y yo sólo quiero conocer qué es lo que a mí me hace ser yo y buscar a los otros, los diferentes.
Rossana me espera, está preocupada porque en una habitación se escuchan los gritos de sus padres. Discuten, pelean y nadie sabe por qué.
Con suavidad que ella impone, nos vamos a su dormitorio y abrimos los libros. Bueno, tú lees dos páginas y yo las siguientes, me dice. Impaciente, retira un rizo de cabello que cae sobre su frente. Empiezo a leer, escuchando mi propia voz, sin entender nada. Ella me interrumpe. Suena la puerta, sus padres se van. Entonces se transforma, una risa suelta la ilumina: Me han enseñado a hacer un dulce de chocolate, hay cocoa. ¿Probamos?
Ella debe ser una discípula yoga. Levanta los brazos, los extiende hacia el mar. Debe pensarse una sacerdotisa. Contra el cielo y el mar, su silueta transparente.
Los ríos de la costa del Perú. Si es un desierto, ¿por qué hay tantos ríos y valles? nos preguntamos con irritación. Tantos nombres que a lo más significan un dieciocho en el cuaderno. Comiendo chocolate es bueno ver la última película de la tele. Pero también aburre, a la larga. Nos dormiremos.
– Mira a Charito -digo- ya está dormida en la cama del costado.
– Pero yo no quiero dormirme todavía – dice Rossana y propone: contémonos cuentos de terror.
Yo empiezo, pongo mi voz gruesa para las circunstancias pero Rossana ya conoce todos los cuentos. Se aburre. Y me pregunta quién me gusta. No respondo y busco en mi memoria el nombre de algún chico del balneario.
Nos conocemos tanto y todavía la vergüenza. ¿Y si le dijera y después ella lo encuentra y le dice?
– Tú primero – digo yo, riéndome.
Ella empieza a mascullar, mueve las manos nerviosamente, se pellizca los dedos de la mano izquierda con la derecha y hace el intento de empezar, pero se queda callada. Finalmente, decidimos apagar las luces. Así, a oscuras, las dos juntas, compartiendo confidencias.
Sentada en la silla de playa, después del primer campari, los ojos se achinan a pesar de los lentes ahumados. Si pudiera interrumpir este acto de contemplación, me iría a bañar al mar. Augusto está tardando y estos minutos de soledad son un regalo inesperado, casi fastuoso.
¿Te acuerdas del primo de Quique?
Sí, el grandote
Me llamó
¡No!
¡Sí!
¿Y?
Y nada, pues. Me llamó…
Ya pues, dime
Me dijo, que… que… que tenía entradas para un teatro o algo así
¿Y tú que le dijiste?
Nada, me quedé muda
¿Pero te invitó?
Si, pero mi mamá no me iba a dar permiso
¿Y entonces?
Entonces, nada. Pero me llamó… ¿Y tú?
Bueno, hay un chico que yo siempre veo cuando salgo del colegio y me voy para la casa
Ah…
Tiene unos ojos lindos…
¿Pero se conocen?
La otra vez me habló, conoce a Katty, la que está en tercero de media.
¿Pero qué te dijo?
Eso, si estábamos en el mismo colegio
¿Y te gusta?
¿Y a ti te gusta el grandote?
Sí…..
¡A mí también!
¿El grandote?
No, tonta, Jorge
¿Jorge se llama?
Sí, pero no me ha invitado a nada o sea que no sé si yo le gusto
Escribir es un aliento de la tierra, un aliento de Dios. Llega a uno como el viento, como el viento de Dios, que pasa. Escribir es un ángel que pasa. Un enigma que no tiene, no debe tener explicación, dice María Luisa Bombal y yo la recuerdo ante el mágico movimiento de las olas.
Acostadas en la estrecha cama, siento sus senos chocar con los míos. Hay algo en ese roce, tan suave y tan intenso. Es una sensación que me hace otra y se lo pregunto. Pero nuestros cuerpos ya están hablando y nos reímos desconcertadas. «¿Cómo será cachar?» nos preguntamos, ¿como los perros? Una burbuja asciende hasta mi garganta, mi vulva late, mis labios se acercan a los suyos. Practicaremos los besos, nos decimos. Así, de esta manera, que tu labio superior chupe mi labio inferior. Y después tú y después yo. Nos viene un letargo que confundimos con el sueño y ella se levanta a apagar la luz. Pero la luz ya está apagada y entonces la enciende. Sonríe ante su confusión. Volteo hacia la derecha, dispuesta a dormir y entre las sábanas siento su mano sobre mi cintura, sólo giro la cabeza; haz de cuenta que ya somos grandes digo y nos besamos, nos besamos hasta que volteo totalmente hacia ella y le jalo los cabellos y ella a su vez me aprieta un pezón. Charito tose y de pronto despertamos, qué nos está pasando digo sorprendida y ella lo resuelve todo: vamos a jugar a los enamorados, dice, lo que pasa es que se nos quitó el sueño. Bueno, a mí me toca, digo yo, era lo más serio que había dicho hasta entonces y Rossana lo entendió. Mi cuerpo tan pegado al de ella, mi mano se desliza por sus muslos y es mi mano la que busca entrar en ese lugar que no tiene palabra, entre sus piernas tan juntas, tan cerradas. Ella entonces me besa y yo también la beso y abrimos nuestras bocas y abrimos nuestras piernas. Su rodilla entra en mi vulva y yo empujo la mía hacia la de ella. Nos movemos, pegadas, -y no como los perros-. No podemos despegarnos; nuestros labios, nuestros muslos, nos llevan hacia un vértigo que viene desde lo más profundo de ese lugar que no sabemos cómo nombrarlo. Y yo soy ella y ella no sabe ya quién es.
El contacto del vidrio helado en mi antebrazo me devuelve a la playa. Augusto sonríe ante mi distracción mientras me entrega el campari. Se acomoda en su silla, sus muslos velludos y fibrosos se agitan nerviosamente unos segundos para después calmarse. No me va a preguntar en qué pensaba, mirará a su alrededor y suspirará, complacido.
– Qué buena idea venir a Río, mi cielo – dice, y su mano acaricia mi rodilla -. Después de tantos años, al fin solos y con todo el tiempo para nosotros.
Se escucha el portazo y los pasos de ellos. Nuestros cuerpos se tensan pero no se separan. Sólo la respiración cambia su ritmo. Nos quedamos en silencio, así, frente a una suerte de abismo desconocido: no es el temor, no es malestar: es el suspenso. Luego la constatación de que sus padres estorban.
– Esta noche no dormiremos -anuncia Rossana. Lo hemos intentado ya muchas veces, contándonos cuentos de terror y al final siempre nos ha derrotado el cansancio, pero igual, yo estoy de acuerdo con ella; nunca habíamos jugado a algo como esto.
Estamos las dos echadas sobre nuestras espaldas, mirando el techo y suspirando. Se ha instalado el silencio nuevamente. Mi mano izquierda tantea su mano derecha y se estrechan entre ellas y yo giro hacia ella y la vuelvo a besar. Los ríos de la costa y la señorita Tula. El desierto y la humedad de nuestros cuerpos. Su mano ha entrado en mi cuerpo y yo me someto a esta sabiduría. Y de pronto es la oscuridad y el silencio. Nadamos en agua tibia, desaparecemos en el agua y ansiamos la eternidad.
Se ha detenido frente a mí y me mira, desde lejos, con dulzura y sumisión. Por un instante pienso que me conoce y me pedirá un autógrafo; está suplicando mi atención. Esta combinación de debilidad y desafío me inquietan. Yo quiero ser ella. Y ella ahora, sus pies en la orilla, su juventud, soy yo; a pesar de mi cuerpo y mis uñas pintadas.
Yo cabalgo sobre su mano, dura y fuerte. Ella cobra una fuerza desconocida. Antes nunca fue así, sus muñecas tan frágiles, sus brazos delgados, despiertan la conmiseración de todas las del colegio. Ella ahora monta sobre la mía sorpresivamente dura, grande, y se mece, se mece; es un columpio que va tomando más impulso hasta llegar a las nubes, el cielo: nuevamente el cielo. Y más allá de este cielo, hay otro, y otro, repetidamente en el infinito.
Todo alrededor se detiene, el corazón ya no late. Y estamos de pronto sentadas frente a frente. La beso. Y en este oscuro cuarto, con los closets bien cerrados, yo vislumbro mi inmortalidad. Mis piernas sobres sus piernas, el abrazo y el columpio, otra vez, el impulso que lleva al ritmo mientras a lo lejos como un mal augurio, escuchamos los ronquidos de su padre.
Augusto acaricia mi cabeza para anunciarme que se va a la orilla. Su gesto, mientras se va alejando, me provoca un temblor, me hace vulnerable. Ella ahora se está acercando, tímida pero altiva; me ha reconocido, ahora estoy segura. Y yo, sin Augusto, me siento desprotegida. A su merced.
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