LITERATURA

UN DIA MÁS

Luis Cordero 

Nadab se levanta de la cama de un salto. Un nuevo día, propicio para hacerlo suyo. Se arrodilla para agradecer a Dios por todo lo que le brindará ese día, promete que se lo dedicará a Él. Le pide, como es usual, que haga aparecer en su camino aquel que lo sacará de su mundo de escasez.

Inicia unos pocos ejercicios, costumbre antes de pasar a su habitual ducha, parte de su rito de baño. Tendrá que afeitarse ya que por su ascendencia árabe sus vellos crecen necios, velozmente. Su rutina diaria ante el espejo lo llenará de energía: no hay nada como solazarse ante el azogue y repetirse, casi hasta el cansancio, tanto lo generoso que ha sido Dios con él como sus metas y sueños a cumplir. Se siente un campeón; tiene que repetírselo a diario, ya que si no empieza convenciéndose él cómo le creerán los demás.

Luego del desayuno toma su agenda para recordarse los puntos del trabajo por hacer. Inicialmente, las llamadas, antes de salir a su primera cita o reunión. No hay que dejar nada al azar. Se exige puntualidad a sí mismo, aunque es su punto débil. Pero siempre tiene un arsenal de excusas a la mano para salir del paso.

No debe olvidar ningún detalle de lo que ha planificado. Hoy será un día espectacular, irá a entregar unos implementos de oficina. Es un pequeño negocio, marginal, que le permite aparentar ser un comerciante formal y ganar unos cuantos centavos. Pero de centavo en centavo se va reuniendo un capital. Tanto su padre como su abuelo, comerciantes congénitos, le han inculcado tanto el ahorro como el trabajo constante. Sin despreciar ninguna oportunidad. Aunque lo que haga en algún momento se distancie de la ética o la moral. Al fin y al cabo, su fe le habla de la infinita misericordia de Dios, y sería un desperdicio no aprovecharse de ella. Ya tendrá Él toda una eternidad para perdonarlo.

Su habitual sistema lo lleva a convencer a incautos. El es un prestidigitador, un mago de las palabras. Su tarea es la de vender espejismos. Bien sabe que lo que ofrece no es más que una ilusión pero su poder de convencimiento es tal que termina concretando sus negocios. El trabajo es intenso, desgastador. Sin embargo su entrenamiento y su afán de lograr sobresalir lo llena de energía. Está seguro de que tendrá el reconocimiento que, así lo cree, se merece. Día tras día continúa buscando incautos deseosos de creer en ese espejismo. Nadab está totalmente convencido de que vender una ilusión bien vale la pena olvidar el séptimo y el octavo mandamientos.

El trabajo se prolonga hasta muy entrada la noche. No hay que desdeñar ninguna oportunidad, ya habrá tiempo para que las circunstancias mejoren y podrá bajar el ritmo. Por ahora hay que ir juntando cada centavo así como evitar gastarlo. Parte de su encanto lo usa para obtener alguna invitación a comer o al menos para compartir los gastos.

Al final del día llega la hora del descanso. Antes de dormir Nadab hace un rápido recuento de sus pequeños éxitos. Recuerda también lo grandioso que ha estado hoy, ha logrado convencer a nuevos incautos. A partir de mañana, se promete, retomará su verdadero camino, y no el de la ilusión y el espejismo. Aunque cada nuevo día vuelve a romper su promesa. Seguirá las artes de ganarse la vida usando su prolífica palabra y su bien tenida presencia. Logra realizar sus oraciones nocturnas; recuerda que su nombre terrenal habla de generosidad. Quizás lo sepa, pero de ser así preferirá no recordarlo, que su nombre celestial, Acub, habla de todo lo contrario. 

Fuente: http://.www.solocrecer.com

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