FLAMIUS REX
Solange Rodríguez Pappe
“Dracofilia”
Siempre tuve mucha imaginación. Por ejemplo, cuando cumplí diez años, recuerdo que en el comedor colocaron una alfombra que mi madre decía, era artificial, pero yo estaba segura, fue fabricada con la piel robada de una joven nutria marina que en el Ártico debía pegarse muy fuerte a sus hermanas lanudas para no perecer (corriendo el riesgo de que la echaran a empujones de la camada). A veces, aburrida, me tiraba en el suelo con la alfombra encima imaginando el dolor del animal sin piel y me arrastraba por las baldosas chocando con las piernas de mis padres, suponiendo mi ira cruda de nutria, exigiendo atención.
Ni decir lo que pasaba cuando debía bajar al comedor en la madrugada, por alguna razón; creía encontrar a cada paso el fantasma de la nutria expatriada, roja y fosforescente, que venía a recobrar lo que le habíamos quitado. Mis ruegos terminaban convenciendo a mi hermano mayor quien, valientemente iba por el agua, pero con el bate de béisbol que yo ponía en sus manos para que golpeara al bicho en la cabeza como yo había visto que hacían en televisión. Cuando volvía, me decía muy serio: “no volverá a molestarte” y se iba a dormir dejándome con la angustia del enfrentamiento. Ahora que lo pienso, mi hermano también tuvo su buena dosis lunática. Ya de adultos me confesó que le había preguntado al sacerdote, después de la primera comunión, si estaba listo para conocer dónde se escondían en las iglesias las naves que llevaban a los devotos al cielo.
Me casé a los treinta y dos, pero ni así dejé de imaginar. Mi hermano me presentó a un corresponsal que era viudo. Por ruego de mis padres lo trajeron a casa porque pensaron que el exceso de imaginación se curaría si tenía una vida propia a la que dedicarme. La tarea de entretener a los sobrinos con historias sobre la Antártica y los agujeros de ozono por donde se filtraba la luz pura del sol, únicamente habían agravado mi sentido de la realidad. Me agradó porque tenía un aire de extranjero, de caminante agotado que venía de lejos. Cuando se sentaba se desplomaba, cuando se reía o hablaba, gastaba mucha energía. Era un hombre extremo que descuidaba las tareas cotidianas, como vestirse con ropa limpia, por ejemplo, y se dedicaba a sentir con intensidad. Su cara siempre estaba caliente y su nariz fría, como si no terminara de aclimatarse. Cuando nos casamos supuse que en la noche de bodas vendría la primera esposa – cuya foto vi alguna vez cuidadosamente escondida en un cajón, regordeta y pomposamente vestida de novia – a reclamarme por el hombre que le había quitado. Me asustaba pensar en la esposa – nutria enojada, quien no había podido aguantar el ritmo de vida del extranjero y había muerto por cansancio, pero después me acostumbré a su presencia imaginaria. Se aparecía por las tardes y charlábamos largamente sobre la experiencia del matrimonio. “Es como un espejo de aumento” me decía. “Puedes ver tus propios defectos reflejados al máximo”. Yo la escuchaba atentamente porque le atribuía la lucidez y la experiencia que suelen dar la muerte.
Cuando el olor de mi esposo cambió y se tornó suave, como el de un adolescente, supuse que se había enamorado.
Su ropa volvió a estar arrugada y pasaba de viaje mucho más tiempo que el habitual; pude ver a la otra mujer a través de ese aroma y supe que era menuda y dulce. “Me engañas con una mujer que está enferma de diabetes” le dije y él abrió la boca, descubierto.
Desde ese día cambió su empleo itinerante por un escritorio y me trató con un respeto y una solemnidad que volvió las relaciones de cama una ceremonia triste. Decidí que su encanto de extranjero se había acabado para mí y dejé que mi imaginación se enamorara de cierto vecino solitario, de ojos saltones y manos grandes como garras de monstruo. La aventura fue breve y apasionada, a mí me encendía su timidez y él estaba agradecido por haberme interesado en su fealdad. Nuestro amor fue como una llamarada.
Ahora me hago cargo de mi imaginación con mucha más disciplina, tengo una alfombra lanuda, igual que la que había en casa durante mi infancia, pero la encierro bajo llave al dar las cinco porque a esa hora llega la esposa – nutria a charlar sobre el matrimonio. No sé, me parece poco adecuado que ambas invenciones se encuentren, se descubran y se incomoden, pero por suerte ella siempre se entretiene acariciando mi nueva barriga puntuda y blanca, como un huevo. “Es un dragón como el padre” le digo, mientras siento sus uñas arañar con ternura la matriz blanda y ella asiente y sonríe, antes de evaporarse.
Texto trascrito con autorización de la autora.
Fuente: http://www.solocrecer.com
Un Comentario
Solange Rodríguez Pappe
Mucísimas gracias por el espacio y la oportuniad de ganarle, al menos por unos minutos, a la realidad.
Sol