EL GRAN MONGOL
Mempo Giardinelli
Para Silvia Hopenhayn
Sueña que va a comprar botones. Azules, cuadraditos, forrados.
Alguien le informa que sólo podrá encontrarlos en El Gran Mongol, que es una casa importadora. Cree haberla visto; pero no sabe exactamente dónde queda.
Camina, extraviado, por una extraña ciudad que no reconoce.
Hasta que en el cruce de dos grandes avenidas, descubre la enorme tienda luego de un efecto que le parece cinematográfico: como si la lente de la cámara que son sus propios ojos se hubiese abierto por completo. Pero enseguida el efecto cambia nuevamente, y ante sus ojos comienzan a aparecer fotografías, que narran una historia que protagoniza él mismo.
Son fotos sucesivas, como los cuadritos de una historieta, y contienen acciones, colores y movimientos internos, fragmentarios.
En la primera, está entrando a la tienda en busca de los botones y en un escaparate los ve. Los pide a una vendedora y separa los que más le gustan. Los alza y los mira a contraluz, contento como un niño. De pronto, inexplicablemente, se pincha un dedo con una aguja. Brinca desmesuradamente hacia atrás, pisa a un hombre que pasa, y se produce un alboroto. Pide disculpas, zafa de la situación y, nervioso, se dirige a la caja a pagar los botones.
Foto dos: La cajera es una belleza, idéntica a Xuxa. O acaso es Xuxa, no lo sabe, en los sueños pasan esas cosas increíbles. Debe pagar un peso con cuarenta y cinco centavos, pero sólo tiene un billete de cien dólares que ella agarra mientras le dice que no puede aceptarlos. Pero él le explica que peso y dólar en este país, ahora, valen lo mismo porque la convertibilidad, etcétera. La chica atiende a otros clientes: a todos les da sus productos y ellos pagan y se van.
Mientras espera, observa el sitio. Es la tercera foto, panorámica: hay como un corral cuadrado, de fórmica, en el medio de un gigantesco salón. Parece Harrods, o Macy’s, o alguna de esas grandes tiendas del
Primer Mundo. Hay un MacDonald’s al fondo, varias joyerías, un sector de góndolas y escaparates de perfumerías de marcas conocidas, pasillos, gente, luces. Al cabo se impacienta y reclama. Foto número cuatro: Ya va, ya va, le dice Xuxa, y empieza a sobrarlo, a burlarse de él. Qué nariz más ridícula, dice, y esos botoncitos, un hombre grande. Él insiste en su protesta, cada vez de modo más altisonante. Siente su adrenalina, la presión que le sube. Pero ella ni le da el cambio ni le devuelve los cien dólares. Fúrico, golpea contra el mostrador y a los gritos pide por un supervisor. Xuxa, como si no lo oyera, despacha a otro cliente, sale de la caja y atraviesa el salón.
En la quinta foto, la sigue y la toma del brazo, escúcheme señorita, pero ella quita esa mano como con asco y le dice hubiera sido más político, señor, más diplomático, y él quién es el gerente general de la casa, quiero hablar con el gerente general. Aquél de bigotes, dice ella, y además es mi novio, y se aparta rumbo al baño de damas. Entonces él se dirige al tipo (foto seis), que cuando es interpelado lo mira como preguntándose quién es este loco y le dice yo no trabajo aquí, no tengo nada que ver, sólo vine a comprar unas zapatillas, camino por el shopping, no me fastidie.
Decidido a buscar al gerente, se mete en un salón donde hay un montón de mujeres que juegan a la canasta. Séptima foto: en una mesa, unas ancianas toman té con masitas, y en otra, muy larga, hay unos viejitos que visten ternos con flores en las solapas y aplauden a un tipo parecido a Leopoldo Lugones. Sale de allí y entra en un pasillo larguísimo (es la foto número ocho) a cuyos costados sólo hay escaparates iluminados pero vacíos, y puertas de vidrio cerradas cada no se sabe cuántos metros.
El Gran Mongol, se da cuenta, es como una caja de Pandora, un laberinto, pero sigue por el pasillo, que hace una curva extrañamente peraltada, y al final desemboca (foto nueve) en un enorme patio, entre andaluz y griego, perimetrado por altas paredes blancas y con una docena de columnas allá arriba, sobre los murallones de piedra, lanzadas al cielo como si tuvieran que sostener un techo imaginario. Allí ha habido una fiesta de bodas o algo así: hay muchas cosas tiradas en el suelo y los meseros van y vienen limpiando las mesas de restos de comida, y levantando papeles, servilletas, puchos, huesos de pollo, botellas vacías.
En la foto diez hay un tipo muy gordo, un obeso enorme con pinta de patriarca, que está sentado en un banquito de cocina a un costado del patio. Un mozo lo señala con un dedo mugriento: es Don Artemio, dice, el patrón. Está enfundado en un traje negro y usa corbata de moño. No parece ni mongol ni gallego. Habla con una chiquilina a la que da órdenes perentorias. Su tonada es litoraleña, acaso de entrerriano del norte. Sonríe todo el tiempo.
En la once se dirige hacia el gordo, se para frente a él, y le explica todo, especialmente su furia contra la cajera que se quedó con sus cien dólares. El gordo asiente con una sonrisa y enseguida alza una mano que deja suspendida en el aire, como para que se calle y espere, y con voz suave llama a un mozo, que se acerca con trote marcial y se queda trotando en el aire, dando saltitos suspendido sobre un mismo lugar. Decile a Teresa que me vaya preparando un guisito de arroz, ordena, y su vista queda clavada melancólicamente en una de las columnas que están allá arriba, como para no escuchar al que sueña, que está desesperado y no cesa de hablar porque necesita que se atienda su situación, su desagrado, y quiere sus cien dólares.
Pero en eso viene otro mozo (foto doce, una instantánea) y le pregunta qué vino va a querer tomar y el gordo dice elegíme un torrontés del año pasado, o si no un Rincón Famoso del ‘84, el que cuadre.
En la número trece, como el ofendido insiste en hablar del episodio y su indignación aumenta, el obeso sigue asintiendo pero con una sonrisa de cansancio, la condescendiente sonrisa del poder, que es también una mueca de intolerancia, mientras saca un cigarrillo y busca fuego, y otro mesero que pasa se lo enciende con unos fósforos Fragata, y al final dice me tienen harto no hay derecho, y lo dice suavemente aunque hay algo amenazante en su voz.
La foto catorce es un primer plano, desencajado, del que sueña:
Cómo que no hay derecho, usted también se va a hacer el burro, gordo de mierda, y entonces todos se ríen, la foto se abre como tomada con un gran angular, un distorsionante eye fish que se llena de caras y bocas y dientes, y todo se vuelve grotesco como en las películas de Fellini, hay enanos y payasos en el patio, y gordas de grandes tetas, y querubines y vírgenes y demonios a la manera de los cuadros de Rubens, y el soñante empieza a retirarse lentamente, humillado y vencido, expulsado por El Gran Mongol.
Ahora está saliendo de la enorme tienda: en la foto quince ve, en la puerta, a la cajera rubia con los cien dólares en la mano, que se dirige hacia él y le tiende el billete con desprecio: se lo manda Don Artemio, dice, para que no friegue. Y se da vuelta y se va, y él, con doble humillación, camina de regreso a su casa, a su sueño.
Cuando se despierta tiene ante sí, clavada con chinches sobre la pared, una foto en blanco y negro en la que él, de niño, viste un trajecito de marinero: pantalón corto y saco cruzado de botones que él recuerda perfectamente que eran azules, cuadraditos, forrados.
Fuente: www.revistaguaraguao.org