LITERATURA

NOSOTROS Y LOS NÚMEROS REDONDOS

 

 

Hernán Casciari

 

Acabo de cumplir treinta y tres años y por suerte no ha pasado nada; eso se debe a que la cifra no tiene ceros. Le tengo un respeto cabalístico a los números, a las fechas que sospecho claves, a los calendarios y a los ceros cuando están a la derecha. Aunque por suerte no soy el único idiota que se rige por esto de los números redondos.

Para comenzar una dieta, las señoras excedidas prefieren dejar los postres los lunes. Nunca un miércoles por la tarde. Para ser más buenos, mejores personas o esposos fieles, muchos esperamos que el año termine, y que la buena letra comience a intentarse justo el primero de enero. Como los chicos de la primaria, que mejoran la caligrafía con cada cuaderno nuevo.

Las crisis de las personas ocurren siempre cuando festejan aniversarios redondos. La de los treinta y la de los cuarenta es la que nos ataca a los hombres más a menudo. La de los cuarenta y la de los cincuenta, en cambio, es bien femenina y tiene que ver con el nacimiento de las arrugas, con la sequía de la maternidad.

Un matrimonio se descontrola, por lo general, con la comezón del séptimo año. La edad del pavo sorprende a los adolescentes a los quince. El comunismo se les sube a la cabeza a los dieciocho. Se madura a los venticinco. Se desea carne fresca otra vez a los cincuenta. A los ochenta, comienza a vivirse la yapa de la vida.

Tratar de encontrarle principios y fines cronológicos a cosas tan azarosas e intempestivas como el amor, la angustia, el desarraigo o la madurez es una manía del hombre que sirve para ordenar lo ingobernable, para fingir que se le ha encontrado el norte a una brújula desatada: la del destino.

¿Por qué no empezar la dieta de la cebolla un martes, después de la novela? ¿Para qué nos juramos -en voz baja- ser mejores personas justo el 31? ¿Por qué no un veintisiete de abril, o un seis de setiembre? ¿Por qué a nadie le ataca la crisis de la frustración personal a los veintisiete, o a los treinta y tres? ¿Por qué tiene que ser, exactamente, a los treinta?

Sentimientos encontrados. Vejez minuciosa. Amores no correspondidos. Culpas. Creemos que todo nos llega o se va cuando nace el día, cuando despedimos el año, cuando nos reconocemos en década nueva. Creemos que la estrella brillará a las cero horas de un año con muchos ceros.

Los números redondos nos provocan cosas. Deseos de balances o modificaciones sustanciales. Hormigas donde la espalda encuentra su buen nombre. Bienvenidos, entonces, los números redondos, las cifras frías, los años y los lunes por la mañana. Bienvenida cualquier cosa que nos provoque cambiar, mejorar, aceptar los errores y empezar de nuevo.

Pero hay que saber también que todos los días es un día nuevo. Que cada vez que pestañeamos algo cambió a nuestro alrededor. Que el corazón, en el transcurso de esta frase, ya bombeó otra vez sangre nueva, y ahora otra, y cuando termine este párrafo habrá bombeado cuatro veces más dentro de cada uno. Y que eso es un milagro, un azar que nos corresponde a nosotros, y no a otro. Tenemos un nombre y un apellido. Un lugar en el mundo. Algo por cambiar y mejorar.

Escribo esto un 17 de marzo, es miércoles. No ha llegado aún ni el mediodía. Nadie en este mundo (ni el lector ni yo) tenemos veinte, o treinta o cuarenta años exactos. Faltan ocho meses y monedas para otro fin de año. Y muchísimos años para que se acabe el siglo. Hoy, miércoles diecisiete, no empieza ni termina nada nuevo en estas vidas. Y sin embargo: ¿hay algo por cambiar? ¿Alguna cosa que no cierra está en nuestras manos? No esperemos, ni siquiera, a fin de mes (es mejor empezar con plata). No esperemos a los ochenta, esa yapa de la vida. Es ahora. Ahora o nunca. Ni bien leamos el punto final de esta cháchara, ni bien sepamos que el corazón de la vida sigue marcándonos el ritmo, hagamos algo para que brille la estrella.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

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