LITERATURA

ESTO NO ESTABA EN MIS PLANES

 

 

Hernán Casciari

 

No estaba en mis planes subirme a un escenario una o dos veces por semana, como si fuese un actor o una cantante gorda de ópera. Tampoco estaba en mis planes cenar todos los jueves (en un camarín gigante) con mi madre, mi hermana, mi cuñado y otros diez integrantes de mi familia. Todos juntos y apelotonados y cagándonos de risa. Como si en vez de parientes fuésemos amigos que se juntan a jugar al póker.

Todo esto iba a durar, con suerte, dos o tres funciones del mes de diciembre del año pasado. Pero primero me infarté y suspendí, y después, cuando por fin pude hacer esas funciones, la gente empezó a llenar la sala a lo bestia y, para nosotros, se empezó a convertir en un juego cada vez más divertido de jugar.

Cuando pasan estas cosas (es decir, cuando me encuentro con un juguete imprevisto que me hipnotiza) dejo de hacer las cosas que venía haciendo. Dejo de cumplir mis contratos. Dejo de tejer mis rutinas. Por ejemplo: dejé de escribir los cuentos dominicales para el diario «El Mundo» de España. Y por consiguiente dejé de proveer de material a este blog.

El mes pasado les dije a los del diario, que son unos santos, que durante un tiempo les iba a mandar textos reciclados porque tenía un chiche nuevo que me obsesionaba. Por suerte ellos, en vez de echarme con una patada en el orto (que suele ser lo habitual y también lo razonable), solamente me dijeron que me iban a pagar menos cuando los envíos no fuesen originales. Eso es amor, me parece. Y además es recíproco.

El asunto es que, cuando un proyecto me empieza a hacer cosquillas en la nuca al punto de causarme placer, no puedo compartirlo con otras actividades. Se me cruzan ideas todo el día, le busco variantes y mejoras, si estoy haciendo otra cosa la postergo… Es decir, me doy manija.

En este caso, lo que me causa un placer tremendo es la gente en grupo escuchando un cuento. Me deslumbran sus ruidos y sus reacciones.

Los actores deben saber esto desde los tiempos de la Grecia antigua, pero yo no lo sabía: la gente en grupo, cuando oye una historia, se convierte en un animal gigantesco que hace un sonido único. Respiran todos a la vez con un ritmo involuntario. Hacen «ohhh» al mismo tiempo. Devuelven una atención tan compacta que lo que te llega desde la platea se parece a una gelatina invisible. Es fascinante ver a tantas personas juntas convertirse en un único animal jadeante.

Yo no sabía esto. Cuando escuchaba a los actores decir que pasaban esas cosas con el público, siempre lo adjudicaba a la sensibilidad del gremio. Los actores se abrazan mucho, se besan mucho y también exageran un poco sus emociones. Sigo pensando lo mismo sobre ellos (y es que son un poco intensos) pero les doy la razón en algo: una muchedumbre atenta a un cuento es un espectáculo conmovedor.

El asunto es que puse a la venta las funciones en marzo para «Una obra en construcción» y se agotaron rápido. Eso yo lo tenía previsto, porque en general los lectores de Orsai más fanáticos se prenden en cualquier pelotudez que se me ocurre.

Pero cuando puse a la venta las funciones de abril y también se agotaron pronto, me sorprendí un poco: ya no eran lectores míos. Era gente que iba a la sala por culpa del boca a boca. Eso se nota mucho porque después de cada función me quedo charlando, firmando libros o sacándome fotos. Y en abril ya casi no conocía ninguna cara.

Y entonces pasó algo muy raro. Puse a la venta las funciones de mayo y se agotaron en veinticuatro horas. Y tuve que poner a la venta las de junio. Pero como esas también se están agotando, decidí salir de la Capital algunos fines de semana. El sábado pasado estuve con mi familia en La Plata y, por primera vez, hicimos dos funciones seguidas, durante la misma noche.

Fue muy raro. Yo no sabía qué carajo podía pasar. Como no soy actor, me da mucha vergüenza repetir dos veces lo mismo: me da la impresión de que tengo alzheimer.

Y además, la gran pregunta: ¿cómo me podía pegar estar ocho horas en el mismo ambiente con mi madre Chichita (que es muy rompebolas) y con otros doce integrantes más de mi familia? ¿No era eso, hasta hace poco, una especie de pesadilla espantosa, una especie de Navidad eterna llena de parientes?

Y sin embargo pasó todo lo contrario. Fue gracioso y divertido compartir con ellos esa noche larga. Descubrimos que el público de las veintiuna es distinto al público de la medianoche, y que caminar por los pasillos internos de un teatro tiene algo de fantasmal y de onírico. Y aprendí a firmar libros a contrarreloj, porque tenía que subirme al escenario de nuevo, y supe que no existe el mismo cuento contado dos veces, porque las historias cambian cuando los ojos que las miran son nuevos.

Ahora nos cebamos… Vamos a seguir todos los jueves en la sala Santos, de Chacarita. Y seguiremos saliendo algunos fines de semana. Ya están definidas algunas fechas en Córdoba, en Rosario y en Montevideo.

Ahora estoy un poco inquieto, porque el próximo veinte de mayo va a pasar algo que nunca pensé que me iba a animar a hacer. Voy a llevar mis cuentos al Teatro Argentino de Mercedes. Y esta vez los invitados no serán famosos como en las funciones de Buenos Aires. No estará Pergolini, ni Kevin Johansen, ni Mercedes Morán, ni los actores o músicos sorpresa que me acompañan cada jueves en la sala de Chacarita.

En Mercedes invité a personas con las que nunca imaginé que me subiría a un escenario. Personajes reales de mis cuentos que harán de ellos mismos. Seguramente saldrá mal, como cada función que hacemos. Porque no somos actores ni queremos serlo. Porque no sabemos los textos de memoria. Pero en esas imperfecciones, creo yo, está el placer que provocan esas noches.

En la función de Mercedes estarán, como siempre, mi mamá Chichita, mi cuñado el Negro Sánchez, mis primos y mis sobrinos. Pero en esta ocasión, por ser una noche única, invité también al escenario a mi hermana Florencia, al cocinero Comequechu y a mi amigo Chiri Basilis.

Y los tres me dijeron que sí.

El último de ellos, es verdad, a regañadientes.

Esa noche (la del viernes veinte de mayo a las nueve de la noche) vamos a estar muy bien y muy relajados, o vamos a estar con cagadera y llenos de nervios. Puede pasar una cosa o puede pasar la otra. Lo único seguro es que va a ser inolvidable.

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