LITERATURA

EN EL TREN

 

 

Luzrosario Araujo G.

 

Entré en el compartimiento del tren que me llevaría de París a Frankfurt y me acomodé en el único lugar disponible, tres hombres taciturnos, de piel grisácea y ojos color del oro, eran mis únicos compañeros de viaje. Hablaban entre sí en voz baja, como si se confesaran. Por el murmullo de sus voces, repleta de sones y vaivenes lejanos de mil y una noches, deduje que usaban algún lenguaje remoto desconocido por mí. Sus ropas occidentales intentaban, sin lograrlo, camuflar sus verdaderas raíces, sus orígenes lejanos de alfombras y Aladinos.

Saqué de mi bolso un libro, se notaba con claridad que era una traducción al español, les enviaba un mensaje, les aseguraba que sus confidencias estarían a salvo conmigo. Antes de concentrarme en la lectura, solté mis cabellos que llevaba asegurados con una vincha; estos cayeron sobre mi espalda. Moví continuamente la cabeza para relajar mi cuello y mis hombros. Las hebras se deslizaron suaves al ritmo del vaivén que realizaba. Sentí los labios resecos y con el lápiz labial los lubriqué.

Al principio no caí en cuenta de la mirada inquisidora de esos tres pares de ojos pálidos. Tres rostros, que percibí como desde un velo gris, clavaban sobre mí los faros de sus linternas. Me observaban a tal punto que me hicieron sentir incómoda, como si hubiera cometido una imprudencia o quebrado una regla de convivencia en las cabinas de pasajeros de tren. Ahora existiría no sólo la frontera de los signos desconocidos, remotos de nuestras culturas, sino también, el ser ellos hombres y yo mujer.

Suspiré aliviada cuando esos ojos inquisidores se apartaron de mí. Experimenté, por un segundo, la sensación de paz, luego se volvieron a dirigir entre sí una expresiva mirada. Y cuando ésta retornó, penetrante a mí, la sostuve; el reto duró unos segundos; no me dejé intimidar.

A partir de ese momento el viaje continuó en un ambiente de Antártica. Los hombres apenas continuaron susurrándose y rara vez volvieron a mirarme. Permanecieron como perdidos en el laberinto de sus pensamientos, rememoraban, talvez me equivoque, sus anhelos, o el temor que sentían al percibirse en ese tren que los alejaban de sus jarrones mágicos y sus mujeres con velos.

Mientras yo trataba, inútilmente, de diferenciar en mi libro a los Valois, de los Médicis y los Guisas, llegamos a nuestro destino. Mentalmente me despedí de aquellos compañeros con quienes las circunstancias me habían unido unas horas en el mismo destino.

Tomé un taxi y me dirigí al hotel en donde tenía reservada una habitación. Recuerdo aún el susto que contuve cuando en la recepción me encontré con los tres compañeros que acababa de dejar en la estación. Recordando que habíamos pasado juntos algunas horas en ese compartimiento del tren, les regalé una generosa sonrisa como saludo.

Percibí su sorpresa. Ante mi familiaridad se desconcertaron. Me respondieron casi indiferentes con un vago gesto con la cabeza. Volví a sentir el filo de la mirada que se enviaban entre ellos. Luego, se encaminaron al ascensor y para sorpresa mía un par más de esos mismos rostros afilados, casi idénticos, se les acercaron. Juntos continuaron caminando, hablando con ese mismo murmullo de sones que comenzaba a serme familiar, y se perdieron de mi vista.

Luego de establecerme en el hotel salí a recorrer los alrededores de la ciudad. Al regresar noté que la puerta de mi habitación estaba semiabierta, la abrí. Me sorprendí descubrir dentro de ella docenas de cuerpos hincados sobre sus rodillas, con sus torsos inclinados hasta el suelo, creo, no estoy segura, con las manos extendidas.

Me alejé temblorosa, de pánico, consciente de haber profanado una habitación que no era la mía. Mis prejuicios sobre fanatismo religioso, de ciertos grupos, me hicieron temer lo peor. Había visto aquellos hombres meditando. Supuse que practicaban algún rito especial pues no descubrí entre ellos ni una sola mujer. Esa noche aseguré todas las cerraduras, hasta la silla, la mesa, y la misma cama, coloqué contra la puerta de mi habitación; permanecí pendiente de los pasos que se daban en el corredor.

Pasé toda la semana dominando la paranoia, para poder salir a visitar la ciudad. Pero no lograba tranquilizarme, yo, constantemente, volvía a encontrarme con los hombres del tren.

Siempre me imaginaba en peligro inminente, ojos acechándome, huellas y pasos detrás mío. Susurros.

Un día no soporté la presión de encontrar rostros de los que no podía definir sus diferencias y dejé la ciudad; estaba consciente de que mi falta de mundo me estaba limitando…

 

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Fuente: https://luzrosarioaraujo.wordpress.com/2016/05/02/en-el-tren/

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