LITERATURA

ESTO NUNCA EXISTIÓ, PIBE

 

 

Mempo Giardinelli

 

Acaba de morir la persona que me ayudó a salir del país en plena dictadura. Fue después del golpe, cuando yo trabajaba por la mañana en el diario Crónica y por las tardes en la revista Siete Días.

Entre 1971 y 1976, fui delegado sindical de la vieja Asociación de Periodistas de Buenos Aires, y este hombre era la mano derecha de la familia Civita en la hoy desaparecida Editorial Abril. Con él mantuvimos un constante y a veces durísimo enfrentamiento sindical y nunca disimulamos el desprecio que nos dispensábamos.

En esos tiempos el periodismo argentino vivía bajo la espantosa opresión de las Tres A de López Rega y sus secuaces apellidados Villone y Conti. A quienes, ya con Videla, sucedió un oscuro Capitán Carpintero, como para estirar la grisura de los censores. El resultado, como se sabe, fue una carnicería en nuestro gremio y en nuestro país.

En los mismos días en que se produjo el golpe de estado, la Editorial Losada planeaba lanzar mi primera novela, pero obviamente decidieron retenerla en bodegas y no se atrevían a distribuirla. Con muchos otros libros sucedió lo mismo. Hasta que una noche de comienzos de junio, por vaya a saber qué rutina o denuncia (si es que entonces eran cosas diferentes) cayó el Ejército a la editorial. El allanamiento incluyó la quema de libros, entre ellos el mío y una novela de Eduardo Mignogna y otra, creo, de Ricardo Piglia. Uno de los editores me avisó de inmediato y esa misma noche recibí amenazas más directas. Abandoné mi departamento y no fui más a trabajar.

Pasé momentos muy feos, aunque también descubrí la maravillosa solidaridad de algunos amigos. Estuve en dos o tres casas, mientras decidía cómo salir del país. Pero no tenía dinero, ni propiedades, ni una estructura política que me apoyara puesto que ya no pertenecía a ninguna. Ni siquiera tenía pasaporte.

Así que al cabo de dos o tres semanas, no recuerdo bien, y ya desesperado, decidí llamar a este hombre, que a la sazón era presidente del directorio de la Editorial Abril. Era muy poderoso, creo que por entonces era testaferro o algo así de la familia Civita, que ya se había empezado a mudar a Sao Paulo, Brasil, donde fundaron el actual emporio periodístico que lleva el mismo nombre de mes que tenía en la Argentina.

—Estaba esperando tu llamada —me dijo, tuteándome por primera vez, pues hasta entonces habíamos sostenido un duro, siempre conflictivo usted.

—Bueno, entonces sabe por qué lo llamo —le dije—. Necesito ayuda para irme y no sé dónde encontrarla.

Me citó en la planta alta del Florida Garden a las seis de la tarde del día siguiente. Yo no pude dormir preguntándome por qué razón ese hombre iba a ayudarme, si durante años habíamos sido adversarios. Podía entregarme fácilmente y eso me aterraba, pero no tenía respuesta ni con quién consultar nada. Me reproché haber aceptado la cita en ese café tan botón, seguramente atestado de policías y servicios. Pensé no ir o proponerle vernos en Harrod’s, o en el Augustus o cualquier otro café de la zona.

Pero al día siguiente me dirigí, nomás, a la cita. No quise avisar a nadie, para no comprometer a terceros. Era una jugada a cara o cruz.

El hombre, trajeado, altísimo y serio, había terminado su café cuando llegué y me senté en la silla de enfrente. Fue al grano.

—Qué necesitás y a dónde querés ir.

—No tengo nada —le dije—. Ni pasaporte ni dinero. Ni culpas. Y quisiera ir a un país en el que pueda laburar en castellano. España, Venezuela, México, me da lo mismo.

—Necesito fotos tuyas —dijo—. ¿Tenés?

Le dije que no y me pidió que le hiciera llegar una con urgencia. Pero por favor, aclaró, sin barba y con pelo corto.

Me fastidió un poco cierta sonrisa suficiente que creí verle, pero le prometí que esa misma tarde le mandaría un par, así su servicio sería completo.

El hombre soslayó la ironía y pagó su café y el mío, que llegaba en ese instante.

—Hacémela llegar esta tarde y te veo aquí dentro de tres días, a la misma hora —y se retiró.

Esa tarde me corté el pelo y me afeité. Me dejé el bigote tupido y me peiné a la gomina. Si me llegaba a poner anteojos oscuros, ya se imaginarán a qué me parecía. Me tomé las fotos y se las hice llegar con una amiga que iba para el centro.

Tres días después volví a sentir que entraba a la boca del lobo, pero no tenía alternativa. Y allí estaba él. La misma mesa, el mismo traje, la misma expresión suficiente y carente de emociones. No terminé de sentarme, cuando él me extendió un sobre alargado y poniéndose de pie me disparó tres frases cortitas e inolvidables:

—Todo esto nunca existió, pibe. Yo no te ayudé. Que tengas suerte.

Y bajó por la escalera, mientras yo lo seguía con la mirada hasta que se perdió entre el gentío de la planta baja.      Entonces revisé el sobre: había un pasaporte irreprochable; un boleto a México, vía Caracas, por Pan American, solo de ida y para tres días después; y 60 dólares en tres billetes de 20.

La partida fue otra sucesión de miedos: aguantar la ansiedad de esos tres días, cruzar dos retenes en el trayecto a Ezeiza, las horas tensas antes de subir al avión, y la tensión suplementaria de los últimos minutos antes de levantar vuelo.

Después, en esta historia, hay un hiato de casi nueve años.

Regresé del exilio en diciembre de 1984 y creo que fue algunas semanas después cuando me decidí a ir a visitarlo al diario «Tiempo Argentino», que él había fundado y dirigía, según se decía con dinero de la Marina o de Massera.

En el larguísimo edificio del fondo de la Avenida Vélez Sársfield, antes del puente sobre el Riachuelo, sentí el choque de mis emociones. Yo había trabajado allí en el breve diario «La Tarde» con Jacobo Timerman, en el tremendo verano del ’76. Y ahora allí mismo, arriba, en la pecera superior de la dirección del diario, en vez de Jacobo se veía la figura imponente de este hombre. Que justo se dio vuelta y miró hacia abajo, como para vigilar el estado de la redacción poblada y ruidosa, y me vio. Le vi la sonrisa desde lejos, yo también sonreí, y caminé hacia su oficina.

Me hizo pasar enseguida y estuvo muy amable. Me preguntó por México, por la que había sido mi mujer y por mis hijas, y hasta me dijo que había leido mi novela «Luna caliente», que por esos días había editado la editorial Bruguera. Y después me preguntó qué necesitaba.

—En realidad, sólo vine a agradecerle lo que hizo —le dije.

Él vaciló un segundo, pero enseguida se repuso.

—No hay nada que agradecer. Yo nunca hice nada por vos —Y sonrió, creo que divertido. Y cambió de tema—. ¿Necesitás trabajo?

—No, gracias —le dije—. Ya tengo.

Y nos dimos la mano y nunca más lo vi. Años más tarde, lamenté que fuera hombre de Menem, pero, después de todo, entendí que era coherencia pura, nomás.

Y ahora que me entero de que Raúl Horacio Burzaco ha muerto, esta semana, me parece que estas líneas son un poco el agradecimiento que él nunca quiso aceptar, y otro poco un testimonio mío, nomás.

Que descanse en paz.

 

Fuente: http://cosario-de-mempo.blogspot.com/

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