PARÁ LA PELOTA Y LEVANTÁ LA VISTA
Hernán Gude Giorgi
Quizás exista algún árbol que nos impida ver el bosque y no nos demos cuenta. Démonos tiempo para una pausa, para que revisemos nuestros objetivos y reflexionemos si hay esfuerzos mal dirigidos o una rutina que no nos conduce hacia nuestras metas.
¿Qué hace un jugador de fútbol cuando se detiene en medio de la cancha, piensa y hace un pase que, muchas veces, termina siendo un gol del compañero que recibió ese pase? A eso se lo suele denominar «parar la pelota», o sea detener esa carrera por conseguir un objetivo, que quizás se convirtió en rutina, y pensar si existe otra alternativa mejor para llegar a esos objetivos, quizás, en menor tiempo del estipulado y ayudándose en alguien o en algo que facilite el logro.
El «día a día» y la rutina son útiles y muchas veces posturas cómodas, pero no siempre son buenos consejeros. Parar la pelota, abstraerse de esa rutina y tomarse un rato para reflexionar acerca de los procedimientos que estamos utilizando para lograr nuestros objetivos es una inversión, más que una pérdida de tiempo. El secreto es ser consciente de que necesitamos esos espacios de reflexión en pos de una mejora.
Para entender mejor esta idea los invito a leer el siguiente cuento:
«El Hachero»
Había una vez un hachero que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún; así que el hachero se decidió a hacer un buen papel. El primer día se presentó al capataz, quien le dio un hacha y le designó una zona. El hombre entusiasmado salió al bosque a talar. En un solo día cortó 18 árboles. -Te felicito, dijo el capataz, sigue así.
Animado por las palabras del capataz, el hachero se decidió a mejorar su propio desempeño al día siguiente; así esa noche se acostó bien temprano. A la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo el empeño, no consiguió cortar más que 15 árboles. -Me debo haber cansado -pensó y decidió acostarse con la puesta del sol. Al amanecer se levantó y decidió batir su marca de 18 árboles. Sin embargo ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron 7, luego 5 y el último día estuvo toda la tarde tratando de voltear su segundo árbol.
Inquieto por el pensamiento del capataz, el hachero se acercó a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se esforzaba al límite de desfallecer. El capataz le preguntó:
-¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez?
– ¿Afilar?, no tuve tiempo de afilar, estuve muy ocupado cortando árboles.
Cuántas veces estamos tan ocupados en lo que nos parece urgente, que le restamos tiempo a lo importante. Ahora pensemos: ¿Cuál es el hacha no estamos afilando? ¿Más coaching con el supervisor?, ¿Capacitación?, ¿Finalizar una carrera de grado o realizar una especialización?, ¿Revisión de los objetivos personales?, ¿Un cambio en el trabajo o un cambio de trabajo? Quizás exista algún árbol que nos impida ver el bosque y no nos demos cuenta.
Démonos tiempo para una pausa, para que revisemos nuestros objetivos y reflexionemos si hay esfuerzos mal dirigidos, carencia de alguna habilidad, tiempo mal utilizado, rutina que no nos conduce hacia nuestras metas.
Invirtamos tiempo en nosotros, pensemos en nuestros objetivos y vislumbremos el camino a desandar para llegar a ellos, ¿es el correcto?.Esto no es más que una invitación a evaluar el pasado, observar el presente e imaginar el futuro. Parafraseando al escritor irlandés Charles Handy, pensemos que «lo más maravilloso del futuro es que podemos inventarlo».
Colaboración de Luis Germán Flores de la Rosa
Fuente: http://www.bumeran.com.ar