LA CIENCIA DE AYUDAR A LOS DEMÁS
David Fischman
En un artículo anterior comenté sobre los beneficios de dar, de cómo nuestro cuerpo genera una respuesta fisiológica positiva cuando ayudamos a los demás. Es como si se nos premiara por servir. Algunas personas podrían considerar egoísta ayudar a los demás, cuando en realidad lo que buscamos es sentirnos mejor; es decir, nuestro propio beneficio. ¡Enhorabuena por quienes quieran servir porque se sienten bien! Al final, estas personas ayudan a personas necesitadas y mejoran la sociedad. Ojalá hubieran muchos que hicieran este servicio egoísta. El mundo sería un lugar mejor para todos. Pero, ¿cuál es la mejor forma de hacerlo? Allan Luks y Peggy Payne contestaron magistralmente esta pregunta en su libro The healing power of doing good.
Hay personas que ayudan con dinero a algunas organizaciones, otras ayudan administrativamente, pero la ayuda que tiene un mayor impacto en nuestra mente y nuestro cuerpo es la ayuda personal; cuando tenemos contacto directo con la persona necesitada. Según las investigaciones, la ayuda con contacto personal tiene un impacto tres veces más fuerte en nuestra sensación de bienestar. Cuando ayudamos de forma directa podemos observar mejor las consecuencias de nuestros actos en los demás. Otro aspecto importante es la frecuencia de la ayuda. En un estudio sobre tasas de mortalidad, aquellos que hacían servicio con una regularidad semanal tenían la tasa de mortalidad más baja. Otros estudios han demostrado que hacer servicio por dos horas a la semana es el ideal en términos de beneficios para nuestra salud. En cuanto a quién ayudar, quedó muy claro en las investigaciones que el impacto fisiológico de bienestar generado por la ayuda se manifiesta con más fuerza en aquellos que ayudan a desconocidos.
Es como si Dios nos premiara por incrementar nuestra sensación de unión con la raza humana. Finalmente, un aspecto que los investigadores encontraron como fundamental para conseguir los beneficios de dar es que las personas que hacen servicio dejen de lado sus expectativas. Una persona que ayudaba a pacientes me comentó con tristeza: «He acompañado a este paciente que tiene cáncer terminal todas las semanas y ¿tú crees que me ha dicho alguna vez gracias? Al contrario, siento que cada vez que voy le molesta mi presencia y se descarga conmigo». Esta persona estaba estresada y no conseguía tener la sensación de felicidad que te da el servicio. Sentía frustración. Es humano esperar que cuando hacemos servicio recibamos una muestra de agradecimiento, pero eso es, justamente, lo que no debemos hacer. El servicio logra su mayor impacto en nosotros cuando lo hacemos sin esperar nada a cambio, sin expectativas, ni siquiera de un «gracias». Cuando realmente nos concentramos en el otro y le damos nuestro cariño y amor sin importar que nos haga sentir reconocidos. No necesitamos hacer servicio con enfermos o ancianos.
Podemos hacerlo en nuestra oficina siguiendo las recomendaciones de este artículo. Por lo menos una vez por semana en la oficina haga algo por otra persona que no haría normalmente. Quizás sea agradecerle por el trabajo, o llevarle algún gesto de cariño, o facilitarle el trabajo de alguna forma. Nada que esté en sus funciones, más bien algo inesperado que no tenga que hacer por otra persona. Un acto de bondad y generosidad. Hágalo sin ninguna expectativa, solo pensando en hacer el bien. Si lo hace, no solo se sentirá muy elevado como persona, sino que, además, estará elevando la confianza y la sensación de comunidad y unión en la empresa, contribuyendo a generar un mejor clima para trabajar. Paradójicamente, todos aquellos que sienten estrés porque el tiempo no les alcanza, al dedicarle un tiempo al servicio, ven cómo su estrés empieza a disminuir.
Fuente: http://ediciones.prensa.com