REFLEXIONES

EL VALOR DE LAS ACTITUDES

Jim Rohn

“Las Estaciones de la Vida”

Independientemente de las inclinaciones religiosas o intelectuales de cada uno, es difícil no creer que, de alguna manera, los humanos estamos dentro de un gran esquema gobernado por un poder que algunos pocos, si es que alguno, entendemos.

Estoy personalmente convencido de que el hombre viene de algún lugar, que su inteligencia existió en alguna parte, antes de venir a este mundo. Creo que su inteligencia individual, su misma existencia, vivió en alguna parte, creciendo, aprendiendo, tratando, fracasando, y teniendo éxito, pero siempre creciendo.

Si nuestro resultado es tres o es diez en esta esfera terrestre, es solamente un paso, en algún plan metódico de eterna progresión, donde, de alguna manera, seguiremos avanzando hacia una nueva vida que seguirá o retrocederá. Y allí veremos a aquellos que amamos, quienes avanzaron antes que retroceder, pasar por encima de nosotros hacia una nueva conciencia, y una mejor comprensión de las cosas.

Quizás esto es lo que “el infierno” y la “maldición” deben ser. Imaginen la agonía de descubrir que estábamos siendo “probados”, sin estar conscientes, y en lugar de un crecimiento personal duradero, una conciencia más profunda, una nueva comprensión, elegimos la promiscuidad, la desidia, el reproche y la vida fácil.

Y a aquellos a quienes más amamos en esta tierra, que eligieron los beneficios más duraderos de su “prueba en la tierra”, los veremos progresar ante nuestros ojos, mientras nosotros nos quedaremos atrás, sin esperanza alguna de poder hacer algo para alcanzarlos.

Nuestra eterna condena será la conciencia del valor del amor y la honestidad, y muchas otras virtudes humanas positivas existentes, que nuestros seres amados poseen, quienes desde ahora y para siempre, estarán más adelantados en la progresión eterna. Y ya no podremos hablar, tocar, besar, expresar emoción… pero, deberemos siempre estar conscientes de su existencia, aunque ellos no estarán conscientes de la nuestra.

A medida que leo, pondero y especulo sobre la gente, sus hechos y su destino, me convenzo cada vez más que es nuestro destino natural, crecer, tener éxito, lograr prosperidad, y encontrar la felicidad mientras estamos aquí.

En un país donde la oportunidad abunda, está dentro del alcance de cualquier ser humano encontrar la realización personal en su propia vida, buscando lo mejor que existe, incluyendo la riqueza.

Contrariamente a las enseñanzas de algunas religiones, la riqueza no es mala, la pobreza es mala. Porque la pobreza (excepto en algunos casos extremos) reprime a los individuos, o grupos de individuos, quienes eligieron no usar sus talentos, sino que prefirieron permitirle a los que han descubierto y usado sus talentos, que se ocupen de ellos.

Estoy consciente que se ha dicho, por parte de aquellos con autoridad divina que: “el humilde heredará la tierra”, pero, me pregunto, dónde dice que para ser “humilde” usted también debe ser pobre. Eso es totalmente absurdo… es una racionalización burda usada por los perezosos para justificar su falta de voluntad hacia el progreso, y cuando digo perezosos incluyo a los que han renunciado ante la dificultad, así sean ellas grandes dificultades. Aquellos que se comprometen lo menos posible con una causa, profesión u ocupación y, definitivamente, debo incluir a aquellos que ni siguiera intentaron hacer un esfuerzo para mejorar su situación.

Imagine a Washington decidiendo no intentar cruzar el río porque no se ve bien al otro lado del Delaware. Imagine a Lincoln dándose por vencido porque fue avergonzado cuando fue soldado, falló como hombre de negocios, o fue estruendosamente abatido en las encuestas entre sus colegas. Imagine a John Kennedy decidiendo no permitir el viaje a la luna, para hacer de Estados Unidos el primer país en hacerlo, no solamente ante nuestros ojos, sino ante el resto del mundo.

Finalmente, imagine un mundo sin contribuciones como esas, de grandes hombres que sobrepasaron la adversidad con talento, deseo y total determinación, para dejarnos un mundo un poco mejor del que encontraron.

Si no quedó claro mi punto, déjenme decir que es bien conocido aquí y ahora, que Dios, o cualquier poder que esté detrás de nuestra existencia, no quiso que nosotros falláramos, nos hundiéramos en la pobreza, la autocompasión, el automartirio, o la mediocridad, en ninguna forma. Ese no es el gran designio del hombre.

El ser humano está bendecido con la materia prima necesaria para progresar, tal como: imaginación, ideas, inspiración, y una capacidad intelectual por desarrollar… y esa capacidad es totalmente ilimitada. La única limitación colocada en nuestras habilidades, es nuestra incapacidad para reconocer fácilmente nuestra naturaleza ilimitada.

Hay que hacer un esfuerzo para estar conscientes de nuestras asombrosas e ilimitadas habilidades. Hay que hacer un esfuerzo para ser más entusiastas con una causa o una ocupación. Hay que hacer un esfuerzo para continuar cuando nuestros resultados, y nuestros amigos, nos dicen que no sigamos tratando. Hay que hacer un esfuerzo con las cosas que pasan, las alegrías y las penas de la vida. Hay que hacer un esfuerzo también, para aprender a amarnos por encima de todos los demás, especialmente, cuando estamos conscientes de nuestras equivocaciones, nuestras dudas y nuestras tragedias.

Sin embargo, fallar no necesita esfuerzo. Solo requiere algo más que un lento deterioro de la actitud sobre nuestro presente, nuestro futuro, y nosotros mismos. Es irónico que una de las pocas cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aún así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control.

Debido a nuestra actitud, decidimos leer o no leer. Por nuestra actitud, decidimos intentar o darnos por vencidos. Por nuestra actitud, nos culpamos a nosotros mismos por nuestros errores, o culpamos tontamente a otros. Nuestra actitud determina si amamos u odiamos, decimos la verdad o mentimos, actuamos o posponemos, avanzamos o retrocedemos; y por nuestra propia actitud, nosotros, y sólo nosotros, decidimos si tendremos éxito o fallaremos.

Qué increíble es que el mismo Dios, que creó el complejo e inmenso universo, haya creado la raza humana dándole la libertad de elegir libremente sus propios logros o su propia destrucción.

Este extraño pero sabio Dios, nos dio una esfera delicadamente balanceada llamada tierra, y sobre ella, colocó al ser humano que puede desarrollarla o destruirla. ¡Qué terriblemente fascinante que Dios hubiera dejado los dos proyectos, la tierra y los humanos, sin terminar!

A través de los ríos y arroyos no construyó puentes; dejó los cuadros sin pintar, las canciones sin hacer, los libros sin escribir, y un espacio inexplorado. Para lograr todas esas cosas, Dios creó un ser humano incompleto quien, con su mente y su corazón, tuviera la capacidad de hacer todas esas cosas y más, dependiendo de su propia elección.

La actitud determina la elección, y la elección determina los resultados.

Todo lo que somos, y todo lo que podemos llegar a ser, ha sido, definitivamente, dejado a nosotros para elegir. En el mismo momento en que está leyendo estas palabras, su actitud ha determinado lo que es usted.

Su entusiasmo, su intensidad, la fe en usted mismo, la paciencia con usted mismo y con otros, y la emoción infantil acerca de su futuro ilimitado es el resultado de una simple palabra: actitud.

El trabajo de Dios está terminado, pero el trabajo de crear su mejor futuro apenas ha comenzado. Mientras usted tenga vida, tendrá la oportunidad de finalizar ese trabajo, y el hacerlo, completará el trabajo que Dios dejó incompleto. ¡En los ciclos y estaciones de la vida, la actitud lo es todo!

Fuente: http://www.usatupc.com

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