LITERATURA

MISTER PRESIDENT

Luzrosario Aráujo G.

“A-Preciado Juan” 

Los viernes, cuando baja el calor y la luz del sol, comienzo a inquietarme, el tic que me domina cuando estoy nervioso, que me obliga a dar saltitos con todo el cuerpo una y otra vez en el mismo lugar, temo delate mi impaciencia. Espero que los minutos corran y, por fin libre de la agobiante semana de trabajo, huir hasta llegar a lo más profundo de mi obsesión, el bar. Ahí me reúno con mis compañeros.

Bar nada espectacular. Por su cercanía al trabajo es una tradición frecuentarlo. Sus cinco mesas redondas, de madera dura y de olores familiares, abarcan casi todo el ambiente, sus sillas desgastadas por el mal uso están, muchas de ellas, sueltas, destartaladas. Como de costumbre, desde mi mesa observo todo el local. Sus paredes tan viejas como la pintura que las cubre, y que hace meses comenzó a descascararse, son testigos de muchas de mis alegrías, mis tristezas, y lo más importante, de mi secreto. Las siento solidarias conmigo. Me llama la atención los ojos de la mujer de un afiche, de lejos como enamorándome me observan, me hacen olvidar por segundos a la Monroe. Son esos posters amarillentos, con las puntas rotas y arregladas con cinta adhesiva, son los que ocupan mis pensamientos un momento.Desde mi silla diviso en un rincón la vieja rockola, grande, me incita con sus labios sedientos de monedas. Y cuando las inserto, éstas corren a través de su garganta y como diosa de sirenas comienza a encantarme, y no soy como ése a quien sujetaron a su mástil, ni me vendan los ojos. Yo caigo en las redes de la música. Mis amigos llenan con sus risas el salón, entre cerveza y cerveza intercambiamos chistes, conversamos. Abrazados todos juntamos nuestras voces a la de Julio Jaramillo y lloramos contentos. La voz y la letra de sus canciones nos sacuden, hacen aflorar la sensibilidad que teníamos escondida, amordazada, y que cuando se ha ingerido licor aprovecha y sale para apoderarse de nosotros.Descubrimos nuestra amistad, nos susurramos sentimientos compartidos y nos hacemos juramentos, convencidos de que la diferencia que nos dominaba los demás días de semana en el trabajo, no existe. Como no existe aquella apática indeferencia, cuando sin siquiera proponernos nos enteramos de algún infortunio en casa del compañero.

Me quedo con ellos hasta la madrugada del sábado. Esto lo respetan mi mujer y mis hijos, pero con el fin de hacer mi regreso a casa un suceso, y que la borrachera sea olvidada pronto, compro de paso a esa hora en el ya despierto mercado pan recién horneado, carnes, frutas y legumbres, y con las fundas a cuestas silbando regreso a casa.

Antes de llegar al bar y empezar a beber me digo y repito mil veces que debo evitar el parque que está a unas cuadras de mi casa. En la madrugada, ahí escondido, me espera el loco de la luna. Muchas veces, cuando creo haberlo evitado, me paraliza con sus chiflidos obligándome a esperarlo. Indiferente a sus gritos, algunas veces, he seguido caminando pero él corre hacia mí y hala de las fundas, tratando de hacerme caer.

En cada ocasión insiste que lo acompañe y que nos sentemos a charlar. Si me niego el muy necio se coloca a mi lado, camina junto a mí, me critica el estado en que me encuentro y burlándose de mi caminar, imita grotescamente mis pasos. Así llegamos a su lugar preferido, el árbol. Este abarca casi todo el parque y sus ramas alegradas por la brisa del amanecer, refrescan el lugar. Y luego el loco comienza con su habitual tema, con la cantaleta de la luna. Que ella no es más que un conducto, que sólo es una ventana del cielo. En cada ocasión insiste en lo mismo. Levantando la voz llama por su nombre a todos los dioses del Olimpo. Seguro está de ser escuchado por ese conducto. Yo siempre le hago callar porque me avergüenzan las burlas de los vecinos. El loco es invisible y al único que permite verlo es a mí. Los vecinos, viéndome borracho, aparentemente solo, me gritan de todo, estúpido, loco, imbécil, que me largue a mi casa y los deje dormir.

Pero el loco, ignorando a los vecinos, sigue junto a mí. Halándome del brazo me lleva hasta el fondo del parque, hasta el escondite donde guarda la escalera y una varilla. Con dificultad cargamos la escalera y la apoyamos sobre el árbol. Hace que me desembarace de las fundas y los zapatos, y con la vara en la mano me obliga a escalar.

El loco siempre a la cabeza va decidido y me ayuda a subir. Al llegar a la primera rama se hace más fácil continuar y de rama en rama vamos dominando al árbol. Con la vara tratamos de tocar y llegar hasta el brillante conducto. Dirijo mis ojos hacia arriba y con los brazos en alto intento, una y otra vez, vanamente llegar al orificio que parecía estar frente a mi propia nariz. Tan sólo unos centímetros, me dice el loco, y lo lograremos.

Concentrados estamos en nuestra labor cuando una voz de mujer nos distrae. Es la mía quien viene a rescatarme de las garras del loco, le acompaña como siempre mi hija. Ella, por su juventud, trepa al árbol con una habilidad increíble, me sujeta fuertemente y me obliga a descender. Las caras de indiferencia que ponen las dos mujeres expresan que conocen de memoria la historia. Ellas se encargan de dejar la escalera y la vara en su escondite habitual. Me ayudan a atravesar el resto del parque, y las fundas en poder de las mujeres pierden su peso y bailando a mi ritmo llegamos todos a casa. Mis otros hijos, ya despiertos, olvidándose de lo borracho que estoy, sacan los comestibles. Felices llenan la casa con sus risas, pero mi mujer, con los ojos fijos siempre en las compras me grita, esta vez, ¡Falta la sal! Es lo último que recuerdo. Caigo en un sueño profundo y sonrío. Se diría que la risa no contenida se me escapa de dormido. Siento que por fin ese momento está llegando. Todo un ritual completo, cumplido minuciosamente para arribar a la culminación. Mi recompensa especial. Llego al mundo de la Monroe. Ella, con sus sexys, carnosos labios, deja escapar su voz y canta sólo para mí. Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday Mister President, happy birthday to you. 

Texto transcrito con autorización de la autora.  

Fuente: http://www.solocrecer.com

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