HISTORIAS

PUREZAS

 

 

Luis Miguel Campos

 

Recuerdo que siendo niño tenía dos vecinos que eran conocidos en todo el barrio por celebrar con euforia las fiestas patrias. El uno era blanco y barbado y el otro moreno y lampiño, y aunque ambos se detestaban y evitaban el saludo, se parecían en que cada Doce de Octubre engalanaban las fachadas de sus casas con alegóricas leyendas. El barbado lo hacía con símbolos alusivos a España, como la bandera, la cruz y un letrero enorme que decía: “España dio a América civilización y cultura”, mientras que el lampiño, coleccionista de trajes indígenas, decoraba la acera con monigotes que representaban las vestimentas típicas de varios grupos indígenas ecuatorianos, a los que coronaba con un cartel que decía: “España destruyó todo, se llevó el oro y nos dejó la miseria”.
Un Seis de Diciembre que se conmemoraba la fundación española de la ciudad, el barbado rompió el silencio del barrio sacando un tocadiscos a la acera en el que puso cuanto disco de pasodobles tuvo a mano, a lo cual el lampiño irrumpió con su propio equipo de sonido y contrarrestó el pegajoso ritmo con un sin fin de sanjuanitos, albazos, y otros lamentos andinos. Al mediodía el barbado brindó sangría de frutas a los transeúntes y el lampiño, para no quedarse atrás, obsequió a los vecinos sendos vasos de chicha de jora que había preparado con antelación. A eso de las tres de la tarde, el barbado instaló una pequeña mesa junto al tocadiscos y obsequió pedazos de tortilla española a los vecinos, mientras que el lampiño, para vencer la competencia, prendió una parrilla y comenzó a asar olorosos pedazos de tripa mishqui. Hacia la noche, el barbudo engalanó a hijos y sobrinos y les obligó a formar un tablao con cante jondo y castañuelas, mientras que el lampiño abrió sus baúles repletos de ropa folclórica y armó su propia procesión de danzantes y vacas locas alrededor de la manzana.
A pesar de que ambos se odiaban y se juraban la muerte, eran la alegría del barrio. Un día de junio, que por un lado era San Juan y por otro el Inti Raymi, se dieron bala por lo que tuvo que intervenir la policía que pidió la intermediación del cura de la iglesia y del vecino más viejo del barrio.
El cura y el anciano congregaron a ambos enemigos frente a todos los vecinos y comenzaron a deliberar:
-Esta tortilla española que usted ha preparado –le dijo el cura al barbado- ¿no contiene acaso papa americana sin la cual sería imposible de realizar?
-¿Y esta tripa mishqui? –opinó el anciano frente al lampiño- ¿no es hecha con las vísceras de la vaca, cuadrúpedo traído a América por los conquistadores?
-Estos cantos flamencos –siguió el cura- que los jóvenes interpretan tan bonito ¿acaso les exime de arrastrar las erres por más que imiten la zeta ibérica?
-Y estos sanjuanitos y albazos, -añadió el anciano- ¿acaso no son interpretados con guitarras españolas?
Se dieron modos para ilustrar que tanto el barbado como el lampiño perdían el tiempo en hablar de pureza en una tierra en la que todo se había mezclado durante más de cuatrocientos años de concubinato.
Ni el barbado ni el lampiño cedieron a sus luchas y más bien los alegatos del cura y el anciano sirvieron para avivar el fuego y hacer que el barrio se dividiera en dos bandos. Cuando los protagonistas de esta lucha necia murieron, sus descendientes quisieron seguir con la costumbre hasta que el cura, en el sermón de la misa del domingo, habló de unos árboles genealógicos que había encontrado. En ellos se demostraba que el barbado descendía por línea materna de una indígena oriunda de Cicalpito, y el lampiño, ¡quién lo iba a creer! del mismo conquistador Sebastián de Benalcázar.
Dos generaciones más tarde los descendientes de ambos hombres cambiaron el leiv motiv de sus luchas. Ahora los nietos del barbado reclamaban unas tierras de su insigne tatarabuelo, cacique de Cicalpito, mientras que la prole del lampiño pretendía entablar un juicio al municipio, para que por lo menos le legara el parque El Ejido, que alguna vez fue lote del conquistador del que orgullosamente aseguraban descender.

 

Publicado con la autorización expresa de su autor.

 

Fuente: www.solocrecer.com

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