CULPA DE LOS GLIPTODONTES

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Debe ser un instinto ancestral de los argentinos. Quizá quedó en los genes de los patagones el miedo a los gliptodontes (especie de armadillo gigante) que campaban en la pampa hace 200.000 años. O el mareo hereditario de los que se bajaron de los barcos para mestizarse con las hijas de los guaraníes y charrúas…

 

Está probado que los argentinos no podemos vivir sin vías de escape. Padecemos una ansiedad por escapar de la gente que nos pone locos. Lo digo de los argentinos porque los conozco un poco más, pero tenga cuidado que quizá lo hayamos contagiado a otros países del continente a través de embajadores dicharacheros.

 

En cualquier pueblo más o menos civilizado, los que llegan primero a una reunión eligen los lugares y los que llegan después se quedan con lo que hay. Si es un cine, un aula de clases, un teatro o una iglesia, el lugar que primero debería ocuparse es adelante y al medio, desde donde también se ve mejor o se aprende más… porque los que llegan antes casi siempre lo hacen para conseguir como premio los mejores lugares y no para quedarse con los peores.

 

Y como es lógico cuando van a una reunión a la que asiste mucha gente, los educados del planeta llegan puntuales, usan el baño antes de entrar en la sala y se van tranquilos después de que termina la función. Como fueron a eso y quizá pagaron para asistir, ocupan su tiempo asistiendo y no zangoloteando todo el tiempo y de acá para allá como bola sin manija.

 

En la Argentina no: si mira con un dron un teatro, una iglesia, un cine, un aula de clases… va a ver que no hay nadie en las filas de adelante y las cabecitas dibujan el contorno de una campana vacía, más ancha en la fila uno y más estrecha en la zona central.

 

Es porque la gente que llega primero se sienta en las butacas más cercanas al pasillo, los que vienen después pasan por encima de ellos, y los siguientes por encima de dos filas hasta que es imposible pasar por encima de cuatro o cinco, así que quedan vacíos los lugares de adelante y el centro, aunque sean los mejores. Los que llegan después se van agolpando en el fondo, parados porque prefieren eso a la pirueta por encima de sus congéneres (que tampoco se quejan mucho porque todos padecen la misma tara). Los grupos humanos: la multitud, el público, la manifestación, el plantón… son focus groups gratuitos de nuestra inteligencia colectiva, que es algo así como la suma del coeficiente intelectual de todos los presentes, dividida por la suma de su nivel de educación. Y en la Argentina da fatal.

 

Hace un par de semanas se realizaron en la Argentina unas pruebas para evaluar el nivel de aprendizaje de los colegios. En algunos de ellos el colectivo humano decidió impedirlo alegando que era un atentado a los más vagos. Igualar para abajo es casi como un símbolo patrio. Y la culpa es de los gliptodontes.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

SILVIO RODRÍGUEZ Y LA HAMACA HAWAIANA

 

 

Gino Winter

 

«Ojalá Dios exista y un día se le pase la borrachera…»

 

Unos fortísimos latidos me despertaron. Sentía que el corazón me iba a explotar en el pecho; el eco repetido del sístole y del diástole me retumbaba, rebotando entre los oídos y el cerebro, y subiendo de intensidad en cada arremetida. Me puse lívido del susto. Traté de bajarme de la hamaca, en la que me había quedado dormido, para ir volando al hospital más cercano o, tal como iban las cosas, para llamar a una ambulancia, pero mis brazos no me respondían, es más: no los encontraba, es decir, no los sentía ni los veía; de alguna extraña manera me había quedado sin brazos y el tunt-tunt miocárdico no solo se aceleraba inexorable, sino que crecía en volumen, en intensidad, y se mezclaba con unos sonidos aterradores, como del espacio sideral…

La hamaca hawaiana  como que me tragaba en cada mecida involuntaria que daba, al tratar yo de liberarme; enredaba mis piernas, por un lado, y mi cabeza, por el otro, impidiéndome zafarme de ella y dejándome como un triste colgajo que pendulaba entre el borde de la terraza y el jardín.
Suelo soñar despierto (con Monica Bellucci, Olguita Kurylenko, Jeniffer Lawrence o con Marie-Duglass Deschamp, la negra culona de ojos verdes que me vende los tamales haitianos, que, aunque son horribles, vale la pena el sacrificio), pero esta era la primera vez que tenía una pesadilla tan real y estando despierto.

Me encontré completamente desubicado, como un actor de reparto en una película de terror de bajo presupuesto, basada en un mal libro de Stephen King, dirigida por Ed Wood, producida en Latinoamérica, etc. Empecé a sudar copiosamente, a sudar un frío gélido, en pleno verano miamense.  Me sentía como un reptil mutilado, un renacuajo de batracio en posición fetal, atrapado en un envoltorio y encima latiendo, como un bicho mutante.
Pensé en todas mi ex novias, ex compañeras, ex amigas con derechos y hasta en las casadas infieles cuyos celosos maridos pudieron haberme mutilado en venganza, mientras dormía. Nadie parecía ser tan cruel y menos tener los cojones —u ovarios— suficientes como para hacerme semejante maldad.
Tampoco veía restos de sangre o de esas cosas pegajosas que son parte de los capullos desechos que siempre aparecen en una metamorfosis, al menos en las de Hollywood.
Nunca tuve un despertar más horroroso. Los pocos segundos que estaba durando esta mezcla de horribles sensaciones, se me hacían eternos.

Mi sistema nervioso no soportó más la situación y supe que no me quedaba de otra que gritar con toda mi alma, para que me salven o, en caso extremo, me den una decente eutanasia, con extremaunción, santos óleos y todo lo demás…
Mi grito de terror, pidiendo auxilio, se congeló al sentir en mis oídos el tremendo estruendo de trompetas y congas, matizados por los suaves sonidos de un piano tropical y una clave coquetona…

«Un corazón quiso saltar un pozo, confiado en la pureza de su sangre, y hoy se le escucha delirar de hambre, en el obscuro fondo de su foso..

La voz nasal del camarada Silvio Rodríguez y su Son desangrado, son corazón,  me sacó del pánico de una manera sorpresiva, grotesca, ridícula. Me había quedado dormido —luego de una tremenda borrachera de mojitos de pomgranate—  con dos tremendos audífonos Bose en las orejas y con las manos entrelazadas bajo la nuca, escuchando un disco de este extraordinario cantautor comunista que vive como capitalista en la misma Cuba, gracias a su importante cargo político de franelero vitalicio de Fidel. (La descarga musical que sirve de entrada al tema y que asemeja a los ruidos del corazón, mezclados con unos arreglos propios de 2001 Odisea del espacio, me habían retumbado en los oídos de una forma sorpresiva, ya que yo me había dormido suavemente,  escuchando  Mi unicornio azul ayer se me perdió, pastando lo dejé y desapareció…).

El movimiento vigoroso, que el horror de la pesadilla obligó a mi cuerpo asustado, hizo que los músculos totalmente adormecidos de mis brazos empezaran a despertar, enviando esas conocidas señales nerviosas que parecían pequeñas pero innumerables  inyecciones de electricidad, que nunca fueron mejor recibidas, a pesar del dolor y el fastidio que me causaban: ¡allí estaban mis brazos! (si no, no hubiera podido escribir esta crónica).

Los estertores del ‘des-adormecimiento’ y la risa, que confesaba mi idiotez, al ver resbalar mis brazos sobre mi pecho, hicieron que me distraiga y no me diera cuenta a tiempo de que la hamaca giraba sobre su eje, dejando caer su estúpida carga al piso enlosado, justo sobre un maldito borde angular, paralelo y casi biunívoco con los sectores discales de mi columna vertebral.

Ni el dolor del golpe longitudinal en la espalda, ni el rebote de mi occipital sobre el piso, despertaron a mis brazos del todo, así que tuve que arrastrarme por el césped con el diafragma medio paralizado y la respiración cortita e hilvanada por el dolor, empujándome con los talones, pues el dolor en los músculos deltoides, romboide y redondo, impedían que pueda girar y ponerme  boca abajo para apoyarme en los brazos e intentar pararme o al menos gatear.
No sé cuánto tiempo estuve tirado en el pasto, con el sol quemándome la cara, hasta que al fin pude levantarme y prepararme otro mojito, para cortarla, como dicen, sabiendo que es mentira, pero es rico…

Dios tiene el humor negro y le gusta bromear y jugar con sus criaturas. Me gusta creer que soy uno de sus juguetes preferidos y suelo usar esta ambiciosa creencia para salir de la depresión que continuamente me asalta.

Había decidido separar a Silvio de sus canciones, pues muchas de ellas siempre me gustaron, no así el autor.  Me caía mal Silvio, por sus declaraciones en favor de su iluso comunismo-democrático, por ese tonto querer tapar el Sol con un dedo, por su engreimiento y sus recriminaciones al público en pleno concierto, haciéndolo callar de mala manera cuando marcan el compás con las palmas o corean parte de las estrofas, sin contar las leyendas urbanas sobre sus propiedades en Buenos Aires, que incluyen una importante empresa disquera, y, por último, su vocecita de hijito preferido de mamá o de papá gobierno.

Me caía mal Silvio, hasta ese día, de mi caída, en que empecé a odiarlo…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

NOVIA

 

 

Alejandro Dolina

 

Hace mucho tiempo, yo tenía una novia buena y hermosa. Me amaba con una devoción tal, que no pude resistir la tentación de ser malvado. Me solazaba en la traición, en el capricho, en la impuntualidad, en la mentira gratuita.

Ella lloraba en secreto, cuando yo no la veía, pues sabía que su llanto me irritaba. Pero un día, un incidente que ni siquiera recuerdo, me despertó el temor de perderla.

El amor crece con el miedo. Mi conducta cambió. Me fui haciendo bueno. Quise pagar el daño que había hecho y empecé a vivir para ella.

Le hacía el amor en todos los zaguanes, le cantaba valses de Héctor Pedro Blomberg. La llevaba a pasear por los lugares más hermosos del mundo. Le imponía aventuras inesperadas. Me hice sabio y generoso solo para merecer su amor.

Pero un día me dejó.

—-No te quiero más —me dijo, y se fue.

Supliqué un poco, solo un poco, porque era bueno. Después me puse a esperar la muerte sentado en un umbral.

Al cabo de un tiempo, aparecieron los celos. Pensé que seguramente me había dejado por otro. Decidí averiguarlo.

Indagué a los amigos comunes, pero todos afectaban un aire de trabajosa indiferencia.

Resolví seguirla. Pasaba las noches acechando su puerta. Durante el día, me apostaba en la esquina de su trabajo. El resultado de mis pesquisas fue nulo. Mi novia se desplazaba por circuitos inocentes. Perdí mi empleo, mi salud y hasta mis amistades. Mi vida era una perpetua vigilancia.

Pasaron largos meses sin que nada ocurriera. Hasta que una noche la vi salir de su casa con aire decidido.

Tuve el presentimiento de que iba a encontrarse con un hombre, tal vez porque estaba demasiado linda.

La seguí entre las sombras y vi que se detenía en la esquina que yo conocía bien. Me escondí en un portal. Ella se detuvo y esperó, esperó mucho.

Cerca de una hora después, apareció un hombre alto, oscuro, soberbio. Algo familiar había en su paso. Ella intentó una caricia, pero él la rechazó.

Inmediatamente comprendí que el hombre se complacía en verla sufrir y amar al mismo tiempo. Se trataba de un sujeto diabólico. Cada tanto, me llegaban ráfagas de una risa vulgar. No podía concebirse un individuo más vil y detestable.

Caminaron. Tomaron un rumbo que no me sorprendió.

Al llegar a la luz de la avenida, pude ver que aquel hombre era yo. Yo mismo, pero antes. Con el desdén cósmico que tanto me había costado borrar del alma, con la maldad de mis peores épocas. Con la impunidad de los necios.

No pude soportarlo, pensé en cruzar la calle y pegarme una trompada, pero me tuve miedo. Quise gritar, ordenarme a mí mismo dejar tranquilo a aquella muchacha. Pero el imperativo no tiene primera persona y no supe qué decirme.

Se detuvieron un instante y pasé delante de ellos. Ella no me vio. Yo sí me vi. Me miré con un gesto de advertencia.

Después los perdí de vista y me quedé llorando.

 

Fuente: http://leerporquesi-1007.blogspot.com/

FEDERICO

 

 

Vicente Aleixandre

 

A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua “mi corazón es un poco de agua pura”, decía él en una carta), con una roca; en sus más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él le vimos siempre el mismo, único y, sin embargo, cambiante, variable como la misma naturaleza. Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo, de la que parecía siempre que venía de lavarse la cara. Durante el día evocaba campos frescos, laderas verdes, llanuras, rumor de olivos grises sobre la tierra ocre; en una sucesión de paisajes espa­ñoles que dependían de la hora, de su estado de ánimo, de la luz que despidieran sus ojos: quizá también de la persona que tenía enfrente. Yo le he visto en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la luna correspondía con él y le plateaba su rostro; y he sentido que sus brazos se apoyaban en el aire, pero que sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de esta sabiduría profunda que llameaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que en­candecía su ceño de inspirado. No, no era un niño entonces. ¡Qué viejo, qué viejo, qué “antiguo”, qué fabuloso y mítico! Que no parezca irreverencia: solo algún viejo “cantaor” de flamenco, solo alguna vieja “bailadora”, hechos ya estatuas de piedra, podrían serle comparados. Solo una remota montaña andaluza sin edad, entrevista en un fondo nocturno, podría entonces hermanársele.

No hay quien pueda definirle. Su presencia, comparable quizá, solo y justamente con el tifón que asume y arrebata, traía siempre asociaciones de lo sencillo elemental. Era tierno como una concha de la playa. Inocente en Su tremenda risa morena, como un árbol furioso. Ardiente en sus deseos, como un ser nacido para la libertad. Y tenía para su obra futura un instinto tan primario de defensa, que no puede por menos de traerme la memoria de un genio: Goethe. Con una diferencia, y es que Federico era incapaz de la fría serenidad con que aquel Júpiter encadenó el complicado mecanismo de sus instintos y pasiones y lo redujo a ruedas dentadas al servicio de su rendimiento intelectual. En Federico todo era inspiración, y su vida, tan hermosa mente de acuerdo con su obra, fue el triunfo de la libertad, y entre su vida y su obra hay un intercambio espiritual y físico tan constante, tan apasionado y fecundo, que las hace eternamente inseparables e indivisibles. En este sentido, como en otros muchos, me recuerda a Lope.

En Federico, que pasaba mágicamente por la vida, al parecer sin apoyarse; que iba y venía ante la vista de sus amigos con algo de genio alado que dispensa gracias, hace feliz un momento y escapa enseguida como la luz, que él llevaba efectivamente; en Federico se veía sobre todo al poderoso encantador, disipador de tristezas, hechicero de la alegría, conjurador del gozo de la vida, dueño de las sombras, a las que él desterraba con su presencia. Pero yo gusto a veces de evocar a solas otro Federico, una imagen suya que no todos han visto: al noble Federico de la tristeza, al hombre de soledad y pasión que en el’ vértigo de su vida de triunfo difícilmente podía adivinarse. He hablado antes de esa nocturna testa suya macerada, por la luna, ya casi amarilla de piedra, petrificada como un dolor antiguo. “¿Qué te duele, hijo?”, parecía preguntarle la luna. “Me duele la tierra, la tierra y los hombres, la carne y el alma humana, la mía y la de los demás, que son uno conmigo.”

En las altas horas de la noche, discurriendo por la ciudad, o en una tabernita (como él decía), casa de comidas, con algún amigo suyo, entre sombras humanas, Federico volvía de la alegría, como de un remoto país, a esta dura realidad de la tierra visible y del dolor visible. El poeta es el ser que acaso carece de límites corporales. Su silencio repentino y largo tenía algo de silencio de río, y en la alta hora, oscuro como un río ancho, se le sentía fluir, fluir, pasándole por su cuerpo y su alma sangres, remembranzas, dolor, latidos, de otros corazones y otros seres que eran él mismo en aquel instante, como el río es todas las aguas que le dan cuerpo, pero no limite. La hora mala de Federico era la hora del poeta, hora de soledad, pero de soledad generosa, porque es cuando el poeta siente que es la expresión de todos los hombres.

Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del universo; pero su rima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría. Quienes le vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido, no le conocieron. Su corazón era como pocos, apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo. Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos del amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: “Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!” Me miró y se sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la capacidad sin par del corazón de su poeta.

 

Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com

EL ENTIERRO DE HENRI CHRISTOPHE

 

 

Alejo Carpentier

 

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas. El cadáver se había arqueado un poco en la subida, al haber sido recogido, tibio aún, por los servidores. Por ello desaparecieron primero su vientre y sus muslos. Los brazos y las botas siguieron flotando, como indecisos, en la grisura movediza de la mezcla. Luego solo quedó el rostro, soportado por el dosel del bicornio, atravesado de oreja a oreja. Temiendo que el mortero se endureciera sin haber sorbido totalmente la cabeza, el gobernador apoyó su mano en la frente del rey, para hundirla más pronto, con gesto de quien toma la temperatura a un enfermo. Por fin, se cerró la argamasa sobre los ojos de Henri Christophe, que proseguía, ahora, su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad que se iba haciendo menos envolvente. Al fin, el cadáver se detuvo, hecho uno con la piedra que lo apresaba. Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christophe ignoraría la podredumbre de su carne confundida con la materia misma de la fortaleza, inscrita dentro de su arquitectura, integrada con su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en el mausoleo del primer rey de Haití.

 

Fuente: https://lacanciondelasirena.wordpress.com

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