EL CUENTO DEL NIÑO MALO

 

 

Mark Twain

 

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que este se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.

 

Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.

 

La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan con su voz dulce y lastimera para que se duerman; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim y su mamá no estaba enferma ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.

 

Al contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partía la nuca no se perdería gran cosa. Solo conseguía acostarlo a punta de bofetadas y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le halaba las orejas.

 

Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido… no se sintió mal ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “deliciosa”; metió la brea, y dijo que esta también estaría deliciosa, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.

 

Una vez se encaramó a un árbol de manzana del granjero Acorn para robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando este lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro… nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en levitas, sombrero de copa y pantalones muy cortos, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en los libros de las clases de religión.

 

Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la gorra a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto un juez de paz de peluca blanca, para pasmo de todos, que dijera indignado:

 

-No castigue usted a este noble muchacho… ¡Aquel es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo.

 

Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó ni armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que este era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.

 

Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí… esa debe ser la razón.

 

La vida de Jim era encantadora, así de sencillo. Nada le hacía daño. Llegó al extremo de darle un taco de tabaco al elefante del zoológico y este no le tumbó la cabeza con la trompa. En la despensa buscó esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.

 

Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.

 

Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.

 

Fuente: http://ciudadseva.com/

PUREZAS

 

 

Luis Miguel Campos

 

Recuerdo que siendo niño tenía dos vecinos que eran conocidos en todo el barrio por celebrar con euforia las fiestas patrias. El uno era blanco y barbado y el otro moreno y lampiño, y aunque ambos se detestaban y evitaban el saludo, se parecían en que cada Doce de Octubre engalanaban las fachadas de sus casas con alegóricas leyendas. El barbado lo hacía con símbolos alusivos a España, como la bandera, la cruz y un letrero enorme que decía: “España dio a América civilización y cultura”, mientras que el lampiño, coleccionista de trajes indígenas, decoraba la acera con monigotes que representaban las vestimentas típicas de varios grupos indígenas ecuatorianos, a los que coronaba con un cartel que decía: “España destruyó todo, se llevó el oro y nos dejó la miseria”.
Un Seis de Diciembre que se conmemoraba la fundación española de la ciudad, el barbado rompió el silencio del barrio sacando un tocadiscos a la acera en el que puso cuanto disco de pasodobles tuvo a mano, a lo cual el lampiño irrumpió con su propio equipo de sonido y contrarrestó el pegajoso ritmo con un sin fin de sanjuanitos, albazos, y otros lamentos andinos. Al mediodía el barbado brindó sangría de frutas a los transeúntes y el lampiño, para no quedarse atrás, obsequió a los vecinos sendos vasos de chicha de jora que había preparado con antelación. A eso de las tres de la tarde, el barbado instaló una pequeña mesa junto al tocadiscos y obsequió pedazos de tortilla española a los vecinos, mientras que el lampiño, para vencer la competencia, prendió una parrilla y comenzó a asar olorosos pedazos de tripa mishqui. Hacia la noche, el barbudo engalanó a hijos y sobrinos y les obligó a formar un tablao con cante jondo y castañuelas, mientras que el lampiño abrió sus baúles repletos de ropa folclórica y armó su propia procesión de danzantes y vacas locas alrededor de la manzana.
A pesar de que ambos se odiaban y se juraban la muerte, eran la alegría del barrio. Un día de junio, que por un lado era San Juan y por otro el Inti Raymi, se dieron bala por lo que tuvo que intervenir la policía que pidió la intermediación del cura de la iglesia y del vecino más viejo del barrio.
El cura y el anciano congregaron a ambos enemigos frente a todos los vecinos y comenzaron a deliberar:
-Esta tortilla española que usted ha preparado –le dijo el cura al barbado- ¿no contiene acaso papa americana sin la cual sería imposible de realizar?
-¿Y esta tripa mishqui? –opinó el anciano frente al lampiño- ¿no es hecha con las vísceras de la vaca, cuadrúpedo traído a América por los conquistadores?
-Estos cantos flamencos –siguió el cura- que los jóvenes interpretan tan bonito ¿acaso les exime de arrastrar las erres por más que imiten la zeta ibérica?
-Y estos sanjuanitos y albazos, -añadió el anciano- ¿acaso no son interpretados con guitarras españolas?
Se dieron modos para ilustrar que tanto el barbado como el lampiño perdían el tiempo en hablar de pureza en una tierra en la que todo se había mezclado durante más de cuatrocientos años de concubinato.
Ni el barbado ni el lampiño cedieron a sus luchas y más bien los alegatos del cura y el anciano sirvieron para avivar el fuego y hacer que el barrio se dividiera en dos bandos. Cuando los protagonistas de esta lucha necia murieron, sus descendientes quisieron seguir con la costumbre hasta que el cura, en el sermón de la misa del domingo, habló de unos árboles genealógicos que había encontrado. En ellos se demostraba que el barbado descendía por línea materna de una indígena oriunda de Cicalpito, y el lampiño, ¡quién lo iba a creer! del mismo conquistador Sebastián de Benalcázar.
Dos generaciones más tarde los descendientes de ambos hombres cambiaron el leiv motiv de sus luchas. Ahora los nietos del barbado reclamaban unas tierras de su insigne tatarabuelo, cacique de Cicalpito, mientras que la prole del lampiño pretendía entablar un juicio al municipio, para que por lo menos le legara el parque El Ejido, que alguna vez fue lote del conquistador del que orgullosamente aseguraban descender.

 

Publicado con la autorización expresa de su autor.

 

Fuente: www.solocrecer.com

7 DATOS QUE DEMUESTRAN QUE LOS NATIVOS NO SOPORTABAN EL OLOR DE LOS ESPAÑOLES

 

Lo que sigue es un resumen del ensayo “Los europeos ante una estética olfativa indoamericana”, de Josué Sánchez (The Westminster Schools, Atlanta), que describe muy bien las prácticas higiénicas de las poblaciones nativas, en contraste con las traídas por los europeos.

1.

“La invasión de América se vio cubierta de unos raros seres pálidos y barbudos a caballo, asombrando grandemente a los indoamericanos (…) Entre las novedades de los invasores caras pálidas, notaron sus cuerpos cabelludos, sus armas de fuego, su armadura, sus caballos y sus perros (..) Al acercarse aún más a ellos percibieron ciertos olores desconocidos que solo contribuyeron al misterio de los recién llegados”.

2.

El choque de olores fue un problema para los americanos, porque tuvieron que soportar en silencio una fealdad olfativa nada agradable para ellos. Por ejemplo, cuando uno de los clérigos de la Compañía de Jesús llegó a México, “no trajo otro vestido de remuda más del que traía vestido y, para conservar su pobre sotana, la vistió al revés…y sirvió así más de un año…”.

3.

El americano amaba la naturaleza y el baño diario. Para el europeo, la situación parecía ser un tanto diferente, ya que notaron con sorpresa extrema que los indoamericanos “se limpiaban demasiado”. En el sur de México, por ejemplo, los cronistas relatan que los pobladores nativos “se bañaban mucho” y que “eran amigos de buenos olores, por lo que usaban ramilletes de flores y yerbas olorosas… y usaban cierto ladrillo como de jabón con el que se untaban los pechos, los brazos y la espalda”.

4.

Los indoamericanos se lavaban las manos y la boca después de comer, costumbre que asombró enormemente a los recién llegados. No era sólo el baño en sí lo que resaltaba, sino el buscar activamente oler bien, lavándose la boca después de comer y limpiándose las manos del roce de la comida que tocaban, ya que no usaban utensilios para comer.

5.

La marcada observación de estos europeos sobre el baño de los americanos parece indicar un contraste de costumbres. Las premisas estéticas parecían contraponerse: La ética europea parecía ser de cubrirse, aunque olieran mal y, para los indoamericanos, era estar limpios y oler bien, aunque desnudos. Resaltando su desnudez y limpieza, Vespucio registró que “no tienen nada defectuoso en sus cuerpos, hermosos y limpios…”.

6.

Por otro lado, la versión de los extranjeros sobre la higiene personal era un poco más difícil de defender. No puede ignorarse el hecho de que los extranjeros después de tanto viajar, matar gente y quemar pueblos no desarrollaron costumbre de estar limpios y bien olorosos como lo hacían los indoamericanos estando en casa, ni de lavarse las manos y la boca. Después de todo, la mayoría no venía a impresionar a nadie ni eran cortesanos tampoco, sino gente ordinaria. El olor no parecía ser un factor importante para los europeos, cuando consideramos que en su papel de invasores eran ellos los que imponían las reglas.

7.

El problema con este cambio cultural era que muchos indoamericanos tuvieron que abandonar el baño diario donde había lagos y ríos en un intento de mímesis a sus nuevos amos, o “por disposición real” de la misma Reina Isabel, quien ordenó que los indoamericanos “no deberán bañarse con tanta frecuencia como hasta aquí lo han hecho porque, según nuestros informes, les causa mucho daño”.

 

Colaboración de Luis Miguel Campos

 

Fuente: https://tuul.tv/

LA CASA ENCANTADA

 

 

Virginia Woolf

 

A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.

«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.»

 

Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped.

 

Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo… ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo…», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto…», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado?

 

Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. Él lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»

 

El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría.

 

«Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana…» «Plata entre los árboles…» «Arriba…» «En el jardín…» «Cuando llegó el verano…» «En la nieve invernal…» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón.

 

Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.»

 

Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta.

 

«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años…», suspira él. «Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro…» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es este el tesoro enterrado de ustedes? La luz en el corazón.»

 

Fuente: https://nalgasylibros.com

EL MILAGRO DE LOS PUEBLOS

 

 

Hernán Casciari

 

Cuando nació la Nina no tuve ganas de escribir sobre otra cosa que no fuera el descubrimiento de la paternidad. Yo mismo notaba, en los ojos de todos, el cansancio de mi discurso baboso. En Orsai intenté controlarme, y prometí que sólo escribiría sobre el tema los días veinte de cada mes, y así lo hice durante el primer año. Después conseguí calmar el borbotón, al menos de puertas para afuera. La semana pasada Nina cumplió cuatro años, y hoy casi somos día veinte… Es un buen momento para volver sobre el asunto.

No es que ahora, de repente, tenga algo nuevo para decir. Todo sigue su curso con gran naturalidad. Se acabó la época de los pañales y del chupete, como le pasa a todo el mundo. Descubrimos, con alegría, que la nena no es un prodigio del ajedrez ni tiene otras virtudes tempranas. De hecho, lo que más le gusta es dormir. Tampoco voy a narrar pequeñas anécdotas habituales que sólo maravillan a los que están cerca, y que dejan al resto con una sonrisa falsa en la boca.

La miramos, y sospechamos que es feliz. Posiblemente sea lo único que nos importa en la vida.

Cuando estuvo a punto de cumplir tres años, es decir, cuando iba a empezar la escuela, decidimos irnos de Barcelona, que es una ciudad preciosa pero inmensa, para buscar un pueblo chiquito. Una casa con pasto, un lugar con animales cerca.

Yo siempre creí que una buena parte de mi felicidad infantil tuvo que ver con haber crecido en Mercedes, y probablemente con que mi abuelo Salvador haya vivido en una quinta. Y más tarde, en la juventud, con haber ido a un colegio con los mismos compañeros desde el principio.

Le tengo un respeto irracional a la amistad temprana, a conocer a mis amigos desde la primera infancia. Con el Chiri tenemos recuerdos lúcidos, limpios, que tienen más de veinticinco años. Y a Guillermo, que viene a mi casa todos los sábados a jugar, le recuerdo la cara desde hace más de treinta.

Con ellos no hay, no existe, la posibilidad del aburrimiento. Sólo claridad y placer. Llega un punto en que la serenidad es tan enorme, y la conversación tan fluida, que es complicado, más tarde, no confundir una charla común con un pensamiento en solitario.

Cuando cumplí dieciocho y me fui a Buenos Aires (una ciudad preciosa, pero inmensa) entendí que la amistad de las grandes capitales era menos antigua y más frágil. Quizás, porque los amigos infantiles se perdían en la maraña, y los amigos nuevos se habían conocido de grandes. Los chicos de las ciudades numerosas hacen el jardín en un barrio, la primaria en otro, el secundario más allá… Se pierden el rastro, cambian mucho de colectivo. El tango Tres amigos da fe de esta desgracia:

¿Dónde andarás, Pancho Alsina?
¿Dónde andarás, Balmaceda?
Yo los espero en la esquina
De Suárez y Necochea.

Hoy ninguno acude a mi cita.
Ya mi vida toma el desvío.
La guardia vieja me grita
¿Quién ha dispersado aquel trío?

Pobre cantor de Buenos Aires: sus amigos también habían cambiado de colegio… Pero no les pasa a todos, claro. Algunos tienen la suerte de la perseverancia, o del anhelo, o de la casualidad, y entonces hay reencuentros felices. Pero son los menos. En general, el medio ambiente de las capitales no ayuda a la germinación de la amistad temprana y para siempre.

Y después está el asunto del pasto. Y el asunto del río. Y el asunto de los aromas. Crecer en los pueblos tiene algunas desventajas (la antena de Mercedes no sintonizaba Tevedós, por ejemplo) pero también produce un provecho lento que se descubre con los años. El olor de las lombrices cuando levantás la baldosa, los barriletes de caña, juntar huevos calientes mientras te mira la gallina madre, pisar hormigueros y sentirse un dios malvado. Sentirse sucio, sentirse lejos de casa, del otro lado de un río.

O la multitud de madres y padres. Eso también. La cercanía de las casas de los amigos te convierte, también, en hijo de otra gente. Y te ayuda a querer a otros padres (que son otros mundos), a conocerlos en la intimidad y en la sobremesa. Alfredo y Mary son hoy, para mí, lo que Chichita y Roberto son para el Chiri. También Hugo y Gloria, los padres de Guillermo. Otros ojos que nos vieron crecer, y siguen allí siempre. Y otras habitaciones, y otros estofados.

Entonces, hace casi un año, nos mudamos a Sant Celoni, un pueblito de quince mil habitantes en la montaña. Nuestra casa está justo al final del pueblo, en el punto exacto donde el asfalto se convierte en bosque. La Nina vuelve sucia del jardín. Su abuelo la lleva a buscar hongos. Sus amigos del cole tienen padres que son de acá, de toda la vida. Cuando llueve hay barro, cuando nieva hay silencio. Y también perejil en la ventana de la cocina.

Claro que la ecuación no tiene por qué funcionar como una magia. Vivir en un pueblo no es la receta de ninguna felicidad, ni tampoco las ciudades escupen moldes de chicos tristes. Pero hay algo, en mis propios recuerdos de la infancia, que me lleva a repetir el idéntico camino de una esperanza. Es como plantar una semilla en tierras propicias. Hay egoísmo en todo esto, porque solamente puedo relacionarme profundamente con personas que han tenido una infancia feliz. Y eso no tiene nada que ver con la geografía. Solamente es suerte. Pero yo quiero ser amigo de la Nina, cuando seamos grandes.

Supongo que los padres que han sido felices con la riqueza pretenden hijos que aprendan pronto a sumar y multiplicar. Y los que han sido felices con la música hacen lo posible por darles a los suyos un entorno lleno de pianolas. El amor funciona de ese modo. También la voluntad y el deseo. A mí me tocó ser feliz gracias a que conversé toda la vida con la misma gente. Todo lo bueno que me pasó y me pasa tiene que ver con ese destino no buscado.

Por eso, cuando la Nina vuelve del cole todos los días a las cinco, la veo entrar a casa y le pregunto si jugó con los chicos, le pregunto cómo se llaman sus más mejores amigos, quiero saber si se divirtió como un chancho en el patio.

La pregunta es otra, por supuesto. La pregunta verdadera es:

—¿Sembraste muchos chiris esta mañana, Nina? ¿Le pusiste agua a todos tus guillermitos?

Ella me dice que sí, por suerte. Siempre me dice que sí. Y yo cruzo los dedos para que sea verdad y entonces, un día, a ella también le ocurra el milagro.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

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