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Junio 10, 2018



AARÓN

 

 

Diana Marina Gamarnik

 

Aarón vivió negado desde su nacimiento. Dory había llegado a la sala de guardia del hospital zonal quejándose de un dolor de estómago insoportable. Sus padres ya no sabían qué darle a la adolescente de 16 años para que se calmara. Cuando el médico que la revisó les dijo que estaba embarazada y que los dolores eran las contracciones de parto, ellos lo negaron escandalizados. Que no podía ser, que Dory era virgen, que no, mamá, te lo juro, no hice nada, usted está equivocado, te lo juro, papá, no hice nada con el chico de la panadería.
El bebé llegó sin avisar, sin que lo esperara ningún ajuar de ropa, sin ningún beso ni ninguna caricia. Solo un coro de llantos que se mezclaba con el de él, tapándolo. El nombre se lo eligió su madre de una lista que le dieron, era el primero. Ella no quería ni tomarse el trabajo de leer los que seguían.
En cuanto pudo recuperarse, Dory les dejó el bebé a sus padres y desapareció. Algunos dijeron que su partida coincidió con la del chico de la panadería, a pesar de que nadie pudo comprobarlo.

Aarón creció buscando que sus abuelos lo miraran alguna vez a los ojos, pero ellos no podían. Cumplían con lo indispensable para que siguiera respirando, nada más. El nene eligió hacerse gris y perder sus contornos en el espacio, así nadie repararía en él. Su única afición era jugar con insectos, sus preferidos eran los saltamontes que encontraba en el patio de su casa, le gustaban porque era fácil arrancarles las patas y mirar cómo intentaban volver a saltar hasta que se morían.
Así llegó a la adolescencia, con la vista siempre en el piso y jugando con insectos, hasta que apareció en el barrio Carmen, con la juventud estallándole en la blusa y en la pollera, y él levantó la mirada para verla pasar, deslumbrado por la luz que ella despedía. Con tal de que le prestase atención, Aarón empezó a bañarse más seguido y a dejarle regalos en la puerta de su casa, flores silvestres, piedritas, frascos vacíos, lo que él podía conseguir. A ella no se le ocurría de quién podían ser. Nunca había visto a nadie dejarlos.
Cuando él sintió que después de tantos regalos ya era el momento de recibir el agradecimiento de Carmen, seguro de que le dedicaría una de esas sonrisas que él le había visto alguna mañana a escondidas, decidió seguirla desde la parada del colectivo hasta el lugar donde ella bajaba todas las tardes. Caminó unos pasos detrás de Carmen y tímidamente le tocó el brazo. Ella saltó como si le hubiera dado electricidad y le preguntó qué quería, yo soy el que te hace los regalos, qué regalos, las flores y…, eso no son regalos, es basura, yo te quiero, quién sos, salí de acá, nunca te vi, no me toques, yo te quiero… Y así sin darse cuenta fue arrastrándola hasta una obra en construcción abandonada. Ella empezó a gritar con todas sus fuerzas y él le tapó la boca para que no gritara, yo te quiero, no me tengas miedo, no grites más… hasta que Carmen ya no pudo moverse ni resistir. Aarón se quedó temblando, te lo merecías por no creerme, yo te quiero, y la tapó con unos trapos que había tirados, mientras le tocaba las piernas, y sus manos se le iban por debajo de la pollera sin que él pudiera detenerlas.

Por el crimen fue detenido un vagabundo que dormía en la obra en construcción donde encontraron a Carmen, los trapos eran su cama, y él no pudo justificar dónde había estado durante la tarde de ese día. Aarón les dijo a sus abuelos que él había matado a esa chica, pero ellos se rieron, este chico ya no sabe qué inventar para llamar la atención, qué barbaridad.

 

Publicado con la autorización de la autora.

 

Fuente: www.solocrecer.com

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