Day

Febrero 20, 2018



TODOS VUELVEN…

 

 

Gino Winter

 

Regresando a mi tierra (Lima -Perú), llegué al Aeropuerto de Newark con tiempo suficiente para minimizar el fastidio de esperas y revisiones antes de subir al avión. Pasé por todas las salidas donde gente de lo más ordenada y silenciosa se disponía a partir… hasta que llegué al último counter, destinado a los vuelos New Jersey – Lima, donde una montonera de peruvian people pugnaba por subir al avión sin importarle que aún faltaban más de dos horas para el despegue, empujaban, gritaban, peleaban, parecía que querían tomar el aeropuerto…

 

 

Por más se les explicaba la mecánica de abordaje, manan canchu, no se oye padre… Yo estaba cómodamente sentado leyendo la versión original de The Da Vinci Code, de Dan Brown, al lado de un grupo de universitarios. Una tía sesentona, más fea que una cucharada de moco, se paró al lado de los muchachos pretendiendo que desarmen su reunión para que le den el asiento pues quería estar en primera fila… Al explicarle los muchachos que podía usar cualquiera de los más de cien asientos que quedaban y que la llamarían por orden de fila del avión, la tía les lanzó un huaico de groserías haciendo causa común con una zamba con nariz de asiento de moto de querosenero, rajando a dúo de la falta de educación de los universitarios peruanos, quitacuncha mamuchanchu…

 

Nuestra gente cargaba infinidad de bultos que les colgaban a manera de ekekos y no los entregaban por más que sabían que no podrían ingresarlos al avión. La mayoría seguía pugnando por entrar… y el avión ni siquiera había llegado, añañau… Sólo faltaban gallinas para que parezca un viaje interprovincial por Tepsa, Ormeño, o la popular Soyuz, más conocida como «La Muerte Amarilla» o de Civa del congresista Ciccia, a quien le dicen «El Llanero Solitario» porque sólo monta con Plata… Una linda hostess se puso enfrente del popullorum y sudando informó lo más amablemente que pudo que «los pasajeros de primera clase pueden empezar a abordar el avión»… Pobrecita, le dijeron de «putifai» para arriba, la empujaron como si fuera jugadora de Rugby con la papaya esa de cuero que los anglos llaman balón. Un par de compañeros se acercaron a ayudar, pero… nada de nada… nuestros cholos llegaron primero y habían hecho cola de pie dos horas, así que nadie pasaría por encima de ellos… La aerolínea tuvo que llevarse a los «pitucos» por atrás del counter para hacerlos pasar sin que los linchen… Al llamar por filas la misma vaina… qué filas ni ocho cuartos, yo llegué primero carajo!!! «No puede ser que no ‘hayga’ respeto al pasajero, mejor me regresaba en Aeroperu»… «señor ya no existe Aeroperu»,…«mejor, así no nos maltratan» (¿?)… 

 

Una socióloga gringa ya entrada en años me dijo en Inglés que sus viajes al Perú siempre eran igual de «divertidos»… le respondí en Inglés que yo también era peruano y que la «montonera» era uno de nuestros deportes ancestrales, pero que yo ya me había retirado, por lesión… la gringa me empezó a hablar en perfecto castellano, a manera de disculpa, de Machu Piccchu, Chan Chan, la comida peruana y demás maravillas de mi querido Perú…

 

Luego de un viaje razonablemente tranquilo, llegamos a Lima para encontrarnos con un aeropuerto más moderno, aunque a medio reconstruir y tuvimos que esperar largo rato porque el sistema de computo de Migraciones se había averiado y estaban revisando las fichas a mano, con lo cual, debido a mi apellido, del cual no soy culpable, tuve que soportar unos minutos adicionales de «amistoso interrogatorio». Dicen que no nos preocupemos, que el sistema es muy bueno y sólo se malogra cuando alguien importante tiene que escapar del país… Al salir me di con la sorpresa de que mis maletas debían estar por Bramaputra, Timboctú o en algún recodo de la dimensión desconocida, con lo cual tuve que esperar dos horas hasta que una guapa señorita nos dijo despóticamente y con voz o-sea-nasal que no llegarían y que llenemos las hojitas azules con copia amarilla que ella amablemente nos había arrojado sobre una mesita coja y parte en el suelo. Nos dieron un teléfono para llamar, yo les di el mío para que me llamen, cosa que hicieron al día siguiente y regresé al aeropuerto para ser detenido en la puerta pues mi seguro vehicular tenia cinco días de vencido. No hubo disculpa que valiera ante el laconismo de un policía más feo que comida de loco, la ley es la ley, así que mientras yo aceleraba el paso para poder recoger mis maletas, mi señora le entregaba diez nuevos soles al gendarme, quien le respondió indignado que ni de vainas, imposible, ellos eran tres y por lo tanto no acertarían menos de treinta nuevos soles, los cuales fueron entregados sin dudas ni murmuraciones porque «a la policía se la respeta»…

 

Llegué a la hora indicada a la oficina de la aerolínea para encontrarla cerrada con un letrero mal escrito que rezaba «estamos en Aduana», lugar al que no me dejaban ingresar si no entraba con alguno de la compañía… por suerte salía una linda señorita de no más de 35 kilos (si la pesamos con ropa y mojada) y me llevó al depósito, en donde tuve que descargar varios bultos hasta que sudando conseguí mis dos maletas, la flaquita con las justas podía cargar los documentos que tuve que llenar antes de pasar la inspección, donde me dejaron las maletas como dos butifarras con su lechuga afuera. Llevaba ya algunas horas repitiendo en mi mente «no debo ser huachafo, éste es el discreto encanto de mi gente» cuando una joven policía me paró y me hizo notar que una luz lateral de mi auto estaba rota. Le indique que era una luz de adorno y que las direccionales estaban más adelante, pero me miró con sus hormonas directamente a los ojos, como para que comprenda que estaba con síndrome pre-menstrual y en esas condiciones las mujeres pueden ser más peligrosas que tocar el bandoneón calato,… no me quedó más remedio que recibir mi multa con una sonrisa de agradecimiento y partir al infinito…

 

Empecé a repetir en mi mente «El resentimiento es una intoxicación psíquica» frase de Max Scheler, filósofo Alemán, de la que se desprenden otras frases como «El resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que se muera otro», con lo cual evitaba que el baño de realidad nacional me encamine por el triste sendero del resentimiento social, así que seguí manejando mi auto ordenadamente, pero haciendo una que otra maniobra de «imprudencia temeraria» para no desentonar en el tráfico de mi querida Lima… … Es santo el amor de la tierra, que triste es la ausencia que deja el ayer… (César Miró – Todos vuelven)

 

El cariño de mi familia, las reuniones con mis amigos de siempre en el News Café, el sabor de la fruta fresca, los chicharrones del Kio, los pollos a la braza del Pardo’s Chicken, los cebiches del Francesco, las entradas criollas del José Antonio, las pastas del San Ceferino o de La Bodega de la Trattoria, los postres del Tanta y los tragos del Bohemia con sus diosas disfrazadas de impulsadoras de Marlboro, me hicieron recaer nuevamente en ese hermoso masoquismo de sentirme propio de un país bello pero increíble, en donde como modernos cristos estamos crucificados entre dos reconocidos ladrones: un chino-japonés y un caballo loco, como candidatos increíblemente favoritos a ganar las próximas elecciones presidenciales (Contra).

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

Archivos