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Febrero 9, 2018



PUEBLO, FANTASMA Y CLAVE DE JOTA JOTA

 

 

Fernando Artieda

 

«…Yo sé que tú lo dudas

que yo te quiera tanto.

Si quieres me abro el pecho

y te enseño el corazón».

 

Y le llegó su caimán

su Julio Verne

por eso de que de la tierra a la luna,

de que viaje al centro de la tierra.

Cosa tan triste.

Y fue como si anduvieran ofreciendo la muerte a domicilio

porque de pronto se encendieron las rocolas

en el pollo loco

en el chuzo engreído

en el no te agüeves

y la voz del man entró así con todo

por las ventanas de las casas

por las goteras del techo

por las rendijas de las cañas separadas.

En las esquinas la biela zumbaba

y la gente no hablaba sobre él

porque para qué iban a hablar

si el pueblo sabe que de esas cosas nunca se habla.

En el café de los intelectuales

la cosa se estaba poniendo kafkiana

cuando pasó Carebandido y les dijo

que «qué Gabo ni la gaver’s

no ven que se ha muerto el man».

¿Cuál man cuál man…?

preguntaron los desenchufados

y Carebandido

con esa dignidad característica de los ladrones de barrio

y los poetas:

«Cuál man más va a ser pues gil

habrá algún otro más bacán que Julio Jaramillo».

 

Las putas sacaban monedas de a Sucre

de sus chaucheras trasnochadas

y las metían en las ranuras de las wurlitzer

para escuchar

«No puedo verte triste porque me mata

tu carita de pena, mi dulce amor»

Y comentaban

y algunas hasta lloraban

y el maricón Alfredo tenía que estarlas arriando

«ya pues señoras a trabajar

déjense de pendejadas

ni que el hombre hubiera sido su marido».

Una zorra veterana bebía cerveza y recordaba

que ella lo había conocido

desde los tiempos en que era camote de la Blanca Garzón

el mejor calzón

que había en esa época por los cabareses de Guayaquil.

 

Los taxistas y las peroles

seres por los cuales uno puede enterarse

de casi todas las cosas de este mundo

seguían escuchando Radio Cristal

que había transmitido como un partido de fútbol

la muerte de Jota Jota

«Con sus micrófonos instalados

directamente desde la Clínica Dominguez

donde yace en el lecho del dolor

el único

el incomparable

el ahijado de CARR

el ídolo del pueblo

Julio Jaramillo».

La voz de Umovar

sinceramente conmovida,

pero rota por catorce horas seguidas

de darle y darle a la lengua en forma continuada

iba adquiriendo tonalidades deprimidas

y a ratos

hasta dejaba botado el micrófono

para ir a tomarse una cerveza

o a comentar con otros locutores de la radio

las cosas del velorio.

 

Las cantinas estaban llenas

y había un clima como de alborozo trágico

como si una angustia jubilosa fuera tomándose las calles

subiéndose por los postes de alumbrado

reptando por los jardines de los parques

y trepando los árboles más altos

para desde ahí descolgarse

con todo su entusiasta dramatismo

sobre la ciudad acongojada

sorprendida

estupefacta

porque era que no se podía creer

porque aunque se sabía que estaba grave

que se iba a morir de todos modos

una sobrevivencia como ajena

nos había dado la nota de que la muerte no existía

de no pararle bola

de que lo único que tenía derecho entre nosotros

era la vida.

 

Dos días con sus noches lo velamos en el estadio.

De todas partes se venían

con mujeres

con hijos

desde Lomas de Sargentillo venían

desde Pechiche

de Vuelta Larga venían

sólo para ver como cantaba de muerto.

Ríos de gente salían de los manglares

bajaban de los cerros rodando por el lodo

ensuciándose la ropa

perdiendo los zapatos

perdiéndolo todo

menos la firmeza de estar junto a él

en su última conquista

la de aquella tarde en que Dios que se le va ajumando

y él ¡zas! que se le va levantando a la muerte

para toda la vida.

 

Miles y miles de zambos

cholos

negras culonas

choros, putas, poetas, asesinos,

deportistas, periodiqueros, sinvergüenzas,

curas, sableadores,

contrabandistas, alcahuetes,

pesquisas, estibadores, betuneros y maricas,

gentes del pueblo arracimadas

en colas largas como el destino

para tocar el cuerpo

persignarse

llorar a grito herido la huella de su ausencia.

Mónica se vino desde la yoni para contarle

—después de muerto—

todo lo que lo había querido.

Un borrachito

con una botella de trago en la mano temblorosa

decía:

«ahora sólo nos queda Barcelona

ahora sólo nos queda Barcelona».

 

Ahora se va.

Va caminando lentamente como bandera extendida

entre los brazos de la gente.

Se va el zorzal, el lírico, el artista.

Se va el duro

el brava

el superbacán

el pinga de oro

el cantante más pesado que ha tenido el Ecuador

y el mundo más claro ya…

mucha nota con mi persona.

Ya resbala tiernamente el cadáver

abrumado de flores

y es como si los muelles

se hubieran puesto a toser señales

antiguas sirenas, cangrejos, pianos y manzanas.

La masa desconcertada

ebria de malas noches y de alcohol

se va raleando en grupos de a uno

de a cinco

de treintaidos.

Van buscando la calle estrangulada

que sienten medio enferma

como traspapelada entre las sombras

como sonámbula

como si fuera otra y no esta Guayaquil

la ciudad viuda y guáchara

que había perdido al mismo tiempo

su hijo

y su machuchín.

 

Fuente: http://poemasdeecuatorianos.blogspot.com

ANTES LOS AUTOS ERAN GENTE

 

 

Hernán Casciari

 

Salgo muy poco, pero cuando no queda más remedio me pone muy triste ver los autos en la calle, estacionados. No puedo reconocer a ninguno, no sé de qué marca son, ni de qué país. Antes los autos eran todos distintos, como los humanos. Cuando yo era chico los autos tenían personalidad. Había autos fornidos, prepotentes; los había tímidos y perezosos. Ahora son todos igualitos: redondeados arriba, medio aerodinámicos, y de colores tristes. Antes no.

Yo sabía diferenciar un Peugeot de un Dodge, un Fiat de un Renault. Hasta que apareció el Ford Sierra y todos los autos empezaron a ser el mismo. Ahí, en ese punto de los ochenta, se pudrió todo, ahí fue que empezaron a perder la personalidad.

Y no solamente me pasa a mí esa tristeza, también noté que le pasa a los perros. Antes los perros le ladraban con más odio a los Citroën que al resto de los autos, podían reconocer un 2CV a kilómetros, y empezaban a ladrar. Era un odio ancestral. Ahora los perros miran a todos los autos igual, les ladran por compromiso, sin ganas; los perros andan tristes, ya no corren atrás de las ruedas de ningún auto.

Yo también ando triste por la calle, por eso no me gusta salir. Cuando era chico salía a la vereda con más ganas, porque cuando pasaba un auto yo lo podía reconocer. Por mil detalles: por el ruido del motor, por los alerones, por la forma de las llantas, por el baúl (que a veces estaba adelante y a veces atrás), por el ruido de la bocina.

Para mí los autos tenían profesiones, tenían modales. El Renault 12 blanco, por ejemplo, era un oficinista cornudo. El Peugeot 404 era un ferretero, y el 504 era el hijo, que trabajaba en la ferretería del padre pero solamente los sábados. El DKW y el 4L eran dos autos de secundaria que se rateaban de la escuela y se iban a pescar al río.

El Torino era un playboy de la Capital, un gigoló que siempre estaba de paso por el pueblo, (no vivía en Mercedes). Venía a visitar a su amante, que era una Citroneta beige que estaba muy bien de tracción.

El auto más careta del pueblo era el Dodge familiar. Por la avenida se hacía el serio, pero en calle de tierra fumaba porro y buscaba travestis.

El Valiant 3 y el Fairlane eran dos médicos, muy conocidos, que se pelearon para siempre por una Rural bordó, retapizada en cuero.

El Citroen 2CV amarillo era el loco del pueblo, pero el blanco no, el Citroen blanco era una especie de mendigo con olor a hinojo.

Hasta mis 10 años mi papá tuvo un AutoUnión rojo, un Fiat 1500 verdecito, un Dodge amarillo, y un Taunus azul. Mi hija, que también tiene diez años, solamente tuvo variaciones de autos negros o grises, todos parecidos, todos aburridos.

Yo podía subirme a un auto con los ojos vendados y reconocer cuál era por el olor de la cuerina, por la forma del volante, por la disposición de la palanca de cambio, por el pituto de la ventanilla.

Los Peugeot tenían olor a mandarinas y los Falcon a desgracia. Los escarabajos Volkswagen eran chicas a las que les empezaban a gustar las fiestas nocturnas, y las camionetas F100 eran lesbianas de pelo corto. El Fiat 128 era un inspector de la DGI con bigote anchoa y el Opel blanco un cura que manoseaba a los fititos, que eran monaguillos domingueros.

Antes los autos eran gente, eran razas puras: había chinos, rusos, italianos, franceses, nacionales, indocumentados. Ahora salgo a la calle y todos los autos son un alemán que no hace gestos. Que te lleva rápido de un lugar a otro.

Antes los autos paseaban con nosotros, ahora nos llevan.

Nos llevan de un lugar hermoso al que nunca vamos a volver, hasta otro lugar, horrible, donde se acaba el camino.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

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