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Noviembre 29, 2017



LA DECADENCIA DEL HOMBRE CORBATA

 

 

Hernán Casciari

 

El actual Hombre Corbata es el último eslabón del Hombre Disfrazado, una especie que gobernó la Tierra, sin asco, desde el año 1138 de nuestra era. El poder, desde entonces y hasta hoy, ha estado en manos de gente disfrazada. Reyes, obispos, jueces y militares. Cada vez que un hombre corriente accede a un puesto de omnipotencia, se convierte en un Hombre Disfrazado, y por tanto al acto de posesión se le llama investidura. Cuanto más perverso sea el cargo de poder, tanto más ridículo será su disfraz.

Comparadas con el faldón de tela, las charreteras, la sotana o la peluca blanca, podemos decir que la corbata es un adorno menor, casi el último suspiro de una larga serie de disfraces. Pero lo cierto es que, antes de que reinara en este mundo el Hombre Corbata, los destinos de la humanidad estaban en manos de un grupo mucho más ostentoso. Esos tiempos oscuros son conocidos como la era del Hombre Falda (u Hombre Pollerita, en jerga americana).

Este ejemplar, poderosísimo, podía llegar a ser Rey o a ser Papa como máximo escalón de dominio, pero tenía en el camino docenas de disfraces intermedios igual de magnánimos: virrey (minifalda), cardenal (falda recta tableada), príncipe (kilt, o falda escocesa), monseñor (falda plisada), archiduque (faldón con doble ruedo), obispo (falda cruzada en tonos ocres), y un variado y colorido etcétera.

Cada uno de estos escalafones requería de un disfraz monumental y emperifollado en donde nunca debía faltar, por lógica, una falda, y al mismo tiempo algún elemento multiforme y llamativo en la testa. Los seres con falda pero sin algo extravagante en la cabeza se denominaban mujeres. Y lo contrario, antílopes.

Cuanto más tardaba un hombre poderoso en disfrazarse por la mañana, mayor era su rango y su impunidad. Al principio del siglo XIII hubo reyes que, al acabar de vestirse, debían volver a quitarse los atuendos porque ya era otra vez la hora de dormir. Éstos eran, sin duda, los hombres más poderosos sobre la Tierra.

Hoy los Reyes casi han perdido el poder magnánimo de su disfraz. Su figura monárquica sólo es simbólica y se conserva, en algunos países menores, para que las señoras de avanzada edad tengan de qué hablar por la tarde en la peluquería, y para que sus maridos jueguen a las cartas con la baraja llamada alta, o figuras.

Pero en cambio la vertiente cristiana del Hombre Falda u Hombre Pollerita (hablamos aquí del «sacerdote», en cualquiera de sus jerarquías) tiene, aún hoy, un poder tenebroso que sigue basándose en la ostentación de su indumentaria. El poder del clérigo está ligado, íntimamente, al oscuro secreto de su disfraz. Nadie sabe, a ciencia cierta, cuánto tarda un Obispo en vestirse o desvestirse; sólo algunos niños pueden dar cuenta de esto, pero son más tarde silenciados con dinero.

El cristianismo sigue siendo entonces, por acumulación económica, el gobierno mejor disfrazado del mundo, por eso funciona sin necesidad de territorio: están en todas partes donde haya un señor gordo generosamente ataviado con sotana o faldón acampanado de tonos púrpuras.

Durante todo el siglo XIV, por ejemplo, hubo tres clases sociales diferenciadas. Estaban los disfrazados, los bien vestidos y los mal vestidos. La pirámide de poder indicaba que los disfrazados mandaban sobre los bien vestidos, quienes a su vez sojuzgaban a los mal vestidos.

La frontera entre los bien vestidos y los mal vestidos, en ciertas regiones de Europa, era mínima. En Francia, por ejemplo, únicamente los diferenciaba el olor.

A mediados del siglo XV aparece una cuarta clase social en el concierto de las indumentarias. Esto ocurre cuando el navegante Colón (un bien vestido) le pide dinero a los Reyes Católicos (dos disfrazados) para dirigirse en barco junto con un grupo de reos (mal vestidos), a conquistar nuevas tierras.

El hombre moderno descubre entonces a los desvestidos, que son muchísimos y saben bailar muy bien.

Los desvestidos, sin embargo, no cuajan bien en un mundo regido por la vestimenta reglamentaria. El Hombre Falda —o Pollerita— cubre con telas y ropajes al desvestido, y lo hace con mano dura. Una vez ataviado, el desvestido ocupará el cuarto lugar en las posiciones sociales de entonces, bajo el nombre de «esclavo», más tarde «soldado» y recientemente «albañil».

Así comienza una era en donde el antiguo mal vestido (ahora llamado comerciante) tiene, por fin, a alguien de quien burlarse. A esta burla se le llamará, más tarde, el capitalismo.

El Hombre Bota nace en este intermedio. Es un ejemplar violento que ocupará un lugar preponderante en los conflictos entre el Hombre Falda y el Bien Vestido, dos grupos (éstos) que comenzarán a pelear por las ganancias económicas de los Desvestidos.

En general, las guerras de lo siglos XVII a XIX ocurren entre pueblos que acostumbran llevar divertidos disfraces, sobre todo en la cabeza. Turbantes los árabes, tefilines los hebreos, cascos los romanos, cuernos los vikingos, sombreros los cowboys, los indios plumaje. Cada grupo de poder pone como excusa la religión o las tierras, la libertad o la dignidad, el honor o la rencorosa deuda, pero en realidad cada quién defiende a muerte la coquetería de su particular sombrerito.

Finalmente triunfará el Bien Vestido, relegando así el poder de los Hombres Falda a una segunda categoría: los Reyes serán conminados a darse la mano entre sí por el resto de la eternidad, mientras que los clérigos tendrán como castigo devolver trescientos cuarenta dólares por cada niño manoseado.

El Bien Vestido, con el correr de los siglos, decide hacer uso de su posición de poder utilizando únicamente un esbozo de disfraz, al que llamará «corbata». En este punto de la historia se desarrolla una idea muy avanzada: la corbata, que es un símbolo primario de poder, será usada también por el esclavo. La diferencia sólo radica en que los bien vestidos usarán corbatas de un pueblo llamado Italia.

Según los historiadores contemporáneos, hay dos clases de hombres que usan corbata: aquellos que se ven obligados, y aquellos que lo desean. Vamos a centrarnos en el segundo grupo. Hay dos clases de hombres que desean usar corbata: los que suponen que así se verán mejor, y los que sospechan que así se verán más serios. Quedémonos otra vez con el segundo grupo. Hay dos clases de hombres que desean usar corbata para parecer más serios: los empresarios y los políticos. Esta rama de la rama de la rama de los primeros Hombres Corbata, es la que ha dominado el mundo durante todo el siglo XX.

El resto de hombres con corbata son quienes antiguamente se denominaban «esclavos» y ahora se llaman «funcionarios públicos» o «empleados del Estado».

Para despistar, el Hombre Corbata inventa (a finales del siglo XIX) los Juegos Olímpicos, una fiesta deportiva en donde la gente cree que las personas del resto del mundo se visten con atuendos típicos.

Allí se muestra a mexicanos con sombreros gigantes, a rusos con pantalones anchos, a españoles con camisas a lunares, y a africanos con taparrabos de mil colores. Todo es mentira. El mundo se viste de dos maneras: cuando los mal vestidos quieren estar cómodos se desajustan la corbata, y cuando tienen una fiesta se la ajustan. A excepción de la clase baja, que cuando está de fiesta se pone la corbata en la cabeza.

A principios del siglo XXI la corbata comienza a desaparecer, lenta, paulatinamente. En este nuevo tiempo sólo la utilizan (por placer) los ladrones obsesionados con el dinero. En las televisiones del mundo los hombres con corbata ya son únicamente banqueros, directivos de compañías telefónicas, senadores, presidentes de gobiernos democráticos y otros políticos de calaña diversa. Las usan de seda, casi siempre rojas con un traje oscuro, delante de una camisa blanca.

El ya caduco Hombre Falda, y el misterioso Hombre Disfrazado de los tiempos antiguos, utilizaba sus atuendos para despistar y robar, para matar y desposeer. Y lo hacía, al menos, con coquetería y con disimulo.

El actual Hombre Corbata, cercado por las camisetas y los vaqueros del nuevo Hombre Sport, ahora roba sin pudor porque sabe que le queda poco tiempo. El Hombre Corbata de hoy no devuelve el cambio de los teléfonos públicos. Sus bancos cobran comisiones que no tienen motivo. Sus países propician guerras absurdas y se jactan de ello. Y no hacen nada por disimular su maldad, por disfrazarla.

Saben que les queda, como mucho, diez o doce años de robar y de mentir. La decadencia del Hombre Corbata es un hecho conocido por todos, olfateado y sospechado.

El hombre con corbata está muriendo ahogado, y mientras muere da muy torpes manotazos y nos roba monedas de cincuenta centavos o céntimos. Engaña a los adolescentes con el valor de un mensaje de teléfono. Sonríe con sonrisa helada en las televisiones mientras su corbata brilla. Su disfraz perezoso y antiguo, sin embargo, muestra todas las hilachas de los tiempos.

El Hombre Corbata da lastimeros manotazos, estira la mano con gracia, pero no para salvarse. El hombre con corbata es tan obcecado que manotea el aire con el afán de conseguir una corbata nueva, un poco más cara que la que ya tiene, antes de morir. Esto es lo mejor que está ocurriendo en los tiempos en que vivimos.

El castigo es poético, milimétrico y ejemplar.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

MUJERES DESESPERADAS

 

 

Samantha Schweblin

 

Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.

Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:

-No vuelven- dice una mujer.

Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.

-La ruta es una mierda- dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca- Una mierda. Lo peor…

Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.

-¿Y qué? ¿Vas a esperarlo?- dice la mujer.

Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.

-Nené- dice la mujer, y le ofrece la mano.

Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.

-Mirá- dice Nené; se sienta junto a Felicidad- voy a hacértela corta- pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras- se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.

Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.

-¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!

Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.

-Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… -se interrumpe, parece dudar, y pregunta- ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.

-Hola… ¿Te llamabas…?

-Fe, li…- trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase- cidad.

-No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.

Felicidad empieza a llorar.

-No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!

Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.

-No puedo creer, que él…- respira- que me haya…

Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:

-¿Desconsiderada!- le grita, pero después se incorpora y la alcanza- espere… No se vaya, entienda…

Nené camina ignorándola.

-Espere- Felicidad vuelve a llorar.

Nené se detiene.

-Callate- dice- ¡Callate tarada!

Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.

-Callate y escuchá.

Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.

-Bueno, ¿y? ¿Lo sentís?- mira hacia el campo.

Felicidad la imita, intenta concentrarse.

-Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.

Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.

-Lloran…- dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.

-Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?

Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.

-¿Y a todas las dejan?

-¡Y todas lloran!- dice Nené.

Entonces gritan:

-¡Psicótica!

-¡Desgraciada, insensible!

Y otras voces se suman:

-¡Dejános llorar, histérica!

Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:

-¿Y qué hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?

-¡Tomate un calmante! ¡Loca!

Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.

-¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!

-Vení, dale. A ver cuanto te dura esta nueva amiguita…

-¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!

-¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!

Algunas voces dejan de gritar para reírse.

Nené se deja caer y se sienta resignada.

-¡Déjenla en paz!- dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.

-Hay… Que miedo…- dice una de las voces- así que ahora tenés compañerita…

-Yo no soy compañerita de nadie- dice Felicidad- sólo trato de ayudar…

-Ay… Solo trata de ayudar…

-¿Saben por qué la dejaron en la ruta?

-¡Por qué es una morsa flaca!

-No, la dejaron porque…- se ríen- …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito…- vuelven a reírse.

Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.

-¡Porqué no se callan, cotorras!- grita Nené.

-¡Ya te vamos a agarrar, turra!

Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.

-¿Cuántas son…?- pregunta.

-Muchas- dice Nené- demasiadas.

Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.

-¿Qué hacemos?- insiste Felicidad.

Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.

-No se te ocurra llorar- le dice.

Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.

-Si para nos subimos- grita Nené.

-¿Qué?

Ya están cerca del baño.

-Que si el auto para…

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

-¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir!- dice Nené mientras forcejéa la puerta.

-Si se quiere bajar dejála- dice Felicidad- por ahí ellos sí se quieren.

Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:

-¡Abrí, nena! ¡Abrí!

La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.

-¡Abrí, tarada!- Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.

Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.

Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.

-¡Vuelven!- dice Felicidad.

Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.

-¡Son ellos!- dice Felicidad- se arrepintieron y vuelven a buscarnos…

-No- dice Nené, y suelta una bocanada de humo- son ellos, sí; pero vuelven por él.

 

Fuente: http://mujeresqueescriben.blogspot.com

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