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Noviembre 10, 2017



JUEGO DE TRONOS

 

 

George R. R. Martin

 

-¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? –oyó que preguntaba su voz, tenue y lejana.

 

-Es el único momento en que puede ser valiente, Bran –le respondió la voz de su padre.

 

-Ahora, Bran –lo apremió el cuervo-. Elige: vuela o muere.

 

La muerte trató de asirlo mientras gritaba.

 

Bran abrió los brazos y voló.

 

Unas alas invisibles atraparon el viento, se hincharon y lo elevaron. Las espantosas agujas de hielo se alejaron, a sus pies, y el cielo se abrió ante él. Bran remontó el vuelo. Aquello era mejor que trepar. Era mejor que nada. El mundo se empequeñeció abajo.

 

-¡Vuelo! –gritó, emocionado.

 

-Ya me he dado cuenta –dijo el cuervo de tres ojos. Echó a volar y aleteó ante su rostro, demorándolo, cegándolo. Cuando las plumas le golpearon las mejillas, Bran se tambaleó. El cuervo le asestó un picotazo terrible en la frente, entre los ojos, que lo cegó de dolor.

 

-¿Qué haces? –gritó.

 

El cuervo abrió el pico y graznó; fue un chillido agudo de miedo, y los jirones de niebla gris que se arremolinaban a su alrededor se desgarraron como un velo, y vio que el cuervo no era tal, sino una mujer, una criada de larga cabellera negra a la que había visto antes. ¿Dónde? En Invernalia, claro, la recordaba bien; y entonces se dio cuenta de que estaba en Invernalia, en una cama, en una habitación helada en la cima de una torre, y la mujer de pelo negro dejó caer la palangana de agua, que se estrelló contra el suelo, y corrió escaleras abajo gritando: «Está despierto, está despierto, está despierto».

 

Bran se tocó la frente, entre los ojos. Aún le quemaba la zona que el cuervo le había picoteado, pero no tenía nada, ni sangre ni herida alguna. Se sentía débil y mareado. Trató de salir de la cama, pero no pudo.

 

En aquel momento percibió que algo se movía junto al lecho, justo antes de caer con agilidad sobre sus piernas. No sintió nada. Un par de ojos amarillos, brillantes como el sol, se clavaron en los suyos. La ventana estaba abierta y en la habitación hacía frío, pero la calidez que emanaba el lobo lo envolvió como un baño caliente. Bran se dio cuenta de que era su cachorro… ¿o no? ¡Le parecía tan grande…! Extendió un brazo para acariciarlo; la mano le temblaba como una hoja.

 

Cuando su hermano Robb irrumpió en la habitación, jadeante tras subir a toda velocidad los peldaños de la torre, el lobo huargo lamía el rostro de Bran. El niño alzó la vista, con calma.

 

Fuente: http://descontexto.blogspot.com

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