Day

Agosto 11, 2017



¡MORÍTE, ÍDOLO!

 

 

Hernán Casciari

 

La muerte en contadas ocasiones fulmina a sus víctimas en la cúspide del éxito, porque si los matara a tiempo estaríamos sobrepoblados de ídolos. A Kennedy lo aniquilamos justito; también al Che y a Gardel. Pero a García Márquez, a Charly García y a Tarantino, ay, los estamos dejando vivir demasiado.

A Maradona, por ejemplo, habría que haberlo matado —de un modo ampuloso, por ejemplo un tiro en la nuca disparado por un hooligan vengativo— a la salida de la concentración mexicana, el 17 de junio de 1986, día siguiente a la final con Alemania. Todo lo que hizo después de esa fecha es lastre, peso extra para acabar con el mito. Pero si hubiera muerto allí, en la cumbre absoluta, hoy Argentina se llamaría Diegoarmandia, y la capital sería Dalmanerea de la Plata.

Tarantino se tendría que haber muerto de gastroenteritis en la posproducción de “Jackie Brown”, mientras nos duraba la sensación maravillosa que nos había dejado “Pulp Fiction”. La muerte debería haber actuado a tiempo, antes de que ocurrieran cosas nefastas como “Kill Bill” o su amistad con Robert Rodríguez.

Lo mismo con Orson Welles: a los 27 ó 28 años, al gordo tendría que haberle explotado el hígado por exceso de choripán. Nos hubiera dejado la mejor película del siglo XX, el falso radiofónico más divertido de la historia, y nos hubiésemos librado de todo, todo lo demás, que a veces hasta nos da vergüenza ajena.

Con Charly García los teóricos discrepamos: yo pienso que se tendría que haber tirado al vacío, desnudo o con batín, desde el piso catorce del Sheraton de Buenos Aires, un día cualquiera de otoño, entre “Piano Bar” (1984) y “Parte de la Religión” (1986). Otros no lo dejan llegar ni a “Clics Modernos” (1983). Y los más puristas lo habrían matado a la salida de la grabación de “Porsuigieco” (1976), en venganza por juntarse con Porchetto.

Entre los escritores, hay dos casos muy claros de mitos potenciales que, por culpa de esa persistencia absurda en seguir vivos, se han quedado en las compuertas de mi idolatría: uno es García Márquez, que debió haber dejado inconcluso “El amor en los tiempos del cólera” por un atracón de sandía; y el otro Camilo José Cela, un enorme genio que debió morir justo después de “La colmena”, suicidado o atropellado por un Volkswagen.

Por eso a mí me gusta admirar fervientemente a los que llegan a viejos sin mayores resbalones, a los que mueren al final de su camino y no necesitan la parafernalia de una vida trunca para ser inmortales. Como Salvador Dalí, Borges o Caetano Veloso.

También admiro a los que, sobreponiéndose a un éxito de juventud, maduran todavía mejores (yo los hubiera matado antes y me habría equivocado tanto) como los casos atípicos de Matt Groenning, Ricardo Darín, Mark Twain, André Agassi o Quino.

Es errónea, creo yo, la teoría de mitificar por lo que hubiera seguido haciendo el muerto, de seguir vivo. “¡Lo que habría hecho Eva Perón, si ya a los 33 años era quien era!”. Habría caído del pedestal como un higo maduro, ¡eso habría hecho! También se hubiesen desbarrancado casi todos los top five que han muerto a los treinta y tres (sí, también Él).

Siempre he pensado que si a Fidel lo hubiesen matado en Bolivia, todos tendríamos su foto en la camiseta, mientras hoy el mundo escucharía con aburrimiento anacrónico los interminables discursos de un Che Guevara viejo y cansado de vivir.

Así de irónica es la muerte, y así de boludones, morbosos y desubicados somos nosotros, los pueblos necesitados de posters y aniversarios.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

Archivos