20
December
2007
Paulo Coelho
Un hombre, su caballo y su perro iban por un camino en un día lluvioso. Al pasar cerca de un árbol enorme, cayó un rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales, pues a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición.El camino, colina arriba, era muy largo y pendiente; el sol era muy intenso, y ellos estaban cansados, bañados en sudor y sedientos. Al doblar una curva vieron un magnifico portal de mármol que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde manaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada. “Buenos días”
“Buenos días”, respondió el guardián.
“¿Cómo se llama este lugar tan bonito?”
“Esto es el Cielo”
“¡Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos”
“Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera”, dijo el guardián señalando la fuente.
“Pero mi caballo y mi perro también tienen sed”
“Lo siento mucho”, objetó el guardián, “pero aquí no se permite la entrada a los animales”El caminante, que se había sentado para descansar, se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero decidió que no iba a beber solo, así que le dio las gracias al guardián y siguió adelante con su caballo y su perro. Después de caminar un buen rato cuesta arriba, y ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio cuya entrada era una simple y vieja puertecita que daba acceso a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía. “Buenos días”, le dijo el caminante. El hombre lo miró y se limitó a responder con un gesto de su cabeza.
“Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro”, continuó diciendo el caminante.
“Hay una fuente entre aquellas rocas”, contestó el hombre, señalando el lugar. “Pueden beber tanta agua como quieran” El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed, y entonces el caminante volvió atrás para darle las gracias al hombre. “Pueden volver siempre que quieran”, fue la respuesta del hombre.
“A propósito”, preguntó el caminante, “¿cómo se llama este lugar?”
“El Cielo”
“¡¿El Cielo?!”
“¿Sí?”
“¡Pero si el guardián del portal de mármol que encontramos más abajo me dijo que aquello era el Cielo!”
“Aquello no era el Cielo, era el Infierno”, contestó el guardián. El caminante, perplejo, replicó:
“¡Ustedes deberían prohibirles que utilicen el nombre del Cielo! ¡Esta información falsa de seguro que causa grandes confusiones!”
“¡De ninguna manera!”, refutó el hombre. “En realidad, nos hacen un gran favor, ¡¡porque allí se quedan todos aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos!! Fuente: http://www.padronel.net
Posted: Uncategorized
20
December
2007
Leo Buscaglia
Tuya es la decisión. Tú tomas el pincel, seleccionas los colores, pintas tu paraíso y vives en él. O pintas el infierno si lo prefieres, pero no me eches a mí la culpa de ello. Solo tú eres responsable. La vida no es un fenómeno aislado sino una parte de la experiencia general, que constantemente ejerce o recibe la influencia de cada nuevo momento. ¿NO te gusta la situación actual? ¡Cámbiala! Sé alguien distinto. Haz lo tuyo, y aprende de la experiencia.
Fuente: http://carmenlobo.blogcindario.com
Posted: Uncategorized
20
December
2007
Rodrigo Del Campo
Cuando queremos persuadir a alguien, ya sea que queremos venderle algo, convencerle de que haga algo o que deje de realizar alguna acción, es fundamental olvidarnos de nosotros mismos.
Zig Ziglar, el gran gurú de la venta, ha mencionado que “Usted puede obtener todo lo que quiera si ayuda a suficiente gente a obtener lo que ellos quieren”.
Es por eso que para obtener lo que queremos, tenemos que olvidarnos temporalmente de nosotros y enfocarnos en lo que los demás quieren.
Esto, obviamente, requiere entender lo suficiente a la otra persona como para saber qué es lo que está buscando y qué es lo que la va a mover hacia la acción que nosotros deseamos.
En el área de marketing directo, hay una regla fundamental para el diseño de piezas promocionales persuasivas y que ilustra la importancia de enfocarnos en lo que la otra persona quiere. Esta regla dice: “No me hable de su semilla, hábleme de mi césped”. Es decir, a la persona le da exactamente lo mismo las características del producto que estamos ofreciendo en sí. Lo que le importa es lo que esas características le van a producir.
Todo esto quiere decir que el foco de la comunicación debe estar en la otra persona y en lo que puede obtener con lo que le estamos ofreciendo. Es la diferencia entre hablar de las características de nuestro producto y los beneficios que la persona obtendrá con él.
Demasiados avisadores en el mercado, demasiados gerentes, demasiados vendedores andan por ahí promoviendo mensajes enfocados en ellos. Dicen: “Somos la mayor empresa”; “Compre el original, no las imitaciones”; “Tenemos el mayor respaldo financiero”.
Estos mensajes, aparte de ser totalmente genéricos y no ofrecer ningún beneficio concreto, no logran persuadir a la persona porque no le dan ninguna razón para moverse a la acción. Al menos, ninguna razón que sea de su interés.
¿Cómo Poner a Prueba Nuestros Mensajes?
Un test que deberíamos siempre tener en cuenta cuando diseñemos nuestro mensaje es que, después de cada frase o cada punto fundamental, imaginemos a la otra persona preguntando “¿y qué? ¿qué gano yo con eso?” Si la otra persona no siente que las consecuencias de no actuar serían simplemente inimaginables, siga tratando con nuevos enfoques.
Por ejemplo:
“Somos la empresa número uno en el mercado”… ¿y qué?
“Si usted es más eficiente, la empresa obtendrá más beneficios”… ¿y qué?
“Si usted aumenta su productividad en un 20%, puede obtener hasta un 30% adicional en su sueldo”… ¿y qué?
“Con esta nueva pintura especial, sólo necesitará pintar su casa cada seis años. Con otras pinturas, cada tres.. y cuestan lo mismo” ¿y qué?
Obviamente, las dos primeras preguntas no generan ninguna reacción positiva por parte de la persona que pregunta ¿y qué? Las dos últimas sí lo hacen. (Suponiendo, obviamente, que uno está dentro del mercado objetivo del mensaje y que uno crea que es verdad). Con las dos últimas preguntas, hay una consecuencia negativa de no actuar. Con las dos primeras no es así.
Por lo tanto, cuando quiera o necesite persuadir a alguien, olvídese por un momento de usted mismo, analice lo que la otra persona y pregúntese ¿y qué? muy seguido. Si logra diseñar bien sus mensajes, encontrará que las personas están mucho más abiertas a escucharle y a hacer lo que usted desea.
Así podrá obtener todo lo que desee.
Fuente: http://www.mentat.com.ar
Posted: Uncategorized